II
ESPOSO, HERMANO Y VERDUGO
Fruela I, rey de Asturias y de Galicia, parecía frisar en los treinta y cuatro años; su atlética estatura era corpulenta y forzuda; tenía la tez roja y curtida porque su única diversión era la caza de montería, distracción que estaba muy en armonía con su carácter fiero y casi salvaje; su cabello rojo, fuerte y ensortijado cubría a medias su frente, bajando por detrás hasta el nacimiento de su robusta espalda; sus ojos verdosos no hubieran carecido de belleza, si en vez de fulgurar con una luz bravía, hubieran estado animados por la dulzura y la benevolencia; su boca, que tenía un hermoso corte, era encendida como el coral, haciendo resaltar el esmalte nacarado de su magnífica dentadura; era imponderable la riqueza de sus oscuras cejas y pestañas, y tenía la nariz pronunciada y aguileña, pero recta y movible.
Vestía una fuerte armadura, ni más ni menos que si estuviese aprestado para dar una batalla; sus hercúleas formas, aunque cubiertas de pesadas escamas de acero, eran hermosas e intachables; una clámide goda, de blanquísima lana, encubría la mitad de su figura, bajando, hasta doblarse en el pavimento; llevaba un pequeño casco o capacete de acero y en el pecho la gran cruz de los godos.
Fruela, al entrar, tendió por el salón una mirada iracunda y brava, despidió con la mano a la escolta de rústicos montañeses que formaban su guardia, y luego se fijaron sus ojos centelleantes en la reina que, inmóvil y serena, sostuvo su sombrío resplandor.
—¿Dónde están mis hermanos? —le preguntó con su voz fuerte, enronquecida además por la cólera.
—No lo sé, señor —contestó Munia con reposado acento.
—¡Reflexiona bien lo que dices, señora!
—No lo sé —repitió la reina con el mismo tono sereno y reposado.
—¡Conque también conspira con ellos la reina! —exclamó Fruela con una voz que hizo temblar las altas bóvedas del salón—; ¡conque también la reina es traidora a mi trono!
—¡No! —gritó Munia con voz tan firme y vibrante cuanto apacible había sido antes—: la reina no conspira contra ti, porque, aunque ya no te ama, respeta el nombre y la corona que le has dado; la reina no hace más que consolar de tus inicuas crueldades a los pobres príncipes a quienes tan injustamente llamas conspiradores.
—¿Luego sabes quién ha sustraído al niño Bermudo a mi justa saña?
—Yo he sido —dijo Munia adelantándose impávida hacia el rey.
—¿Y serás tú también la que protege los amores livianos de sus padres? —prosiguió Fruela sonriendo de una manera que hubiera dado espanto a cualquiera otra mujer que no hubiera sido la esforzada Munia.
—Sí —contestó esta—. ¡Yo, que creo más justo apretar los lazos con que Dios ha unido sus almas que tolerar tus odiosas persecuciones hacia Sancha de Ribadeo! ¡Yo que he sabido ser paciente y sufrida para no rebajarte a los ojos de los condes de tus reinos y asistir en silencio a la agonía del amor que llenaba mi alma, pero que no he querido con mi inacción hacerme digna de tus injurias! ¡Sábelo, Fruela! —continuó con voz profunda—: ¡Yo he protegido los amores de tu hermano Bimarano con la hermana del conde de Cangas! ¡Yo he guardado al hijo de entrambos!... ¡Y hace pocos instantes he enviado a Bimarano a aquel castillo a fin de que vele por Sancha porque su hijo está seguro!...
La reina, en la vehemencia de su razonamiento, había arrastrado a su esposo hasta una de las ventanas, y le mostraba con arrogante ademán el castillo de Cangas. Fruela, atónito con lo que estaba oyendo, había seguido maquinalmente a Munia, y fijaba su mirada espantada en la enorme cordillera de rocas, que servía de ceñidor a su real castillo.
De repente brillaron sus ojos como dos teas; sus tostadas mejillas se cubrieron de un rojo purpúreo, y apretó los puños desprendiéndose de la mano de Munia.
Al mismo tiempo se veía saltar de peña en peña a un hombre cubierto con la vestidura blanca de los príncipes reales, y que llevaba entre sus brazos a una mujer, cuyo largo manto oscuro flotaba a merced del viento.
La sombra del crepúsculo cubría ya las montañas con su blanquecino velo; pero la luna serena y hermosa alumbraba el paisaje, y permitió al rey y a la reina reconocer en el hombre que corría al príncipe Bimarano, y en la mujer que este llevaba en sus brazos a la hermana del conde de Cangas.
Una celeste expresión de dicha iluminó el semblante de la reina; pero sus facciones se cubrieron de una palidez mortal al columbrar en la poterna del castillo roqueño al joven conde de Cangas a la cabeza de un crecido número de montañeses armados de jabalinas que, a una seña del rey, se precipitaron como una furiosa jauría en persecución de los fugitivos.
Un ¡ay! doloroso, desgarrador, se escapó del pecho de la infeliz Sancha, y fue a clavarse derecho en el corazón de la reina, que convulsa y anhelante seguía su carrera con sus asombrados ojos.
El conde de Cangas había logrado acercarse a Bimarano, que se había detenido transido de fatiga; pero haciendo este un último e inconcebible esfuerzo, salvó de un salto la enorme peña, que le estorbaba el paso, y echó a correr desesperadamente por la falda de la montaña.
—Dispara, conde —gritó Fruela al de Cangas, que pasaba a la sazón por debajo de su ventana.
Apuntó este su jabalina, mas la voz de la sangre y el temor de herir al hermano de su rey contuvieron su brazo.
—¡Bárbaro verdugo! —exclamó Munia precipitándose hermosa, sublime de indignación, hacia su esposo—. ¡Guárdate de derramar la sangre de tu hermano!
El rey, furioso, desnudó su daga, y con mano forzuda hizo caer de hinojos a sus pies a la desventurada Munia; mas en aquel momento un brazo robusto sujetó el de Fruela, que encontró ante sus ojos a su hermano Aurelio, austero, sombrío y amenazador, cubriendo con el suyo el cuerpo de la reina.
—¡Atrás, príncipe! —gritó esta con tan imperioso acento, que Aurelio no pudo menos de retroceder—. ¡Hiere! —continuó Munia levantándose imponente y majestuosa, y mostrando al rey su pecho—. ¡Hiere, Fruela, y me harás una señalada merced, porque solo con la muerte podré olvidar que has levantado tu puñal sobre mi pecho! ¡Hiere! ¡Esta muerte me será más dulce que la que ha de causarme el recuerdo de tu crueldad!...
El rey contempló durante algunos instantes como aturdido la noble figura de Munia, que se asemejaba a la estatua de la justicia celeste; poco a poco fue bajándose su brazo, y por último, su mano calenturienta soltó el puñal.
Una inmensa gritería, que resonó muy próxima, le arrastró a la ventana, y un gozo cruel iluminó su semblante; Sancha estaba privada de sentido en los brazos de su hermano en tanto que algunos hombres de armas de este rodeaban al infante Bimarano, aunque sin atreverse a tocarle.
—¡Llevadle preso a los subterráneos de mi castillo! —gritó el rey a los montañeses, que desaparecieron con el príncipe.
Fruela I abandonó el salón precipitadamente, y la reina ocultó entre las manos su semblante, mientras Aurelio la sostenía, viéndola próxima a desfallecer, a pesar de la fortaleza de su alma.