VI
UNA MUJER SIN CORAZÓN
Algunos días después de la noche en que Aurelio salvó al hijo de su hermano de la cólera del rey, se encontraban Sancha y Adosinda en la habitación de la primera.
La hermana del conde de Cangas era más hermosa que la infanta, pero no se advertía en ella la expresión de pureza que hacía que Adosinda se asemejase a un ángel: por el contrario, ardía en sus negros y rasgados ojos el fuego de las pasiones, y su tez, aunque blanca, límpida y hermosa, era mate y sin transparencia, signo seguro de una naturaleza sensual.
Su estatura era apenas mediana y sus formas redondas y torneadas; leíase en su marmórea frente la arrogante firmeza de su alma; en sus negrísimas y pobladas cejas, una gran frialdad de corazón; y en sus labios finos y un tanto hundidos en sus extremos, toda la ambición y disimulo de su carácter.
Sancha de Ribadeo había amado con pasión a Bimarano porque la sublime hermosura del infante había sido lo único que hiciera latir su corazón helado hasta que le vio, a pesar de que contaba veintidós años; su carácter ambicioso encontró además ventajoso un enlace con un príncipe real; mas cuando, por la oposición del rey, se convenció de que esta alianza era irrealizable y supo la causa de aquella, no quedó en su corazón más que el amor sensual que la belleza del infante le inspiraba, y se borraron de su mente las ideas de matrimonio, que poco antes acariciara.
Por más que yo crea en la virtud de la mujer; por más que la haya defendido en mis escritos, y que esté dispuesta a defenderla siempre; por más que yo profese a esa hija del cielo un amoroso culto, sé que en todas las épocas ha habido mujeres culpables y capaces de cometer mayores infamias que los hombres más depravados. La mujer que no alberga bastante sensibilidad de corazón para precaverse del demonio tentador del orgullo; la mujer que se deja dominar de la ambición; la que no doma sus pasiones —tan fuertes cuanto débil es su organismo— con el freno sagrado de la religión, correrá de abismo en abismo y quizá dejará manchada de sangre y crímenes la senda tortuosa de su vida.
La joven condesa de Ribadeo tenía al nacer un corazón en el pecho; pero perdió a su madre cuando apenas despuntaba la luz de su razón y careciendo también de padre desde antes de nacer, quedó bajo la tutela de su hermano Eurico, joven de veinte años y entregado a todos los vicios.
Sancha creció en medio de báquicos festines y de escenas de impúdicos amores. Aunque Eurico la amaba mucho, no se cuidó de buscar una mujer que velase por ella, ni vio el inconveniente de que fuese servida por escuderos ni más ni menos que él: limitábase a mandar que atendiesen a la pequeña condesa con preferencia a él mismo, y de este modo fomentó la soberbia arrogancia que Sancha heredó de su madre, y que una mano previsora y tierna hubiera podido ahogar en su germen.
Cuando la niña cumplió doce años, sabía de memoria el vocabulario amoroso que los hombres de armas de su castillo empleaban con las zafias montañesas, y hubiera sido difícil hacer asomar el rubor a sus mejillas ni aun con las palabras más groseras. Eurico, por otra parte, orgulloso de su belleza y de su gracia juvenil, la hacía asistir a los licenciosos festines que, después de una partida de montería, daba a sus amigos y mancebas, y ni las báquicas canciones, ni el chocar de los vasos, ni el estallido de los besos, ni todo el infernal estruendo de la orgía hacían alterar la límpida blancura del rostro de la noble doncella.
Como debe suponerse, no faltarían amadores a la joven Sancha, aun antes de salir de la niñez; pero su natural fiereza salvó su virtud, y entre los insolentes y desenfrenados jóvenes que la rodeaban, no hubo uno solo que pudiera jactarse de haber tocado ni aun el extremo de sus dedos.
Como fiel historiadora, debo decir, sin embargo, que ni uno solo tampoco pensó en pedir su mano a pesar de su hermosura, su nobleza y su opulencia; el hombre ha sido el mismo en todos tiempos, y pocos había entonces, como ahora, que fiasen su nombre y su honra a una mujer cuyo recato y virtud andaban en lenguas, por más que reuniese las más halagüeñas y seductoras ventajas.
