IV
UNA SANTA Y UN ÁNGEL
La belleza de Munia cansó pronto al inconstante monarca, cuyo corazón duro era incapaz de albergar una pasión tierna y duradera, y cuyo carácter fiero necesitaba siempre luchar y vencer; la posesión de aquel ser enamorado, dulce y puro, no podía halagarle por mucho tiempo, y bien pronto buscó más arduas conquistas en las esposas, hermanas o hijas de sus condes.
Para interesar el corazón de Fruela y fijarlo, era necesario que la mujer, a quien momentáneamente prefería, fuese virtuosa, de intachable fama y que estuviese unida a otro hombre con los lazos sagrados del matrimonio o del amor; la mujer libre, por muy bella que fuese, rara vez le merecía una mirada, y si consintió en hacer su esposa a la princesa huérfana, fue por la resistencia que encontró en ella a corresponder a sus amores hasta santificarlos con la bendición de un sacerdote, y porque creyó que su carácter arrogante y altivo le daría ocasiones de ejercitar su dureza.
Pero Munia, como toda mujer que vive dominada por una pasión vehemente, tornose para su esposo dulce como una paloma: mirábase en sus ojos anhelando leer en ellos sus más leves deseos para satisfacerlos: espiaba con afán su sonrisa; salíale al encuentro cuando volvía de caza, y adivinaba con el instinto amante de su corazón cuándo iba a sufrir, mucho antes de que sufriese.
A semejante carácter no podía escaparse la primera muestra de hastío o frialdad del objeto de su amor.
Munia devoró la primera y otras cien, pero las absorbió en su corazón juntamente con el llanto que hicieron brotar: sin perder nada de su amor, su carácter noble, arrogante y altivo había vuelto a recobrar la energía, que la pasión enervara sin destruir.
El nacimiento de un hijo le infundió esperanzas: creía la inocente que el amor de su esposo hacia ella renacería al verla revestida del sagrado título de madre; mas en vano esperó día tras día una prueba de cariño. Es cierto que el rey se alegró en extremo de tener un hijo que heredase su corona; también lo es que le hizo poner el nombre de su padre, que para él era de buen agüero; pero después no pensó más ni en la madre ni en el hijo y volvió a entregarse a sus escandalosos amores.
Por aquel tiempo llegaron a Pravia los infantes Bimarano y Aurelio, hermanos del rey, los cuales no conocían a la esposa de Fruela: acababan de arrojar a los árabes de las fronteras de Galicia y volvían cubiertos de gloria y cicatrices, aunque ambos eran de muy corta edad, pues Bimarano apenas llegaba a veinte años y Aurelio solo contaba dieciocho.
La belleza de estos jóvenes era extremada, y en particular la de Bimarano no tenía igual: no podía mirársele sin sentir una admiración profunda, y en aquellos tiempos supersticiosos dábase por muy seguro que estando encinta la reina Ormesinda de su hijo Bimarano, y hallándose un día muy afligida a causa de las infidelidades de su esposo, se le apareció un ángel de parte de Dios y le dijo que, para recompensarla de lo que sufría, iba a dar a su hijo una belleza como jamás se vería en el mundo.
La hermosura del infante era, en efecto, prodigiosa; sus ojos no tenían la expresión común de la raza humana; parecían infiltrados de una luz celeste, y su boca, al sonreír, prometía un porvenir inmenso de gloria inmortal.
Su carácter era casi tan bello como su figura: dulce, paciente y dotado además de un generoso corazón y de un valor a toda prueba, fue bien pronto Bimarano el ídolo de toda la nobleza gallega y asturiana, despertando en el alma de Fruela los más feroces y bárbaros celos.
Aurelio era el retrato vivo de su padre Alfonso el Católico: tenía, como él, esa hermosura austera y varonil que se advertía también en Fruela, aunque alterada por los desórdenes y por las fatigas de la caza; empero su carácter difería mucho del de su augusto padre, participando más bien de la dureza y crueldad de el del rey su hermano; como Fruela, era valiente hasta la fiereza, y tenía, como él, instintos sanguinarios y duro corazón; su fe, no obstante, era inviolable, sus afecciones sinceras y su lealtad sin límites; todos los amores de su vida se hallaban concentrados en Bimarano, de quien jamás se había separado, y cuya natural dulzura era lo único que podía templar su carácter irascible.
Al ver a Munia, brotó en el corazón de Aurelio un sentimiento desconocido: la espléndida hermosura de la reina encendió en su pecho el volcán de la pasión primera, pasión que debía ser voraz, terrible en su alma juvenil y enérgica.
