VII

ÁNGEL DE LUZ Y ÁNGEL DE TINIEBLAS

Sentada Adosinda enfrente de la condesa de Ribadeo, tenía cogida una de sus manos y clavaba en su semblante sus grandes y hermosos ojos azules. Sancha, por el contrario, miraba con indiferencia la pendiente montaña sobre la cual se asentaba su castillo, y sus fogosos y apasionados ojos negros vagaban inciertos por los picos de las rocas que algunos días antes, y en medio de las tinieblas de una medrosa noche, había saltado Bimarano llevándola en sus brazos.

Los sitiales de entrambas estaban colocados junto a la ojival ventana de la cámara de la condesa, y el sol moribundo de la tarde, resbalando por los espesos y lucientes rizos negros de Sancha, hacía brillar los fúlgidos destellos de algunas sartas de gruesos corales que se enredaban en ellos.

Un brial rojo, de lana fina como la púrpura de Alepo, se plegaba en derredor de su talle robusto y voluptuoso descubriendo su redondo cuello y la mitad de sus torneados brazos, blancos y puros como apretada nieve.

Su boca pequeña, y de labios finos y delicados, era más roja y fresca que el coral que fulguraba en sus cabellos; su nariz recta y también pequeña se dilataba a cada aspiración, como absorbiendo el aire que parecía preciso a su seno alto, palpitante y tentador.

La infanta, vestida con una larga túnica blanca y ceñidos sus rubios cabellos, que se recogían en riquísimas y apretadas trenzas, con una banda azul, se asemejaba a una visión angélica.

Un suave sonrosado, comparable al matiz de una rosa blanca, cubría sus mejillas, cuya nitidez tenía algo de diáfana: su boca suspirante no ostentaba el lascivo carmín que vestía los labios de Sancha, y su puro y rosado arrebol la hacía más dulce e inocente.

La hermosura de la condesa, ataviada de púrpura, era un tanto siniestra e infernal; la belleza de Adosinda, velada por su blanco ropaje, era celeste y santa.

En el instante en que presento las dos jóvenes a mis lectores, fijaba la primera sus rasgados y hermosos azules en el semblante helado e impasible de Sancha, al mismo tiempo que estrechaba su mano entre las suyas con tierno cariño.

—Sancha, amiga mía —decía la infanta con su voz dulce y juvenil—, prométeme que irás conmigo esta noche a la prisión donde yace mi pobre hermano para que siquiera tu presencia pueda consolarle.

—Ya te he dicho, señora mía, que eso es imposible —contestó la condesa mirando serena y fríamente a Adosinda.

—¡Imposible! ¡Oh, Sancha! —exclamó la infanta dolorosamente—: ¡No dirías eso si conocieras el afán con que me pedía mi infeliz hermano que te llevase a verle aunque fuese solo por un instante!

—Yo no puedo verle, señora; no debo exponerme a la cólera del rey, tu hermano.

—Su cólera caerá sobre mí; no temas, Sancha: si llega a su noticia esa entrevista, yo me arrojaré a los pies de Fruela y le diré que únicamente has cedido a mis instancias. ¿No estamos además bajo la protección de la reina?

—¡De la reina! —replicó la condesa, en cuya bella y enérgica fisonomía se pintó, a pesar de sus esfuerzos, un sentimiento de odio profundo.

—Sí, de mi buena hermana... ¡si supieras, Sancha, cuánto te ama!

La condesa permaneció silenciosa y con la cabeza inclinada por algunos instantes: una persona que hubiera conocido su carácter se hubiera estremecido ante aquella inmovilidad, precursora siempre de algún proyecto cruel; pero la inocente Adosinda esperó pacientemente a que saliera de su meditación, halagada con la esperanza de verla ceder a su ferviente ruego.

Sancha levantó por fin la cabeza: brillaban sus ojos con resplandor siniestro, y en su ancha frente se veía reflejado un gozo sombrío.

—¡Iré! —dijo con voz segura—: indícame la hora en que debo estar en tu cámara, señora.

—¡Oh, gracias, gracias por mi hermano y por mí, Sancha! —exclamó la infanta estrechando amorosamente las manos de la condesa.

Y levantándose, añadió:

—Te espero en mi aposento esta noche a las once.

Adosinda abrazó a Sancha y salió acompañada del fiel Antar, que la esperaba en la puerta.

Media hora después, Fruela I, disfrazado con un sayo montañés, se encontraba en la estancia de la condesa que, sentada en sus rodillas, le refería la visita y la pretensión de Adosinda.

—¡Yo castigaré a esa imprudente niña! —exclamó el rey, rojo de furor y apretando los puños.

—¡Aguarda, señor, aguarda! —contestó Sancha con una sonrisa, helada como el filo de un puñal, pero que enloqueció aún más al enamorado monarca—. Si yo he consentido en llegar hasta la prisión del infante, ha sido porque por medio de la reina me ha amenazado con publicar mi deshonra.

—¿Cuándo?

—Hace dos días.

—¡Oh! —barbotó don Fruela con ojos chispeantes y voz sorda—. ¡Todos contra mí! ¡Bimarano, a quien he encarcelado por traidor a mi trono, y porque me roba tu amor! ¡La reina, que me parecía inofensiva! ¡Adosinda, que era a mis ojos el ángel cuyas blancas alas escudaban mi palacio! ¡Y Aurelio, que, según dicen mis condes, ha huido a alzar banderas para derribarme del solio de mi padre!...

La condesa sabía mejor que nadie que Aurelio había ido a salvar a su hijo, pero se guardó bien de decir ni una palabra al rey.

