I

LA FAMILIA REAL DE ASTURIAS Y GALICIA

En una de esas tranquilas y apacibles tardes de primavera, tan bellísimas bajo el templado clima de Asturias, dos personas de diferente sexo, pero ambas jóvenes y hermosas, se encontraban en una sala octógona del castillo real de Pravia; tres enormes ventanas, abiertas de par en par, daban luz al aposento, que ostentaba por todo mueblaje algunos sitiales góticos, mezclados con taburetes groseros y oscuros, y una mesa bastante baja y cubierta de un tapete de lana roja, en el cual estaban bordadas en seda las armas reales de los reyes de Asturias y Galicia.

Las paredes, de maciza encina, veíanse decoradas con estandartes godos que formaban trofeos, confundidos y enlazados con alfanjes damasquinos, capacetes árabes y banderas desgarradas de los hijos de Islam: aquellos objetos habían sido arrancados sin duda a los árabes por los reyes montañeses que, desde Pelayo, habían vivido en aquel rincón de Asturias con los destrozados restos del imperio godo.

El aspecto del salón era pobre, severo, sombrío; solo la hermosa y diáfana luz de aquella alegre tarde de abril podía disipar un tanto la melancolía que en él se advertía.

A través de las ventanas se divisaban los cuadrados torreones del monasterio de San Salvador, y las peladas rocas que constituían en aquella época los únicos caminos de Asturias.

Era el siglo VIII y reinaba Fruela I, hijo de Alfonso el Católico, en aquel estrecho y olvidado pedazo del fecundo y hermoso reino de España, a la sazón ocupado casi todo por los árabes.

Una de las dos personas que se hallaban en el aposento que hemos descrito, era una joven, la cual estaba sentada y silenciosa junto a la mesa situada en el fondo de él: ocupaba un alto sitial, tallado, y su blanca y preciosa mano sostenía su frente serena como la de una niña.

Podría tener dieciséis años, y su talla gallarda y esbelta presentaba de lleno el magnífico tipo de la dama goda: su tez blanca y purísima era pálida y transparente; sus ojos azules, rasgados y brillantes, pero melancólicos; su cabellera copiosa, abundante y dorada; su boca rosada como un pimpollo a medio abrir; su nariz recta y delicada; su seno alto y turgente, y su talle esbelto y flexible.

Vestía un brial de lana azul, fino como la seda, de mangas flotantes y cuadrado escote, que dejaba ver una camiseta de blanquísimo lienzo, plegada en su cuello y sujeta con un broche de zafiros; cubría a medias su cabeza una pequeña toca de lienzo, blanca también, que no impedía contemplar cuatro largas, anchas y riquísimas trenzas rubias que se replegaban en el asiento del sitial.

Paseándose lenta y sombríamente por la estancia estaba un mancebo, que aparentaba cuatro o cinco años más que la joven: su belleza era superior a todo encarecimiento, aunque de un género opuesto a la de su compañera; sin embargo, era mucho más hermoso, y mi pluma intentaría en vano pintar sus fogosos y negros ojos, extrañamente grandes, su frente tersa y despejada y sus facciones todas de una perfección y encanto indescriptibles: era uno de esos seres que no se pueden definir, y que es preciso ver para comprender hasta dónde puede Dios hacer hermosa a una criatura humana.

Llevaba una túnica de lana blanca, de pliegues flotantes, ceñida a su esbelto talle con un cinturón de cuero oscuro que sostenía una pequeña daga; unas calzas de lana rojas descubrían las puras y juveniles formas de su pierna, y su cabellera, cortada en redondo a la altura de sus hombros, formaba cerquillo en la frente y bajaba en copiosas ondas oscuras, lucientes y ensortijadas.

