III

LOS AMORES DE DON FRUELA

El rey don Alfonso el Católico murió en Cangas a la edad de sesenta y cuatro años; dejó de su mujer Ormesinda cuatro hijos: Fruela, Bimarano, Aurelio y la muy hermosa niña Adosinda, retrato fiel de la suavidad y dulzura de su madre. Alfonso el Católico dejó también otro hijo, habido en sus relaciones amorosas con una esclava árabe de peregrina belleza, el cual se llamó Mauregato, y ocupó algunos años después, para mal de España, el trono de Asturias y Galicia.

Alfonso y Ormesinda fueron sepultados juntos en el monasterio de Santa María de Cangas, por mandato expreso del monarca. Aquel hombre, a pesar de sus frecuentes infidelidades, había amado tanto a la hermosa y dulce Ormesinda, que quiso partir con ella su último lecho y su losa funeraria.

La corona pasó a las sienes de Fruela, hijo primogénito de Alfonso el Católico, pero el menos a propósito para gobernar un reino tan combatido y destrozado; desconociendo absolutamente la marcha política, que es siempre el timón de un buen rey, y que en aquellos tiempos se hacía tan necesaria para contrarrestar los hábiles manejos de los árabes, que inundaban toda la España; nulo para oponer la resistencia del talento a las negociaciones de los poderosos califas de Córdoba y Damasco; enteramente desposeído de dulzura y prudencia, el infante don Fruela no sabía hacer más que reñir, y no bien tuvo noticia de que los navarros intentaban rebelarse contra él, marchó en su busca a la cabeza de todos los feroces montañeses que pudo armar con arcos y jabalinas, y los redujo a obediencia combatiéndolos bárbaramente, aun antes de informarse de la causa de su descontento.

Una noche, después de saquear un pueblo, y al cruzar, seguido de sus numerosas huestes, una árida llanura para volver a su campamento, se sintió desfallecido de sed y de cansancio; tenía una anchurosa herida en la cabeza cuya sangre no había sido posible restañar, a pesar de los esfuerzos de los suyos, y la vista iba faltando ya a sus ojos y el aliento a su pecho; cuando divisó una lucecilla que fulguraba no muy lejos, dio orden a sus gentes de dirigirse hacia ella, y él mismo tomó el camino que le pareció más corto.

Poco tardaron en llegar, y la esperanza reanimó los abatidos ánimos de los guerreros: la luz partía de una pequeña lámpara que, encerrada en una grosera verja de hierro, ardía delante de la puerta de un monasterio.

El rey llamó; dijo su nombre, y muy pronto le fueron franqueadas las puertas; pero no bien la anciana abadesa se presentó a recibirle al frente de la comunidad, cayó desmayado en el pórtico mismo del templo.

Cuando volvió en sí, se encontró recostado en un blando y mullido lecho; sus capitanes y sus condes llenaban la estancia, y la anciana abadesa, de pie junto a él, esperaba el instante de que abriese los ojos para vendarle la herida y darle una bebida, preparada ya de antemano.

Muy en breve se sintió el rey tan mejorado, que manifestó sus deseos de partir; entonces la abadesa le pidió permiso para presentarle una joven huérfana que le había sido encomendada, hija de un conde navarro, rebelde a don Fruela, pero descendiente de los reyes de Navarra, y por consiguiente, parienta suya.

El rey de Asturias, que profesaba un ardiente amor a toda mujer que fuese joven y hermosa, consintió en ver a la noble huérfana en cuya busca salió la abadesa.

Ante la vista de Munia, quedó don Fruela mudo de asombro; aunque la doncella no contaba más que quince años, su hermosura era tan admirable y majestuosa que le dejó pasmado; vestía una larga túnica blanca, una toca de nevado y fino lienzo, y un largo manto como la túnica: una estatua romana no hubiera tenido, un siglo después, el continente más noble, más hermoso y altivo que aquella majestuosa niña.

—¿Cómo te llamas? —preguntó al fin el rey con mal segura voz.

—Antes me llamaba Memorana, señor —contestó la princesa con reposado y sonoro acento—; pero cuando entré en esta santa casa, tomé el nombre de la venerable abadesa que amparó mi orfandad. Llámome, pues, Munia.[1]

[1] Unos historiadores llaman Menina a la esposa de don Fruela; otros, Memorana; don Alonso el Magno, en su cronicón, la llama Munia, y la crónica general, Munina.

—¿Quieres venirte conmigo, Munia? —preguntó el rey con acento más cariñoso.

—No, señor rey.

—¿Por qué?

—Porque yo no te conozco y, aunque eres pariente mío muy lejano, debes comprender que no puedo seguirte sin menoscabo de mi honra.

—¿Quieres ser mi esposa?

—Muy de mi grado lo sería si me concedes, señor, el tiempo suficiente para que yo te ame —contestó Munia, cuyos hermosos y lucientes ojos no retrataron ni el más leve rayo de alegría al escuchar la oferta de un trono.

Fruela permaneció perplejo durante algunos instantes, y luego tornó a preguntar:

—Y si no te casas conmigo, ¿qué harás?

—Seré religiosa —contestó ella con la dulce calma que le era habitual—. Solo amándote con todo mi corazón, señor rey, seré tu esposa; pero si no lo consigo, me uniré a Dios.

El monarca salió pensativo del monasterio; mas al día siguiente volvió a él arrastrado por el poderoso ascendiente que la belleza purísima y vigorosa de Munia ejercía en su ánimo: quince después, se casó en el mismo monasterio con ella, con la cual y sus montañeses partió, pasados dos más, para Pravia, corte entonces de los reyes de Asturias.

Los navarros quedaban acuchillados y sometidos, pero también quedaban infinitas viudas y huérfanos que maldecían la crueldad de Fruela I, y compadecían profundamente a la hermosa doncella, que se llevaba unida a su destino.