Poco, en verdad, importaba esto a la condesa: sabía que era bella hasta lo imposible; que tenía un gran título enteramente independiente del de su hermano, cuyo condado era además tributario del suyo, y que hubiera desdeñado hasta de aceptar por estribo, para montar en su blanca hacanea, la rodilla del más noble y rico de sus numerosos amadores.
Cuando cumplió catorce años determinó emanciparse de su hermano y habitar sola uno de los castillos de su propiedad, eligiendo para morada, entre los muchos que poseía, uno fronterizo, ganado a escala franca por su noble padre pocos años antes.
Eurico quedó sobrecogido de espanto al saber esta decisión: lo que su hermana iba a hacer equivalía a entregarse a los árabes, pues no distando dos millas el primer castillo de estos del que estaba dispuesta a ocupar la atrevida niña, debía suponerse que no titubearían en arrollar la fortaleza de la cristiana, llevándose a su bella señora al harén del califa.
Pero en vano Eurico expuso a Sancha todas estas razones; en vano le hizo presentes todos los riesgos a que se exponía.
—Si me cautivan —contestó—, si me llevan a Córdoba al harén del califa, yo le obligaré a que se case conmigo y seré la sultana de occidente.
—¡Hermana! —exclamó Eurico, cuyo semblante se cubrió de un subido carmín—. ¡Hermana mía! ¿Puedes olvidarte de que has nacido cristiana?
Sancha se encogió de hombros con indiferencia: ni siquiera sabía lo que era ser cristiana; bien es verdad que nadie se lo había explicado tampoco.
Entonces conoció el conde a dónde podía arrastrar a su hermana el natural bravo e inculto que él no había cuidado de dirigir ni dominar: ciego de dolor corrió a Cangas, y echándose a los pies de Alfonso el Católico, le rogó que interpusiese su mediación para impedir tamaña locura.
Aquel buen rey le consoló y le dijo que volviese a su castillo; algunas horas después que él llegó una litera, escoltada por guardias del rey, y seguida de otra en la que iban dos damas ancianas de la servidumbre de la reina. El capitán de los guardias sacó de su vesta un pergamino enrollado y sellado con el sello real, y lo presentó a la condesa que lo leyó rápidamente.
Mandábasele en él partir a Cangas inmediatamente, por estar nombrada dama de la princesa Adosinda, niña de muy corta edad.
—Di al rey y a la reina que yo no quiero ser dama de su hija, ni servir a nadie —contestó volviendo la espalda al mensajero.
—Entonces, señora, no tomes a ofensa el que te conduzca en mis brazos a tu litera —contestó el anciano capitán—, porque tengo orden de llevarte de grado o por fuerza.
—¡Eso no! —exclamó Sancha echándose hacia atrás—: ¡primero morir, que consentir que tus feas y callosas manos toquen a la condesa de Ribadeo!
Y envolviéndose en su manto, salió serena e impasible sin abrazar a su hermano que, llevado de su ciego cariño, partió en seguimiento de su litera.
La dulce y amorosa Ormesinda recibió a Sancha como la más cariñosa madre; pero apartó de ella todo lo posible a la princesa su hija: el nombramiento de dama, hecho en favor de la condesa, era solo honorario, pues apenas veía esta a Adosinda, que permanecía siempre junto a la reina.
En el castillo real fue en donde la joven condesa adquirió las primeras nociones de religión y de virtud; pero su corazón, naturalmente duro y viciado además por perniciosos ejemplos, se mantuvo cerrado a las santas máximas que Ormesinda se esforzaba por infiltrar en él: la viva inteligencia y el perspicaz talento de la joven debían, sin embargo, sacar algún fruto de aquellas lecciones, y el fruto fue proporcionado a la bondad de la tierra donde la mano piadosa de Ormesinda sembraba la semilla. Sancha adquirió una profunda y sorprendente hipocresía y aprendió a revestirse de las formas de la virtud de una manera tan perfecta, que engañó no solamente a la cándida y santa reina, sino también a su hermano, lo cual era algo más difícil, por lo bien que la conocía.
