VIII

LA SANGRE EN LA FRENTE

Las once y media de aquella misma noche señalaba la luna clara y serena, brillando en el ancho firmamento, cuando la reina Munia entraba en una espaciosa cámara del castillo real, precedida del anciano y fiel Antar, que la alumbraba con una tea; un instante después entraban también en ella Adosinda y Sancha, envueltas en largos mantos negros.

Antar sacó un gran manojo de llaves, que llevaba pendiente de la cintura, y abrió una puerta, apareciendo una escalera tortuosa, estrecha, abierta en la roca viva, e iluminada con una tea colocada en una estaca fija en la pared; el anciano, obedeciendo a una señal de la reina, bajó el primero.

—¿No era mejor cerrar esta puerta, señora? —dijo Adosinda a la reina.

—¿Para qué? —contestó Munia—. Nadie puede venir por aquí.

Ambas bajaron la escalera precedidas de Antar, y Sancha las siguió sombría y silenciosa.

Al final de los mohosos peldaños, se veían dos anchas puertas de hierro, y la comitiva se detuvo junto a una de ellas.

—¿No me has dicho que tenías la llave del calabozo, Adosinda? —dijo la reina dirigiéndose a la joven.

—Aquí está, señora —contestó esta sacando una que presentó a la reina, y echando a la condesa una mirada de inteligencia.

Sancha, por no comprometerse a los ojos de la reina, había entregado la llave, que había recibido del rey, a la infanta, sin que esta en su inocencia se hubiese detenido a pensar de qué manera se la podía haber procurado.

La reina dio la enorme y enmohecida llave a Antar, y no bien este abrió la puerta, se encontraron todos cara a cara con el preso.

El infeliz príncipe había conocido por el eco de las voces a las personas que se acercaban: juzgando por su propio corazón tan amante, tan leal, no dudó un momento que Sancha, accediendo a las súplicas de Adosinda, iría a verle, y no bien se apercibió de la voz de su hermana, se lanzó a la puerta para acelerar de este modo el ansiado instante de volver a estrechar contra su pecho a la madre de su hijo.

—¡Sancha mía! —exclamó al verla, con voz temblorosa por la emoción y tendiéndole sus brazos; pero esta permaneció inmóvil y helada en tanto que la reina y la infanta sentían prensados sus corazones al solo aspecto de aquella horrible y reducida mazmorra.

Estaba abierta en la cavidad de una de las rocas sobre que se asentaba el castillo real, y no tenía más que un pequeño agujero, que transmitía aire y luz; pero era tan estrecho que, a través de él, con dificultad había podido un solo lucero recrear y animar los ojos del prisionero.

Aquel lucero, sin embargo, había sido el único consuelo del infante; aquel lucero debía estar bendito por Dios, porque resplandecía más que ningún otro de los infinitos que bordaban el ancho firmamento.

No había en el calabozo otro mueble que un gran banco de madera, que así debía servir al preso de asiento como de lecho: veíase además en un rincón un jarro de hierro lleno de agua y un enorme pan negro, que aún no había sido empezado.

Gruesas lágrimas se deslizaban de los ojos de las dos princesas, no obstante que no era ya la primera vez que bajaban a aquel sepulcro: la fisonomía ruda y leal de Antar estaba también profundamente alterada; solo la condesa permanecía helada e impasible.

—He accedido a tus deseos, señor —dijo esta en voz alta y aproximándose al infante—, he accedido a tus deseos viniendo aquí, con la esperanza de saber de tu boca el paradero de mi hijo.

Al escuchar aquel acento, frío y duro como el hierro, una generosa indignación cubrió de carmín las bellas facciones de la reina, en tanto que el blanco rostro de Adosinda se vestía de una mortal palidez.

También palideció el infante, pero dominando en lo posible su emoción, contestó con voz temblorosa:

—Yo ignoro, como tú, la suerte de mi hijo, Sancha.

El infante acababa de conocer lo que valía la mujer, a quien tanto había amado, y se abstuvo de decirle que el niño estaba bajo la protección de la reina.

—Yo quiero saber dónde se halla mi hijo —dijo fríamente la condesa, después de asegurarse con una rápida mirada de que el rey don Fruela estaba en la escalera.

—Tu hijo está en salvo, Sancha.

—¿Dónde?

—No lo sé —repuso Bimarano, cuya expresiva fisonomía se había descompuesto de una manera horrible—. Pero ¿cómo es posible, Sancha, que tan poco interés te inspire la desdichada suerte del padre de ese hijo? ¿Acaso —prosiguió temblando convulsivamente—, acaso ya no me amas?

—Nunca te amé, señor —dijo la condesa mirando siempre hacia la escalera y sin reparar en la alteración de las facciones de Bimarano, que quedó como herido de un rayo.

Sus grandes ojos negros, engrandecidos aún más por la extremada flacura de su rostro, despidieron centellas, y la sangre ardorosa de su padre Alfonso el Católico se inflamó de súbito en sus venas.

—¡Traidora! —exclamó precipitándose sobre la condesa—, ¡traidora! Ya que por ti me veo hundido en este sepulcro, ¡ven a partirle conmigo!

Y el infante, extraviado por la fiebre, que habían producido en él el hambre, el horror del calabozo y el golpe que acababa de destrozar su corazón, arrastró a la condesa al fondo de su prisión.

Sancha lanzó un grito penetrante, retorciéndose como una leona furiosa entre los brazos del infante; pero antes que expirase su voz, el rey don Fruela se precipitó en el calabozo con el puñal desenvainado.

El rey arrancó a Sancha de los brazos del príncipe. Luego cogió a este por el cuello y con horrorosa rapidez le descargó tres golpes en el pecho.[2]

[2] La muerte a puñaladas, que Fruela I dio por su propia mano al infante, su hermano, es un hecho histórico e incontestable.

Cayó Bimarano sin lanzar un gemido, pero sus ojos, empañados ya con el velo de la muerte, se fijaron en el rey.

—¡Rey... don Fruela!... —dijo con voz agonizante ya, pero honda y lúgubre, como si saliese de un sepulcro—. ¡Rey... don Fruela!... ¡Mi sangre... será borrada con... la tuya... mas hasta el día de la venganza... estará impresa en... tu frente!...

El rey llevó maquinalmente a sus ojos la diestra, que aún empuñaba el hierro fraticida, y una mancha roja se imprimió en su frente al tocarla su mano salpicada con la sangre del infante.

—¡Dios te perdone... Sancha!... ¡Adiós... hijo mío!... hermanas... ¡adiós! —murmuró Bimarano, cerrando los ojos para siempre.

Fruela tomó a Sancha en sus brazos y corrió como un loco a encerrarse con ella en su cámara.

Adosinda cayó desmayada junto a la reina, que, blanca como su manto, pero serena al parecer, la sostuvo sacándola después del calabozo con la ayuda de Antar.

Al salir de allí, un sollozo seco y profundo desgarró el pecho de Munia: sintió que las fuerzas la abandonaban y tuvo que dejar el cuerpo de Adosinda en los brazos de Antar.

El anciano condujo a la joven hasta la cámara de la reina, que les siguió como si fuera la estatua muda del dolor.

Mas, al llegar a ella, su desesperación rompió en un llanto histérico y desgarrador.

—¡Hijos! —murmuró entre sollozos—, ¡hijos míos! ¡Vais a quedar sin madre, y tenéis por padre a un verdugo maldito de Dios!...