IX

LA VÍCTIMA

Pasó la noche funesta en que Fruela I manchó su corona con un detestable fratricidio, y pasó también el siguiente día, triste y lluvioso, como si Dios, en su cólera, hubiera querido negar la luz del sol al castillo real de Pravia.

Ya extendía sus sombras el crepúsculo sobre los montes de Asturias cuando la reina salió del estupor en que parecía sumergida desde la noche anterior.

Adosinda, que al recobrar el uso de sus sentidos, había encontrado a la reina yerta e inmóvil, se apresuró a socorrerla a su vez; mas su cuidado fue inútil, y la infeliz Munia permaneció todo el día muda y exánime como la imagen del dolor.

Cerca de las dos primeras veíanse dos niños, que se entretenían en jugar sobre el grueso tapiz que cubría el pavimento.

Eran Alfonso el Casto y su hermana Jimena.

El infante contaba ya diez años, y era alto y hermoso. La princesa no había cumplido uno, y su angélica hermosura era un trasunto fiel de la de su tía.

La reina se levantó y se dirigió con lento paso a una cámara inmediata, saliendo de ella pocos instantes después con un frasco de plata en la mano.

Acercose a una mesa, y, tomando una copa del mismo metal, vertió en ella parte del rojizo licor que contenía el frasco.

Mas, al llevarle a sus labios, se detuvo, y corrió hacia sus hijos, a los cuales abrazó entre sollozos.

—Llévatelos, Antar —dijo al montañés, que inmóvil a alguna distancia la contemplaba con desconsuelo.

El anciano tomó en sus brazos a la pequeña Jimena, dio la mano a Alfonso, y salió con ellos lentamente.

—¡Señora!, ¡hermana mía! —exclamó Adosinda acercándose a la reina y juntando sus manos con suplicante ademán—: ¡no persistas, por Dios, en tan desesperado propósito!

—¡Es preciso! —contestó la reina con acento triste, pero tan firme, que fácilmente se conocía por él que su resolución era hija de maduras reflexiones—. ¡Es preciso, Adosinda! ¡Quiero desaparecer del mundo, porque no puedo ya ver con serena frente a ese hombre a quien amé tanto, y que ahora se ha convertido a mis ojos en un monstruo manchado con la sangre de su hermano y del tuyo!

—¡Pero ese hombre, señora, ese hombre es el padre de tus hijos! —exclamó Adosinda con acento ahogado por los sollozos—. ¡No te mueve a perdonarle este pensamiento!

—¡Mis hijos no tienen padre, Adosinda, ni tendrán desde hoy otra madre que tú!

—¡Y yo —murmuró Adosinda—, yo también les abandonaré bien pronto! ¿Cómo vivir en este abismo de crímenes, huérfana, sola, y sin otro amparo que ese hombre a quien tú, señora, ni aun por la fuerza de tu amor puedes perdonar?

—¡Oh, no, no! —exclamó Munia retorciendo sus manos con dolor—. ¡Vive para mis hijos, hermana mía! ¿Quién les queda si tú les faltas? ¡Tú puedes vivir, porque tu sangre no se ha mezclado con la del asesino! ¡Tú, ángel inocente, conservas inmaculada tu blanca corona de pureza! ¡Tú, lejos de maldecir a tu hermano, puedes alcanzar del cielo su perdón!... ¡Pero yo estoy maldita, como él, y toda mi raza!

La reina ocultó el semblante entre sus manos, y durante algunos momentos permaneció llorando.

El ruido que produjo Antar al aparecer en la estancia, le hizo levantar la cabeza; acercose en seguida a la mesa en que estaba la copa de plata, que contenía parte del líquido rojo del frasco, y con mano segura la llevó a sus labios.

—¡Conque no hay remedio! —exclamó Adosinda juntando las manos con profundo dolor—. ¡Oh, señora! ¡Conque te voy a perder para siempre!

—¡Sí! —dijo Antar que contemplaba impávido a Munia—. ¡La pierdes ahora, señora, pero volverás a encontrarla en el cielo!...

La reina apuró el contenido de la copa; un instante después palideció y se dejó caer desplomada en un sitial. Adosinda, presa de la aflicción más amarga, cayó llorando a sus plantas.

Pasadas cuatro horas, un jinete, cubierto de polvo y de sudor, se apeaba en lo más hondo de la quebradura de la sierra, al fin de la cual se elevaba el castillo real, como una gaviota sobre las rocas. Ató su poderoso corcel de batalla a un árbol con las cadenas que le servían de bridas, y se dirigió con apresurado paso a la vivienda de los reyes.

No obstante, pasó sin detenerse por delante de la puerta principal, y sin hacer señal alguna para que se abriese.

Era un gallardo y apuesto mancebo, cuya fisonomía alumbraba la luna pura y hermosa de aquella noche de mayo.

Llegó, por fin, a una pequeña poterna que abrió con una llave que sacó de su vesta, y entró cerrando tras sí y desapareciendo como una sombra.

Ya no volvió a oírse en la sierra otro rumor que el del ruiseñor, que trinaba sus acentos de amores; el canto dulce de la desvelada y solitaria alondra, y el arrullo de las tórtolas que anidaban en los huecos de las rocas.

El caballero subió la misma escalera por la cual había huido Aurelio con el niño Bermudo, y se encontró en la estancia misma donde se lo entregó la desgraciada Munia. Cruzola con paso firme y presuroso, pero recatado; atravesó otras tres, y llegó por fin a las habitaciones de la esposa de don Fruela.

Pero sus pies quedaron enclavados en el umbral de la cámara, y sus labios dejaron escapar un grito agudo y penetrante.

Aquel espacioso aposento estaba alumbrado por teas de resina: en el centro, y tendida en un lecho, dormía el sueño eterno de la muerte la reina de Asturias y Galicia, vestida con su blanca túnica, triste y hermosa como la imagen del amor postrero.

Arrodillada a sus pies, lloraba Adosinda, asemejándose por su actitud al ángel de las tumbas solitarias.

Al otro lado del lecho funerario permanecía inmóvil el viejo Antar, empuñando una hacha de armas y con el rostro sereno y bravío, pero profundamente pálido.

Aquella era toda la guardia de honor que custodiaba el cadáver de la esposa santa del rey don Fruela I.

Al grito que lanzó, al entrar, el caballero, volvió el semblante la princesa.

—¡Aurelio! —exclamó tendiendo hacia él sus manos unidas.

—¡Hermana! —gritó el príncipe lanzándose hacia ella—. ¿Quién ha causado la muerte de la reina?

—Don Fruela I —murmuró Antar en voz baja, pero con acento sombrío y profundo.

—¡No, no! ¡Dios ha sido! —exclamó entre sollozos la princesa.

—¡Al asesinar don Fruela al infante Bimarano, ha asesinado de dolor a la reina! —repitió el montañés con lúgubre voz.

—¡¡Muerto!!... —gritó desesperadamente Aurelio llevando sus dos manos al corazón—. ¡¡Muertos los dos!!...

Luego dio los tres pasos que le separaban de Antar, y exclamó:

—¿Dónde está Fruela?

—¡Ha huido a Cangas con la condesa de Ribadeo! —contestó el montañés con su acento fatídico y ronco.

Aurelio besó los yertos pies de la reina, y salió presuroso de la estancia; pero, al verle, hubiérase dicho que estaba ebrio: tanto era lo que hacía vacilar su paso la negra desesperación que se había apoderado de su alma de fuego.