No bien se apercibió de sus sentimientos, corrió a participárselos a Bimarano; pero este con dulce firmeza le aconsejó que no alimentase culpables esperanzas ni destruyese la paz de la conciencia de la reina, único bien que podía consolarla en medio de los dolores que el desvío de su esposo le hacía sentir.
Aurelio, dócil como un niño a la voz de aquel hermano, a quien tanto amaba, encerró su pasión en lo más íntimo de su pecho, haciendo penosos esfuerzos para ahogarla; mas en vano se lanzó a esta desesperada lucha, porque no consiguió otra cosa que avivar el fuego que le abrasaba, y la serena mirada de Bimarano se apartó horrorizada más de una vez del fondo del corazón de Aurelio, donde estaba acostumbrado a leer como en un libro abierto, convencido de que el fatal amor que este concibiera, se hizo incurable al dejar la blanca senda de la adolescencia por el camino sembrado de abismos de la juventud.
Bimarano, el hermoso, el apacible joven amaba también: la hermana del conde de Cangas, señor de Cangas de Onís, había hecho una profunda impresión en su alma, y el mismo día en que le declaró su amor y obtuvo la seguridad de ser correspondido, pidió al rey permiso para casarse.
Don Fruela no tuvo entonces por conveniente otorgar su consentimiento a tal enlace: conocía a la hermosa Sancha, y aunque no había fijado la atención en ella mientras fue libre, el día mismo en que la vio ligada a su hermano, se acordó de que era la doncella más hechicera de su corte y pensó en hacerla suya antes de darla al infante.
Declaró una parte de sus miras al conde de Cangas, y este sagaz cortesano negó la entrada en su castillo al infante, y abrió sus puertas al rey, halagado con la esperanza de medrar.
Empero, los obstáculos no extinguieron ni disminuyeron siquiera el amor que ambos jóvenes se profesaban.
Sancha, en la imposibilidad de ver a su amante durante el día, y arrastrada por la fuerza de su pasión, franqueaba por la noche una de las ventanas de su aposento a Bimarano, con quien sostenía dulces pláticas mientras dormían sus perseguidores.
Diez meses después de la noche primera en que Bimarano penetró en la estancia de Sancha, dio esta a luz un niño, cuyo acontecimiento descubrió a los amantes.
El conde hizo bautizar al recién nacido con el nombre de Bermudo, aparentando gran cólera, pero gozoso en su interior, porque el nacimiento de aquel niño aseguraba el enlace de su hermana con un príncipe real.
Por su parte, Bimarano reconoció por suyo al hijo de Sancha y consiguió del conde algunas entrevistas con ella, que tenían lugar, para que el rey no se apercibiese, en la habitación más retirada del castillo.
La pasión de don Fruela creció con la resistencia; lo que al principio había sido un solo capricho, llegó a convertirse en el amor más profundo y verdadero que sintió en su vida: al ver a Sancha madre, y por consiguiente ligada con un lazo indisoluble a su hermano, su pasión se acrecentó furiosamente y resolvió robarle su hijo, para obligarla de este modo a ceder a sus deseos.
Largo tiempo meditó este proyecto; mas un resto de piedad hacia su esposa le contenía. Munia acababa de dar a luz una niña, a la cual se puso por nombre Jimena, y que más adelante fue esposa del desgraciado conde de Saldaña.
Por fin triunfó su culpable pasión del amor que debía a su esposa y a sus hijos, y se decidió a apoderarse del infante Bermudo: mas este cruel designio fue sorprendido por Munia en algunas palabras que se le escaparon en medio del sueño, y ya se ha visto que puso en salvo al niño, amparándolo en sus propias habitaciones.
El amor de Aurelio seguía mudo, pero ardiente y devastador; la reina nada sospechaba de él, y el infante, sin atreverse a romper el silencio, sufría los tormentos de un condenado.
Únicamente Adosinda se conservaba dulce y tranquila entre aquella lucha desenfrenada de pasiones. Era el ángel bajo cuyas blancas alas iban todos a buscar la paz: ella consolaba a sus hermanos, que la amaban con entrañable afecto, enjugaba el llanto de la reina, dormía a Alfonso y a Jimena en su regazo con sencillos cantos, y hasta el mismo Fruela encontraba en ella consuelos, porque, en presencia de aquel querube de bondad y mansedumbre, se calmaban las borrascosas tempestades de su alma.
Adosinda conocía los amores desgraciados de Bimarano; la culpable pasión del rey hacia Sancha, la amiga de su infancia, y los dolores de la reina, a quien amaba como a una hermana; pero ignoraba completamente el amor de Aurelio a Munia, porque el príncipe respetaba tanto el candor y la santa inocencia de su hermana, que había ocultado cuidadosamente delante de ella hasta la muestra más leve de su insensata pasión.
Era un secreto que solo sabían Dios, Bimarano y Aurelio.