XI

LA AGONÍA

Sentado en un arcón de roble, estaba un hermoso y robusto niño, que aparentaba doce años, aunque apenas contaba diez; sus formas gallardas eran enérgicas y desarrolladas; tenía la tez morena, los ojos negros, grandes y pensativos, la cabellera oscura, rizada y abundante, y la boca de expresión melancólica y severa.

Era el infante don Alfonso, que después reinó con el nombre de Alfonso el Casto, y de cuyo exterior nada más digo, porque trato de presentar de lleno su figura en otra historia, escrita ya en mi mente con bastante claridad.

La soledad que le rodeaba no parecía inquietarle en lo más mínimo: al ruido que hizo el anciano que ya conocemos al abrir la puerta, alzó sus grandes ojos y le miró tranquilamente.

—¿Cuándo veré a mi madre, Antar? —preguntó sin levantarse.

Y aunque su voz era serena y reposada, viose brillar una lágrima en sus largas pestañas.

—Cuando te plazca, señor —contestó el anciano inclinándose con el mismo respeto que si hablase a un monarca encanecido.

—Vamos ahora mismo —dijo don Alfonso poniéndose de pie con ademán resuelto.

—Antes de conducirte a la presencia de la reina, debo hacerte una advertencia, señor —observó Antar volviendo a inclinarse.

—Habla.

—El mundo entero cree muerta, desde hace un mes, a la reina de Asturias y de Galicia, y un voto sagrado la obliga a permanecer oculta para siempre a los ojos de todos los vivientes, como si ya morase en el sepulcro: prométeme, señor, no confiar a nadie el secreto de su existencia.

El niño salió a la iglesia, cuya puerta principal aún estaba cerrada para los buenos montañeses. Antar siguió a don Alfonso y se detuvo a su lado junto al altar.

Abrió el príncipe el libro de los Evangelios y puso sobre él su diestra blanca y hermosa, pero musculosa y fuerte como la mano de un guerrero.

—Juro —dijo con voz solemne—, juro no revelar, ni aun al rey mi padre, ni a la princesa mi hermana, el secreto de la existencia de la reina, mi madre y señora, que hoy se confía a mi lealtad de caballero. Empeño mi palabra de guardar este arcano hasta el sepulcro; y si a ella falto, que Dios me castigue en su justicia según de su agrado sea.

La voz del niño resonó clara y vibrante en las bóvedas del templo: cuando terminó la fórmula de su juramento, volvió a entrar majestuosa y acompasadamente en el aposento que pocos momentos antes abandonara.

Antar abrió otra pequeña puertecilla situada en un ángulo de la estancia, y mostró al infante una escalera mezquina, húmeda y oscura, pero por la cual, sin embargo, se lanzó el niño sin vacilar: al final de ella había un estrecho corredor tortuoso y sombrío, y en él otra escalera, que subieron igualmente, y que remataba en una puertecilla desvencijada y carcomida.

El anciano tocó suavemente a ella y a poco abrió una mujer, o más bien una sombra; al ver al infante, escapose de su pecho un grito de júbilo, pero inmenso, indescriptible: parecía que el corazón de aquella mujer, comprimido largo tiempo hacía, se dilataba al fin con una alegría santa e infinita.

La mujer que abrió era la reina Munia, o hablando con más propiedad, el espectro de aquella noble y hermosa reina, que hemos conocido en otro tiempo llena de vida y juventud.

Parecía más elevada su estatura a causa de la extrema demacración de su cuerpo; una túnica blanca la cubría del cuello a los pies; sus largos cabellos negros la envolvían como en un manto de terciopelo, pero sus prolongados rizos estaban matizados de muchas hebras de plata; sus grandes y oscuros ojos se habían hundido y apagado; sus labios, tan hermosos y encarnados en más remotos días, veíanse entonces blancos como las hojas de un jazmín arrebatadas por el viento; el matiz moreno y satinado de su tez había desaparecido para dar lugar a la palidez marmórea de un cadáver, y su paso era débil y su respiración entrecortada y penosa, como la de un ser consumido por la fiebre.

El grito que al ver a su hijo le arrancara la alegría, de que se inundó su alma, aniquiló todas sus fuerzas: no obstante, permaneció inclinada rodeando con sus descarnados brazos el cuello del niño, besando sus cabellos y su frente, y murmurando con voz ahogada estas breves palabras que parecían el eco de su corazón:

—¡Hijo mío!... ¡hijo mío!

El niño, de cuyos grandes y serenos ojos brotaron gruesas lágrimas, miraba a su madre con una ternura ávida e insaciable, y le devolvía sus caricias con amoroso delirio.

Dirigiose, por fin, la reina, sin soltar a su hijo, a una tarima de madera cubierta con un paño de sayal que le servía de cama; un gran crucifijo clavado en la pared, y debajo de él un reclinatorio y un libro de oraciones, componían todo el mueblaje de aquella reducida e ignorada celda, situada en el hueco de la torre.

—¿Dónde está tu hermana, hijo mío? —fue la primera pregunta que hizo la reina, pero con voz tan débil que apenas podía distinguirse.

—En Pravia con la infanta, madre mía.

