XII

EL VENGADOR

A la hora misma en que la reina Munia exhalaba el último aliento, un hombre se apeaba de un brioso corcel a la puerta del castillo real de Cangas, y pedía que le permitiesen ver al rey don Fruela, que hacía un mes había fijado su residencia en este punto, acosado, según se afirmaba, de los remordimientos que le devoraban en Pravia, su corte, desde la muerte del rey su padre.

En efecto, no obstante el carácter fiero de don Fruela, era creíble este aserto, porque el castillo real de Pravia había sido testigo de dos muertes: la del infante Bimarano, asesinado a puñaladas por el mismo monarca, y la de la reina Munia, muerta de dolor por tan horroroso crimen.

Nadie, empero, sabía la dura penitencia con que por espacio de un mes aniquiló su vida aquella generosa reina, porque de su existencia, durante aquel corto plazo, solo el fiel Antar tenía noticia: su hijo la había visto en la agonía, pero el niño no había tenido tiempo de revelar este secreto, que, por otra parte, jamás salió de su corazón.

Los remordimientos que se atribuían a Fruela no debían ser, sin embargo, muy intensos, puesto que había llevado al castillo de su noble padre y de su santa madre a la mujer causa de todos sus crímenes.

Sancha de Ribadeo vivía con él, gozosa de que el destino, al arrebatar la vida a la reina, le hubiera ahorrado el crimen de quitársela por su propia mano, como lo hubiera hecho sin vacilar.

La bella condesa de Ribadeo era completamente feliz: amaba a Fruela, como las mujeres de su temple aman al hombre que las vence en crueldad y fiereza. Para esta clase de mujeres no hay más que una alternativa, dominar o ser dominadas; avasallar al hombre a quien se entregan o ser el can humilde que lame la mano que le castiga; insaciables en su amor, en su ambición, en todas sus pasiones, son reinas o esclavas, y jamás han tenido atractivo para ellas la dulce intimidad, la recíproca tolerancia de los corazones tiernos, del mismo modo que no tiene entrada en su corazón ninguna pasión noble y generosa.

A Sancha, pues, le había tocado la suerte de ser esclava: amaba al rey con todo el poder de su corazón de fuego y de su voluptuosa organización; le adoraba por su hermosura, por su valentía, por su fiereza; y aquella leona, indomable hasta entonces, se convirtió de súbito en un humilde corderillo desde que encontró a un tigre que le superaba en fuerza y en crueldad.

Cuando el caballero de que hemos hablado se apeó en la puerta del castillo real, una nube de escuderos y hombres de armas acudió a tomar las bridas del caballo, mientras uno de ellos corrió a avisar al rey de su llegada, trayendo después orden de conducirlo en seguida a su presencia.

El caballero se dirigió inmediatamente a la cámara real, a cuya puerta esperaba ya don Fruela.

—Bienvenido, Aurelio —dijo dándole su mano para que la besara.

Mas el infante, lejos de tomar aquella mano, retrocedió dos pasos, y en sus negros ojos brilló un sombrío resplandor.

—Vengo —dijo dominándose—, vengo, señor, a que me des hospitalidad por esta noche en tu castillo.

—Preparad una habitación para el infante —dijo el rey en alta voz dirigiéndose a sus condes.

Y luego, volviéndose a él, añadió:

—¿Dónde has estado que nada he sabido de ti? ¿Cómo vienes tan flaco y pálido?

En efecto, Aurelio parecía su sombra: el dolor que devoraba su corazón, desde la muerte de la única mujer a quien había amado y de su hermano querido, había tornado huraños y feroces sus ojos y amarga su sonrisa: una lívida palidez cubría sus facciones, y sus cabellos, tan hermosos en otro tiempo, estaban enmarañados y cubiertos de polvo.

—He estado recorriendo toda la Galicia para descansar de las fatigas de la guerra, señor —contestó con sordo acento—, y ahora vengo de Pravia, porque quería ver a mi hermana.

—¡Ah, vienes de Pravia! —exclamó el rey, cuyo corazón de padre saltó al recuerdo de sus hijos—. ¿Has visto a los infantes y a Adosinda?

—Acabo de verlos.

—¿Y mis hijos?... ¿se acuerdan de mí?

