V

LA MUJER FUERTE

Poco tardó la reina en recobrarse del desmayo ocasionado por el terror que le había producido la horrible escena que describimos al final de nuestro capítulo segundo; desprendiose de los brazos de Aurelio, que con la cabeza abrasada y el corazón palpitante, ya no tenía fuerzas para sostenerla, y se encaminó a su habitación haciendo una seña al infante para que la siguiera.

Obedeció este, y pocos instantes después se encontraban ambos en la cámara de la reina, guardada por dos soldados de aspecto rudo y cubiertos de acero.

La reina se dirigió a un extremo de la cámara y abrió una puerta disimulada en los tapices; tras de ella apareció otra pequeña estancia en la cual penetró Munia con Aurelio, y cuya puerta cerró este a una indicación de aquella.

En el fondo del aposento y durmiendo sobre un reducido lecho, hallábase un niño de pocos meses, abrigado con un ropón de seda: era hermoso, de fisonomía dulce e inteligente, y sus rizos castaños cubrían una parte de su blanco y suave rostro.

Inmediato al lecho, velaba un anciano montañés con una jabalina preparada y un arco montado: su aspecto decidido y arrogante decía bien claro que estaba allí para defender al niño y que no se lo dejaría arrebatar sin oponer una temeraria resistencia.

—¿Ha llegado alguno a la puerta, Antar? —preguntó la reina al montañés, que al verla con el príncipe había echado a la espalda la capucha de lana burda de su sayo.

—Solo la princesa Adosinda, a la cual dejé pasar por no oponerse a ello tus órdenes, señora —contestó el anciano.

—Está bien; mi muy amada hermana puede entrar aquí.

La reina tomó a Aurelio por la mano sin notar el estremecimiento que, al contacto de la suya, agitaba la diestra del príncipe, y se aproximó con él al lecho.

—¿Amas mucho a tu hermano, Aurelio? —le preguntó mirándole con fijeza.

—Mucho —contestó el infante con voz firme y sin desviar los ojos del semblante de Munia, no obstante sentirse desfallecer con su mirada.

—¿Será tan grande ese amor que te anime a salvar a su hijo, sin temor a la cólera del rey?

—Sí —volvió a contestar Aurelio con entereza.

—¡Sálvale, pues, hermano! —exclamó la generosa reina, de cuyos ojos brotaron dos gruesas lágrimas—. ¡Sálvale, y Dios te otorgue el premio de tan noble acción!

Munia oprimió entre las suyas las manos del infante, que se apoyó en la pared para no caer.

—Salvando a ese inocente —continuó la reina señalando al niño—, libras a tu hermano y a tu rey, que es mi esposo, de cometer un odioso crimen. ¡Sí! —prosiguió en voz baja y temblorosa al ver al montañés retirado a una respetuosa distancia—. ¡Sí! ¡Librarás al padre de mis hijos de un crimen odioso, porque o matará a esta desgraciada criatura para vengarse de los desdenes de su madre, o cuando menos le hará pasar su vida en una prisión!...

Calló la reina inclinando la cabeza, como si el horror que aquellos pensamientos le inspiraban aniquilase sus fuerzas; mas pocos instantes después levantó de nuevo su frente pálida y serena.

—Parte a Navarra, Aurelio —dijo poniendo en los brazos del infante a la pobre criatura, que a la sazón estaba dormida—; ve al monasterio de Jesús y confía este niño a la superiora de parte mía: cuando estéis libres su padre y tú de la acusación de conspiradores que sobre vosotros pesa, id a buscarle allí, porque por ahora y mientras no salga de su inocente niñez, sería difícil encontrar un asilo más seguro para él.

El príncipe recibió al niño y le abrigó con el mismo cuidado que hubiera podido emplear su madre.

—Este niño es sagrado para mí desde el instante en que tú me lo entregas, señora —dijo apoyando sus labios en la diestra de Munia—; si su padre le falta, otro no menos amante ha de encontrar en mí.

Al decir estas palabras, hizo una seña al montañés, que le abrió una estrecha puerta situada enfrente del lecho y que estaba practicada en una bóveda de piedra, que sostenía uno de los ángulos del castillo real.

—Vuelve pronto para salvar a Bimarano y a Sancha —murmuró la reina al oído del príncipe, que ya se deslizaba por una dificultosa escalera formada por las mismas rocas.

Munia le siguió con los ojos hasta que le vio desaparecer en las sombras de la noche; luego cerró la puerta y volvió a dejar en su pebetero de encina la tea con que había alumbrado al príncipe.

En seguida se quitó sus zarcillos de diamantes, despojos de la guerra arrancados por don Fruela a una sultana árabe, y se aproximó al anciano montañés.

—Toma, mi buen Antar —le dijo presentándoselos—: yo quisiera tener otra prenda de más valor con que recompensar tu fidelidad, pero esto es lo mejor que poseo.

El montañés dio dos pasos hacia atrás y una lágrima empañó el brillo salvaje de sus ojos, casi cubiertos por cerdosas y blancas cejas.

—Guarda tus diamantes, señora —dijo con voz alterada—; yo, aunque soy muy pobre, recibo sobrada recompensa con la dicha de haberte servido: solo otra... añadió en voz baja y con vacilación, solo otra te pediría... si me atreviese.

—Pide, pide, Antar —exclamó Munia.

—¡Que me permitas, señora, besar la orla de tu manto!

—¡Ah, el manto no! —exclamó la reina, de cuyos grandes ojos brotó un caudal de lágrimas—: ¡toma, toma mis manos!

Munia tendió sus manos al anciano Antar que se arrodilló besándolas con adoración.

—¡Gracias, Dios mío! —exclamó después—; ¡gracias por haberme concedido besar la mano de una santa!

—Desde hoy, Antar, estás a mi servicio —dijo la reina—: cuidarás de mis hijos y me acompañarás a todas partes. Sígueme.

El anciano dirigió al cielo una ardorosa mirada de gratitud y siguió a la reina como un sabueso viejo y fiel sigue a su antiguo amo.