XIII
QUIEN A HIERRO MATA, A HIERRO MUERE
Durante una hora corrieron sin descanso la condesa y el infante; la desgraciada había perdido la voz y las fuerzas; ni un acento se escapaba de sus labios, ni una lágrima de sus ojos; cada instante más pálida, seguía corriendo, sin embargo, obedeciendo maquinalmente a aquella mano de hierro que la conducía, fuerte como la fatalidad, e implacable como el destino.
De súbito llegó a sus oídos, como los ecos de un sueño, el rumor de muchas voces, y luego todos aquellos acentos fueron dominados por uno solo, que la arrancó de su estupor: aquella voz poderosa resonó en su corazón, porque era la del rey.
—¡Villanos! —decía—, ¿conque os empeñáis en detenerme? ¡Viven los cielos que habéis de pagar cara tan infame traición!
—¡No tendrás tiempo para castigarla, execrable verdugo! —gritó el infante precipitándose con la condesa en un espeso bosque rodeado de soldados, y en el cual se encontraba don Fruela, desmontado ya y guardado por seis feroces montañeses que le amenazaban con los arcos preparados.
—¡Sancha! —exclamó el rey precipitándose hacia la condesa y olvidando a su vista todo lo demás.
—¡Sí! ¡Sancha, que viene a presenciar tu muerte, porque su mayor castigo será verte expirar a sus pies!
Al decir estas palabras, desenvainó el infante su puñal, y se arrojó sobre el rey. Sancha dio un grito penetrante y quiso cubrir a don Fruela con su cuerpo, mas este, empuñando su espada, la rechazó con fuerza.
—¡Fuera ese acero! —gritó el infante desarmando a su hermano con un vigoroso quite—: ¡el que asesina con puñal, a puñal debe morir!
Y antes de que Fruela pudiera desenvainar el suyo, le hundió el cuchillo en el pecho.[3]
[3] Este hecho es histórico y tan verídico como el asesinato del infante Bimarano por su hermano el rey Fruela I.
El rey cayó al suelo, lanzando un doloroso gemido; y Aurelio, menos cruel que lo había sido Fruela con el infeliz Bimarano, arrojó a lo lejos su puñal ensangrentado, no teniendo fortaleza bastante para herirle de nuevo.
Pero la herida era mortal: el acero fraticida había penetrado hasta el corazón del rey.
El infante, pálido y aterrado, fijó sus ojos extraviados en el cuerpo de su hermano, que yacía tendido a sus pies casi sin vida; vio a Sancha precipitarse sobre el rey, y oyó, aunque confusamente, los hondos y secos sollozos que desgarraban el pecho de aquella desgraciada.
—¡La sombra de Bimarano... me llama!... ¡Adiós, Sancha mía!... —murmuró el rey pasando su brazo en derredor del talle de la condesa—. ¡Aurelio!... ¡te perdono!... ¡Munia!... ¡Bimarano!... ¡perdonadme... vosotros... a mí!... ¡Piedad... para mis... hijos!
Y el rey de Asturias y de Galicia rindió el último aliento.
La condesa de Ribadeo sintió que el corazón que tenía bajo su mano dejaba de latir; acercó su boca a la boca entreabierta del rey, y no percibió ni el hálito más leve; entonces se puso en pie, rígida, desesperada, fatídica, delirante; lanzó un grito salvaje, y huyó perdiéndose entre la espesura del bosque.
Entretanto, los soldados acampados allí formaron un ancho círculo, dejando en medio a los condes y nobles del reino, convocados de antemano en aquel punto; el infante había empleado el tiempo que medió desde la muerte de Bimarano y de Munia en ganar para sí a los soldados y la nobleza, sublevándolos contra su hermano el tirano y asesino Fruela.
Poco trabajo le costara realizar su intento, porque nobles y pecheros lloraban sus honras holladas por el rey, oprobio de la dinastía de Pelayo, y para el cual no hubo jamás segura hacienda ni mujer, como aquella fuese rica y esta hermosa.
En tanto que la condesa corría desatinada por el bosque, sin que nadie se cuidase de contener su desesperación, dos nobles desnudaron a Fruela de su manto real y desciñeron la corona de su yerta frente, poniéndola en las sienes de Aurelio que, sombrío e inmóvil, se dejó envolver también en el manto; luego le colocaron sobre un arnés y alzándolo en hombros cuatro condes y tremolando los demás sus pendones, tomaron el camino de Cangas seguidos de todos los soldados.
Los mensajeros, que precedían a la comitiva, habían andado de prisa porque la ciudad estaba iluminada y las calles llenas de gente; el cortejo, a cuya cabeza iba Aurelio en hombros de sus condes, la atravesó con los pendones desplegados entre los gritos de la multitud, que aclamaba frenética al nuevo rey.
Al llegar al castillo real, los nobles agitaron los pendones y uno de ellos gritó con voz fuerte y sonora:
—¡Asturias! ¡Asturias! ¡Asturias por el rey don Aurelio!
—¡Asturias por el rey don Aurelio! —contestó la muchedumbre en un inmenso grito de júbilo.
Y el nuevo rey olvidó con la algazara el espanto de su crimen, y con los ojos radiantes de alegría saltó del arnés y entró en el real castillo seguido de sus condes y soldados.