Ambos personajes guardaban silencio: la joven, inmóvil, con la diestra en la frente y la mirada perdida, asemejábase a la estatua de la tristeza; el mancebo interrumpía su paseo de vez en cuando deteniéndose en frente de una de las ventanas: entonces sus ojos se fijaban en una inmensa mole de piedra, de las que en aquella época se llamaban castillos roqueños por estar edificados en la cumbre de una roca; la fisonomía del joven se oscurecía terriblemente, y al propio tiempo cerraba este los puños como dominado por un violento furor.

Diríase, sin embargo, que la cólera no podía marcarse durante largo espacio en aquel hermoso y benigno semblante, porque la expresión violenta, que por breves instantes le desfiguraba, desaparecía poco a poco para dar lugar a otra profundamente dolorosa.

La joven fue la primera que salió de sus meditaciones; contempló un momento al mancebo pintándose en su rostro un sentimiento vivísimo de amor y de piedad, y luego, dejando su asiento, fue lentamente a colocarse junto a él y apoyó suavemente en su hombro una de sus manos.

—Bimarano —dijo—, sosiégate; tu sufrimiento desgarra mi corazón... ten esperanza... ¿quién sabe?

—¡Esperanza! —repitió el mancebo cubriéndose el semblante con las manos—, ¡esperanza!... ¡oh, Adosinda! ninguna tengo ya...

—¡Acuérdate, hermano —repuso la doncella con acento digno—, acuérdate de que eres hijo de Alfonso el Católico, de que corre por tus venas sangre real!

—¿Acaso piensas, Adosinda —interrogó Bimarano—, acaso piensas que me olvido yo de todo eso? ¿Crees que el hijo del gran Alfonso puede olvidar nunca que es un príncipe real? ¿Piensas que se apartan de su memoria un solo instante los ejemplos de fortaleza que le dio su noble padre? ¡Ah, no! ¿Qué sería de mí si hubiera perdido el sentimiento de mi dignidad?

—Pues entonces, Bimarano, sé fuerte en la desgracia —exclamó Adosinda—; si para ser noble y bueno, como eres, conservas las memorias de nuestro padre y sus santos preceptos, bástete para adquirir el valor del sufrimiento el ejemplo de la reina, que es más infeliz que tú.

—Es verdad, mi buena Adosinda —repuso Bimarano, tomando entre las suyas las manos de su hermana—: Fruela, el mal hijo, el mal padre, el mal hermano, es también el verdugo de su esposa.

—¡Calla! —se apresuró a decir Adosinda, poniendo la diestra en los labios del mancebo—. ¡Calla, y no olvides que es tu rey, ya que no recuerdas que recibió la vida en el seno de tu misma madre!

—¡Ah! —exclamó Bimarano—. ¡Es que yo, Adosinda, no tengo tu santa virtud, y mi dolor además es tan vehemente que acaba con mi razón! ¡Es que Fruela me roba, con mi amante, al hijo de mi amor!

—¡No! —gritó detrás de los dos jóvenes una voz fuerte y sonora—. ¡No temas por tu hijo, Bimarano!

Los dos príncipes se volvieron llenos de sorpresa; en el umbral de una puerta, situada a espaldas de Adosinda, había una mujer de continente severo y majestuoso, de elevada estatura, de robustas formas y de una belleza deslumbradora; su tez morena era purísima aunque pálida; sus negros ojos centelleaban bajo sus cejas de ébano vigorosamente trazadas, y sus negros cabellos bajaban riquísimos y ondeantes, envolviéndola como en un manto de seda; era una de esas soberbias cabelleras, que apenas se encuentran ahora, pero que en el siglo VIII coronaban las majestuosas y austeras frentes de casi todas las hijas de los godos: tal vez en aquellos tiempos las aromáticas pomadas no habían secado todavía la raíz de los cabellos o las cabezas de las mujeres no encerraban ese fuego devorador que consume su savia en nuestros días.

La aparecida representaba veinticinco años: su ropaje talar era blanco, de lana, y sobre la túnica llevaba un manto oscuro; sujetaba sus espléndidos cabellos una cinta blanca, y gracias a este dique dejaban su hermoso y apasionado semblante despejado de sus ondulantes rizos.

