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LA ERMITA
A algunas leguas de Oviedo, y en medio de uno de los hermosos y extensos bosques que se extienden a enormes distancias de aquella alegre y feliz ciudad, había en el siglo VIII una ermita, no blanca y graciosa como las que se ven en nuestros días, sino vieja, triste y casi derruida: estaba consagrada a la Madre de Dios, y, a pesar de su austera sencillez, era un asilo para los pobres montañeses extraviados o acosados por la tormentas, porque su puerta se cerraba durante muy pocas horas, y esto, cuando la noche estaba ya muy avanzada.
Nadie se acordaba de la época en que se había construido la ermita: durante muchos años había permanecido cerrada, pero dos meses antes del día en que la doy a conocer a mis lectores, llegó a ella un anciano, cubierto con el tosco sayo de los montañeses de Asturias, y la abrió, encendiendo una lámpara de hierro ante su pobre y único altar, erigido a la hermosa y pura imagen de la Virgen María, a cuyos pies se veían dos jarros de madera con flores que perfumaban aquel sagrado recinto.
El anciano lavó la iglesia y la dejó brillante de limpieza. Aquel día la bendijo un sacerdote, y desde la misma noche la campana de la ermita llamó a la oración, con su clara y argentina voz, a los pastores del bosque.
Los buenos y honrados asturianos acudieron a aquel consolador llamamiento, como si fuese una emanación del cielo; y los pastores sintieron refrescadas sus frentes, que el ardor estival había calcinado durante todo el día: aquellos infelices olvidaron allí su hambre, su miseria y las vejaciones que les hacían sufrir los árabes que llegaban a sus costas en las galeras del poderoso califa de Córdoba; y desde entonces, todos los días, al toque de la campana, acudían presurosos a la ermita a rogar al cielo que consolase sus aflicciones.
Nunca, empero, veían al encargado de cuidar de la ermita: el anciano, propietario de ella sin oposición de nadie, salía de la iglesia para tocar la campana, y no volvía mientras permaneciese orando una sola persona; pero aquellas sencillas gentes creyeron semejante retraimiento hijo de algún voto, y pronto se olvidaron de él como se olvida el origen de un bien, si este es tan grande que sus efectos nada dejan que desear a nuestro egoísmo. ¡Tal es la ingratitud humana!
El anciano les franqueaba su iglesia limpia, fresca y perfumada, y ellos no pensaban en la mano bienhechora que abría a sus pobres almas aquella mansión de eterno consuelo.
Era la caída de una tarde calurosa de junio; los postreros rayos del sol doraban ya apenas las cumbres de los altos montes de Asturias, y las colinas, cubiertas de verdor, mostraban en sus faldas bosquecillos floridos y olorosos, regados por arroyos de diáfana plata.
El guardián de la ermita se encontraba entonces en la iglesia renovando las flores del altar, y animando la luz de la lámpara.
Cuando terminó su tarea, se cruzó de brazos y permaneció inmóvil y meditabundo.
—¡No! —murmuró en voz baja y como hablando consigo mismo—. ¡No! Es una imprudencia llevarle su hijo... un niño de diez años hablará... ¡Oh, no, no! ¡No quiero que la vea!
Calló el anciano y dobló sobre el pecho su cabeza, meditando de nuevo.
—Por otra parte —continuó—, ella me hizo darle palabra de que se lo llevaría... ¡Virgen de Covadonga! ¿Y cómo negárselo, si se muere... si su vida se extingue como esa lámpara cuando le falta mi cuidado?
—¡Oh! —exclamó el montañés alzando al cielo sus ojos, en los cuales se pintaba un fanático ardor—. ¡Oh, Dios de justicia! —prosiguió arrodillándose a los pies del altar—: ¡déjala vivir hasta que luzca el día de la venganza! ¡Conserva el aliento de esa infeliz mártir hasta que la semilla que yo deposite en el corazón de Aurelio dé por fruto la muerte del verdugo y de la infame manceba, origen de las desgracias de su santa esposa!...
Durante algunos instantes se agitaron los labios de aquel hombre en una oración ferviente: rogaba por la venganza del único ser que amaba, como hoy rogamos nosotros por la ventura de nuestros hijos y de nuestros padres.
—¡Sí! —dijo levantándose—; ¡sí, le llevaré su hijo, y esto quizá reanimará sus abatidas fuerzas!
Al acabar de pronunciar estas palabras, abrió la puerta de una pequeña estancia contigua al altar, y penetró en ella, dulcificada ya la expresión sombría de su semblante.