VI
EL CAMPAMENTO
Pocos días después de los acontecimientos que acabamos de referir, y el mismo en que se dio a orillas del Ganges la batalla que derrotó al ejército sublevado por Efestión, sometiendo de nuevo al poder de Alejandro a Maracanda y Edesa, presentaban las llanuras de Babilonia un espectáculo hermoso e imponente a la vez.
Humeaban a un tiempo cien altares, dispuestos para los sacrificios con que el ejército vencedor daba gracias a sus dioses.
Cien inocentes y blancos corderillos fueron inmolados, y sus entrañas se observaron prolijamente por los sacrificadores, sin que encontrasen en ellas otra cosa que indicios de ventura.
Aquellos altares iluminados con teas y bañados por el sol; los sacerdotes con sus blancas vestiduras talares; el incienso que se elevaba en nubes hacia el azulado firmamento; los cien guerreros prosternados, en cuyas armaduras de brillante acero reflejaba su luz la antorcha de los cielos; el sonido de los atabales e instrumentos bélicos; todo, en fin, contribuía a formar un cuadro magnífico y deslumbrador.
Los heridos que resultaron de la refriega habían sido conducidos a las tiendas, donde eran cuidadosamente asistidos.
Solamente un guerrero, cuyo pecho se veía atravesado por una daga, había quedado tendido bajo un árbol, por temor de que perdiese la vida al trasladarlo: otros dos personajes velaban su agonía, de los cuales el uno era un anciano, y el otro un joven que parecía sumido en la más viva aflicción.
Pero mirando con cuidado a aquellas tres personas, fácilmente se hubiera conocido que dos de ellas ocultaban su sexo de mujer bajo la ruda vestidura del soldado; patentizábanlo así sus largas cabelleras, negra como el azabache, en la que tenía la daga clavada en el pecho, y blanca en la que lloraba. En cuanto al otro personaje, se adivinaba claramente que era un hombre al observar sus cabellos cortos, la enérgica belleza de sus facciones, y la pasión que ardía en sus negros ojos, aunque velados a la sazón por una profunda tristeza.
—¡Hermione!... —decía aquel hombre sosteniendo la cabeza de la joven herida—. ¡Es posible que me abandones cuando he vuelto a encontrarte!... ¡Es cierto que he podido clavar mi daga en tu corazón! ¡Es verdad que soy yo quien te da la muerte!
—No os aflijáis... así... Demetrio —contestó ella con débil y cortada voz—. Os soy deudora de la única dicha que apetecía en la tierra... la de morir... porque únicamente para buscar la muerte me disfracé de este modo, y corrí a mezclarme con los enemigos de Alejandro...
Calló Hermione bajo el peso de su fatiga, y llevó una mano a su pecho; mas este movimiento le produjo un dolor tan agudo, que cerró los ojos exhalando un lastimero gemido.
—¡Hermione! ¡Hermione!... —exclamó el príncipe de Epiro inclinándose hasta tocar la frente de la desventurada princesa—. ¡Miradme por lo que más améis... volved en vos... tened piedad de mí!...
El desgraciado joven deliraba por la fuerza del dolor: había amado a la princesa desde el instante en que la vio, y hallándola en el combate disfrazada de guerrero y entre los enemigos de su rey, la había herido mortalmente sin conocerla.
No creáis en las inspiraciones del corazón de los hombres. Demetrio tuvo delante a la mujer a quien como un loco amaba; a aquella con quien soñaba dormido, y cuya imagen tenía incesantemente ante sus ojos; y sin embargo, levantó su puñal sobre aquella mujer y derramó su sangre, sin que su corazón le avisase con un latido de que aquella infeliz, a quien sacrificaba, era el único ser que le inspiraba tanto amor.
Poned delante de una mujer a su amante; disfrazadle como queráis, decidle que el hombre que ve es su más mortal enemigo; obligadla a que le hiera, y veréis cómo palpita su seno, cómo tiemblan sus labios, cómo asoma a sus ojos el llanto; veréis, por fin, que se desprende el puñal de sus manos y que no hiere, porque su corazón le avisará y le gritará más fuerte que vuestra voz.
La princesa abrió los ojos al oír los dolorosos gritos de Demetrio, y aun pudo sonreír con dulzura.
—¿Por qué os atormentáis de ese modo, amigo mío? —dijo con lentitud dolorosa—, ¿no os he dicho que la muerte es... la única dicha que puedo alcanzar en este mundo?... ¿Qué importa que sea vuestra mano la que me hace tanto bien?...
—¡Morir ahora, Hermione!... —gritó el príncipe con desesperación—; ¡y morir por mi causa, cuando daría yo mi existencia toda por una sola mirada vuestra!... ¡Morir, cuando sin cesar os he buscado para deciros que os amaba!... ¡Cuando tal vez podía esperar vivir siempre junto a vos y llamaros mía!... ¡Ah!... ¡Sería el cielo injusto, y eso no es posible!...
Mas, como si el mismo cielo hubiera querido aniquilar hasta la última esperanza del enamorado joven, vio que se agitaba Hermione en una última convulsión, y que cubría sus grandes ojos el velo de la muerte.
—¡Padre!... ¡Hermanos míos!... Ya voy... esperad... También tú me llamas... Efestión... espérame, pues... el cielo va... a juzgarnos a los dos...
Incorporándose, por último, hizo un doloroso esfuerzo; estrechó entre las suyas las manos del príncipe, y después extendió los brazos a Teane.
—Demetrio,... olvidadme... y sed feliz... —murmuró todavía—; defended a Alejandro... y decidle... que muero... amándole, y que le bendije... al expirar... ¡Madre mía!... ¡Adiós!
Su postrer suspiro se exhaló en su último acento; quedó inmóvil su cabeza en las rodillas del príncipe, y yertas sus manos en las de Teane.
La desdichada princesa únicamente columbró el amor feliz al borde de la tumba.
El sol alumbró su agonía, como iluminaba los sacrificios que celebraban en la llanura, y lo mismo que iluminó la luna su largo desmayo en el campo de los macedonios.
Trascurrido un corto espacio de tiempo, murió Alejandro en un banquete que le dio uno de sus favoritos; pero como no es mi ánimo narrar ahora un acontecimiento que conocerán gran parte de mis lectores, y que pienso contar en otra historia a los que lo ignoren, me limitaré a terminar esta leyenda del mismo modo que Eugenio Sue finaliza su Marquis de Létorière:
Algunos años después casó el príncipe Demetrio con una princesa griega.
Confieso que esta conclusión no es de mi gusto; pero es histórica, y yo, novel escritora, tengo un indecible placer en plagiar algo del célebre novelista francés: la he preferido además porque demuestra hasta la evidencia la constancia de los hombres en el amor.