—¡Señora! —exclamó Bimarano inclinándose ante aquella mujer.

—¡Hermana! —murmuró Adosinda dirigiéndose a ella.

—¡No temas por tu hijo, Bimarano! —repitió la aparecida—: si tu hermano el rey Fruela I ha resuelto robártelo con su madre, la reina Munia, más piadosa, le ha puesto ya en salvo.

—¡Ah! —gritó el príncipe precipitándose a los pies de la reina—. ¡Dios te bendiga, señora y hermana mía!

—Levanta, Bimarano —dijo la reina con voz dulce y vibrante, en la cual, sin embargo, no se descubría la alteración más leve—. Levanta; nada me debes, porque soy madre también y abrigo la persuasión de que cuanto bien haga yo, me lo pagará Dios velando por mis hijos. ¡Ojalá —prosiguió—, ojalá me fuera posible guardarte del mismo modo a la madre del tuyo; pero no me es dado hacerlo!

—¿Y por qué, señora? —preguntó tímidamente Adosinda—. ¿Quién puede oponerse a tu voluntad?

—¡Pobre niña! —exclamó Munia, cuyos soberbios y hermosos ojos suavizaron algo de su fuerte brillo al fijarse en la doncella—. ¡Pobre niña! No quieras saber lo que está vedado a tu santa inocencia. ¡Contempla a tu hermano, y verás cómo el comprender un tenebroso secreto cuesta la paz del corazón!

La doncella fijó su dulce mirada en el semblante de Bimarano y no pudo contener un grito de angustia: pálido este y desencajado, miraba el castillo roqueño, que se descubría en lontananza.

—Parte, hermano —dijo la reina tendiendo su morena mano hacia la inmensa mole de piedra—; parte a donde te esperan y en donde es necesario tu consuelo, mientras que yo voy con Adosinda a velar por tu hijo.

Tomó, dicho esto, la mano de la princesa y se dirigió lentamente hacia la puerta que le había dado entrada.

—¡Una palabra, señora; una palabra por piedad! —exclamó Bimarano deteniendo a la reina—: ¿cuándo veré a mi hijo?

Munia iba a contestar; pero en el momento en que sus labios se entreabrían, otro joven pálido y jadeante se precipitó en el salón por la puerta principal.

—¡Aurelio! —exclamó la reina.

—¡Vete, señora mía! ¡Huye, hermano! —gritó el recién llegado—. ¡El rey me sigue!

Al escuchar estas frases, agitáronse los tres jóvenes a guisa de una bandada de palomas que descubren al inhumano cazador que las acecha.

—¡Huye, Bimarano! —repitió con mayor angustia Aurelio—; ¡el rey ha echado de menos a tu hijo, y aquí corre riesgo tu vida!...

Un gran rumor de armas, que se oyó cercano, cortó a Aurelio la palabra.

—¡Por allí, Bimarano! —gritó Munia señalando al joven una ventana—: tu hijo está en mis habitaciones... no temas por él... pero ve al lado de Sancha y huye con ella... ¡yo cuidaré de vuestro hijo!...

El príncipe besó la mano de la reina y, poniendo el pie en la ventana, desapareció; un segundo después se le vio saltar de roca en roca y tomar el camino que conducía a la parte opuesta del castillo real.

—Retiraos vosotros, hermanos —continuó la reina dirigiéndose a Aurelio y Adosinda—: quiero que el rey me encuentre sola.

Los jóvenes salieron de la estancia al mismo tiempo que don Fruela, fiero, iracundo y aterrador aparecía en la puerta principal; mas si su furor no le hubiera cegado, hubiera podido columbrar, no obstante, la sombra de su hermano Aurelio, medio oculto entre el gótico tapiz que adornaba la puerta situada a espaldas de la reina.