—¡Oh! ¡Conque Adosinda no os ha abandonado!

—No se aparta de Jimena y de mí un solo instante, pero siempre está llorando.

—¡Dichosos los mortales que aún tienen lágrimas que verter! —murmuró la reina; y luego, alzando la voz, añadió con acento tembloroso:

—¿Y el rey, tu padre?

—Hace mucho tiempo que no lo he visto, madre mía: mas dícese que está en Cangas.

Un ahogado gemido desgarró el pecho de la pobre penitente.

—¿Y el infante Aurelio?

—Tampoco veo a mi tío.

La reina dobló la cabeza y permaneció largo rato sumergida en una meditación profunda.

—Oye el último consejo y el ruego postrero de tu infeliz madre, hijo mío —dijo al fin con una voz casi ininteligible—; óyelo, y vete con Antar, porque necesito estar sola con Dios. He querido verte para pedirte que ames y ampares siempre a tu hermana Jimena, y para encomendarte que huyas, mientras vivas, de todas las demás mujeres... ¡Oh, Alfonso mío! —prosiguió Munia—: ¡Una mujer ha perdido a la familia entera que cobijaba el dosel de Asturias y de Galicia!... ¡Una mujer ha empapado en sangre tu corona!... ¡Una mujer te ha dejado sin padres!... ¡Prométeme, pues, que huirás siempre de ellas!...

—¡Te lo prometo, madre y señora mía!

—Júrame que jamás abandonarás a tu hermana.

—En el nombre de Dios, lo juro.

—¡Gracias, hijo mío!... Ahora recibe mi bendición.

El niño se arrodilló a los pies de su madre, que le bendijo solemnemente; luego le abrió sus brazos y Alfonso se arrojó en ellos.

Pero de repente se aflojó el lazo que estos formaban; rompiose un instante después, vaciló la reina y fue a caer por último en su duro y pobre lecho de madera.

—¡Llévate al infante... Antar! —dijo Munia, cuya agonía empezaba; y luego añadió con acento imperioso y breve:

—¡Alfonso!... ¡jura a los pies de tu madre... ser un buen... rey de tus pueblos!...

—¡Lo juro!

—¡Gracias... hijo mío... y... adiós!

En seguida incorporose la reina por un último y poderoso esfuerzo, y estrechó a su hijo contra su pecho: sin duda que el niño comprendió con el instinto del corazón todo el valor de aquel abrazo postrero, porque, para separarlo de su madre fue necesario que Antar le tomase en sus brazos y le sacase fuera de aquella celda sombría.

—¿Qué tiene mi madre? —preguntó el infante al anciano, no bien estuvieron en la estancia contigua a la iglesia.

—Tu madre, señor, se ha condenado a una vida de penitencia y a una muerte de martirio por una culpa ajena —contestó Antar con voz solemne—; tu madre es la víctima expiatoria de las culpas de otra mujer. ¡Señor, señor! ¡Ruega a Dios por su alma!

Al decir estas palabras llegaban a la iglesia don Alfonso y Antar; el niño, pálido de emoción, dobló la frente y oró largo rato con una angustia visible solo a los ojos de Dios.

Luego se levantó, y el anciano se dirigió a la puerta de la ermita, la abrió, y dos escuderos, en cuyas vestas se veían las armas reales, rodearon al infante, mientras un tercero le aproximaba un poderoso caballo, que montó el niño con graciosa ligereza.

Entonces hizo este al montañés una leve y majestuosa señal de despedida, y sacando al trote su corcel, partió seguido de algunos soldados, sombrío y silencioso.

Aquella noche terrible no se borró jamás de la memoria de don Alfonso el Casto; fue tan fiel en cumplir el juramento que hizo a la reina, que jamás amó a mujer alguna, concentrando todo su cariño en el recuerdo de su moribunda madre.

El martirio de la reina de Asturias y de Galicia hizo un santo del hijo engendrado en su seno por un padre asesino.

Cuando el infante desapareció a los ojos de Antar, volvió este a la celdilla; la reina agonizaba ya, y el montañés aproximó a sus labios el crucifijo que pendía de la pared.

Incorporose un tanto Munia, y tomó las manos del anciano.

—¡Dios te bendiga... Antar... por el bien que... me has hecho!... —dijo con voz agonizante.

Luego imprimió sus labios en los pies del crucificado, y cayó exánime sobre la tarima, exhalando su último suspiro.

El montañés cerró piadosamente sus ojos: la cubrió con su manto blanco, y se arrodilló para besar sus plantas.

En seguida salió de la celda y agitó la campana que convocaba a los pastores, que no tardaron en llegar.

—¡Rogad, hermanos, por un alma que Dios acaba de llamar a sí! —dijo de súbito una voz en medio de ellos.

Un ardiente y fervoroso rezo se elevó de todos los ángulos de la iglesia, y sus ecos acompañaron a la morada celeste al alma santa de la reina mártir.

—Ahora —murmuró Antar—, solo hay en el mundo dos esperanzas para mí... ¡La venganza... y la muerte después!...

Y subiendo de nuevo a la celdilla, se arrodilló junto al cadáver de Munia, a cuyo lado pasó orando toda la noche.