—Don Alfonso está peligrosamente enfermo; en cuanto a doña Jimena...

—¡Mi hijo enfermo! —exclamó don Fruela cortando la palabra a Aurelio, porque, no teniendo en su corazón otro sentimiento puro que el amor a sus hijos, se acogía a él con afán—. ¡Enfermo!... ¿Desde cuándo?...

—Desde hace muchos días.

—¡Un caballo, pronto! —gritó don Fruela que, al oír aquella nueva, se olvidó hasta de la condesa.

Un escudero le presentó un soberbio alazán, y el rey, montando presuroso, partió sin pensar siquiera en mandar a sus soldados que le siguiesen.

—¡Aurelio! —gritó el rey, que desde que había manchado sus manos en sangre, no había vuelto a pronunciar la palabra hermano—. ¡Aurelio, di a la condesa la causa de mi partida!

Y desapareció como un relámpago.

Entonces los escuderos iban a aprestarse para seguir a don Fruela, mas una voz del infante los detuvo, enclavándolos en sus sitios.

—¡Dejad solo al rey! —gritó con imperioso acento—. Siguiéndole os exponéis a su enojo.

Los soldados permanecieron inmóviles, y el infante se dirigió con precipitado paso a la cámara de la condesa.

La noche había cerrado clara, serena y estrellada: las ojivales ventanas, abiertas de par en par, daban libre entrada a los rayos de la luna, que amortiguaban la rojiza luz de las teas con que estaba alumbrado el aposento de Sancha.

La hermana del conde de Cangas, vestida de una amplia túnica de lino blanco y fino como la seda, estaba dormida; su cabellera, recogida en gruesas y apretadas trenzas, caía fuera del lecho, descansando sobre el pavimento; y su brazo derecho, desnudo y torneado, colgaba también abandonado sin que la postura alterase su marmórea blancura.

La pasión había hecho palidecer más todavía la blanca tez de la condesa: al verla se dudaba si corría sangre por sus anchas y azuladas venas, visibles, sobre todo, en su redonda y voluptuosa garganta: sus grandes ojos, guarnecidos de negra seda, estaban rodeados de un círculo oscuro que los hacía más hermosos.

Servíale de almohada su brazo izquierdo, y sus desnudos pies, blancos como el mármol de Paros, se cruzaban como los de una estatua dormida en una tumba.

Al ruido de los pasos del infante, entreabrió los ojos y los volvió a cerrar dulcemente sin haberle visto siquiera y creyendo que era el rey la persona que acababa de entrar.

Mas Aurelio la movió rudamente obligándola a que despertase.

—¡Qué es esto! —exclamó sentándose en el lecho y mirándole con furiosos ojos—. ¿Quién eres? ¿Qué intentas?

—¿No me conoces? —dijo el infante aproximándose más a ella.

—¡El infante! —murmuró la condesa temblando instintivamente.

—¡Sí, el infante vengador del que murió por ti, ramera infame! —guturó Aurelio, ronco de furor—. ¡El hombre a quien has arrebatado un hermano querido y la mujer en quien adoraba!...

—¡Yo no maté a la reina! —murmuró la condesa yerta de terror y adivinando quién era la mujer de cuya muerte la acusaba Aurelio.

—¡Tú la has muerto, haciendo asesino a su esposo! Pero —continuó el infante arrastrando fuera del lecho a la condesa—, pero ha sonado la hora de mi venganza, y si tú, por ser una débil mujer, te libras de ella, ¡has de presenciarla al menos!...

—¡Socorro! —quiso gritar la condesa; mas su voz fue ahogada por la diestra vengadora del infante.

—¡Calla, o mueres! —dijo blandiendo un puñal sobre su cabeza.

Y buscando una puertecilla oculta en los tapices, que encontró enseguida, salió por ella, llevándose a la aterrada joven.

Al final de una larga escalera, se hallaron en la campiña: entonces apresuró el paso Aurelio, arrastrando con mano fuerte a la condesa, cuyos pies destrozaban las piedras del camino.

Cualquiera que, en el silencio de aquella hermosa noche, hubiera visto a la luz de la luna correr a Aurelio, cubierto de relumbrante acero, y llevando por la mano a la blanca y pálida figura de la condesa, hubiera creído ver a Satanás que se llevaba a sus dominios a una alma condenada.