—¿Y tu hijo? —prosiguió don Fruela con furor creciente—. ¿Quién me ha robado ese niño, que era el objeto de todo mi odio, pero que al mismo tiempo me aseguraba la fidelidad de Bimarano? ¡Sancha! ¡Sancha! —continuó oprimiendo el brazo de la condesa—. ¡Tú debes saber lo que se ha hecho de tu hijo, y es preciso que me lo digas!

—Pregúntalo a su padre y a la reina, señor —contestó Sancha haciendo un gesto de indiferencia desdeñosa, no obstante que sentía prensado su brazo entre los dedos del rey—; en cuanto a mí —prosiguió—, nada sé de esa criatura, a la cual no consagro ni un pensamiento siquiera desde que me cercioré de que jamás había amado a su padre.

—¡Oh!... ¡Será posible, Sancha! —exclamó el rey soltando el hermoso brazo que estaba martirizando, y ciñendo con los suyos a la condesa—: ¡dime que no has amado a mi hermano!... ¡que te engañó tu corazón!...

—¡Yo no he amado más que a un hombre! —murmuró la condesa en voz tan baja que semejaba un suspiro de amor, y reclinando su rizada cabeza en el hombro de don Fruela de modo que los riquísimos bucles de sus negros cabellos acariciasen la mejilla del monarca.

—¡Oh! —se apresuró a decir este—; y... ¿ese hombre?... ese hombre... ¿quién es?

—¡El rey de Asturias y de Galicia! —volvió a murmurar la condesa a la vez que se rizaban sus hechiceros labios con una sonrisa burlona, excitada por el sarcasmo que estas palabras encerraban.

Ellas constituían, sin embargo, la única verdad que en toda la vida de Sancha había brotado de su boca: porque, en efecto, amaba, no a Fruela, sino al rey de Asturias y de Galicia.

El rey advirtió aquella sonrisa de inmensa ternura sin comprender su amarga burla, y besó mil veces los rizos de seda de la infernal sirena.

—Yo amo —continuó Sancha, recogiendo la anchurosa manga de su túnica y mostrando al rey su brazo redondo, torneado y blanco como el marfil, pero en el cual habían formado cinco surcos sangrientos los dedos de don Fruela—, yo amo de tal modo al hombre que ha puesto su mano en mi brazo, que hasta sus heridas me han arrobado como las caricias del amor primero.

Don Fruela besó con delirio aquel brazo magullado: cuando alzó la cabeza, corrían por sus mejillas dos gruesas lágrimas que fueron a perderse en la espesura de su barba. Aquel hombre frío y duro para el ángel que Dios le había dado por compañera, para la madre de sus hijos, amaba con locura a aquel demonio, y la pasión que le inspirara debía ser la única fuerte y poderosa de su vida. Los misterios del corazón humano han sido los mismos en todos los tiempos.

—¿Por qué, ya que tan intenso es tu cariño, no cedes a mi amante ruego? —exclamó Fruela mirando a Sancha con tristeza.

—Porque no quiero manchar por segunda vez la casa de mi hermano —contestó esta con entereza, y desprendiéndose de los brazos del rey.

—¡Déjame sacarte de ella! —gritó anhelante el enamorado monarca.

—Jamás la dejaré yo voluntariamente —repuso Sancha clavando en el rey una mirada profunda.

—¿No la dejaste por mi hermano?

—Por eso no volveré a hacerlo.

Don Fruela guardó silencio por un breve rato y pareció reflexionar. La condesa le devoraba con una mirada ávida y torva, como si quisiera leer en el fondo de su alma.

—¡Sancha! —dijo de repente el rey, levantándose y acercándose a ella—. ¿Estás decidida a ir esta noche a la prisión de mi hermano?

—¡Sí! —contestó la condesa con voz sombría, al mismo tiempo que radiaba en sus ojos una expresión de gozo—. ¡Sí, iré! ¡No quiero que publique mi deshonra al cobrar su libertad!

—¡Quizás no la cobre nunca! —murmuró don Fruela en voz muy baja, pero que, sin embargo, llegó claramente al oído avizor de la condesa; y luego, sacando de una vesta una llave:

—Toma —dijo presentándola a Sancha—: esta es la llave del calabozo de Bimarano. En vano la buscaría Adosinda, porque la guardo yo: ve a verle y consigue saber de él el paradero de tu hijo.

La condesa echó los brazos al cuello del monarca, y murmuró un ¡adiós! melancólico y tierno, que se confundió con el rumor de un beso.

El rey salió de la estancia ebrio y trastornado, pero llevando impresa en sus facciones una alegría siniestra.

Sancha le siguió con los ojos y luego lanzó un suspiro de felicidad.

—¡Yo no le amo! —murmuró al verse sola—. ¡Oh, no, le aborrezco por su brutal fiereza! ¡Pero ostenta una corona y su brillo deslumbra mi vista y conmueve mi helado corazón!

Al decir estas palabras, se aproximó a una mesa y roció con bálsamo las heridas de su brazo.

Mientras tenía lugar la escena precedente, Adosinda había contado a la reina su entrevista con la condesa. Cuando Munia oyó que consentía en ver a Bimarano, brilló en sus ojos una lágrima de ventura.

—¡Bendita seas, hermana mía! —exclamó abrazando amorosamente a la princesa—. ¡Bendita seas tú que haces tanto bien! ¡Yo os acompañaré a Sancha y a ti a la prisión del infante, y mi presencia os servirá de escudo si os amenaza el enojo del rey!