A la muerte de Alfonso el Católico y de Ormesinda, acaecidas ambas con cortos meses de intervalo, volvió Sancha al lado de Eurico sin conocer apenas a los infantes huérfanos, porque Fruela guerreaba contra los infieles en las fronteras de Galicia, y Bimarano y Aurelio, además de ser niños, habitaban el extremo opuesto del real castillo.
El conde de Cangas asistió con su hermana a todas las fiestas de la coronación de Fruela I; y cuando el nuevo rey fijó su corte en Pravia, la proximidad del castillo real con el que habitaban Eurico y Sancha hizo mayor la intimidad de ambos jóvenes con el rey y sus hermanos.
Adosinda, en particular, se acogió a la amistad de Sancha con el más tierno entusiasmo: la pobre niña se hallaba aislada desde que había perdido a su madre, y su dulce corazón se volvió entero a la condesa, porque ella le recordaba los serenos y apacibles días de su infancia.
Sancha, por su parte, le pagaba su cariño en cuanto permitía su corazón helado y egoísta, y es seguro que jamás profesó a nadie tan apasionado afecto como a la infanta.
Llegó por fin un día en que la llama del amor penetró en su alma, alumbrándola no con la luz purísima que derrama en las almas privilegiadas, sino con un resplandor desconocido: la hermosura de Bimarano la deslumbró, y sus dulces y apasionadas palabras hicieron latir su corazón con una fuerza insólita; pero ya hemos dicho que no bien conoció los designios del rey renunció a unirse con su hermano, anidando solo en su pecho el amor sensual, único durable en su pervertida naturaleza.
Poco, pues, tuvo que hacer el infante para triunfar de la virtud de Sancha: cuando dio esta a luz a su hijo, ni uno solo de los músculos de su rostro se animó con una expresión de dicha; supo que su hermano se había apoderado de él sin derramar una lágrima, y cuando Eurico entregó el niño a Antar para ponerle bajo la salvaguardia de la reina Munia, ni siquiera pidió que le dejasen imprimir un beso en su frente, ni se informó de cuándo le volvería a ver.
A pesar del amor que Eurico profesaba a su hermana, su indignación fue viva y profunda al advertir en ella tanta dureza: resolvió guardar aquel niño, que era una prenda de alianza con la familia real, y para ello no halló medio más seguro que encomendarlo al cuidado de la reina, aparentando además, sin embargo, favorecer la pasión que el rey don Fruela alimentaba por Sancha.
Cuando Bimarano, en la fuerza de su desesperación, arrebató a la condesa del castillo, los dos hermanos obraron según sus designios: Eurico creía así libre a Sancha de la culpable pasión del rey, y, persuadiéndose de que estaba sinceramente enamorado del infante, pensó que el mejor medio de apresurar la unión de los dos jóvenes era no oponerse a su fuga. Pero el decoro de su nombre le obligó a salir a la poterna de su castillo a la cabeza de sus hombres de armas, no sin dejar antes lugar a los fugitivos para que se alejasen.
Por lo que hace a Sancha, fingió acceder a las apasionadas súplicas de su amante y se dejó llevar sin resistencia; mas su propósito era negarse después obstinadamente a su enlace con Bimarano y escribir al rey poniéndose bajo su amparo. Para ella no era nada que el infeliz y leal príncipe pagase su amor con la prisión y la muerte; su genio infernal había columbrado una corona y un ataúd, en el cual dormía el sueño eterno la noble esposa de don Fruela I; más de una vez, cuando iba en los brazos del infante, durante su desesperada fuga, había llevado sus manos a la frente como para cerciorarse de que podría sostener la diadema real de Asturias y Galicia.
Pero al verse cercada de mortíferas jabalinas, cuando por una caída de su amante logró Eurico, aunque bien a su pesar, llegar hasta ellos, quedó desmayada, porque aquel demonio no carecía, para ser más tentador, de la debilidad que hace tan atractiva a la mujer.