I
LA VELADA DE SAN JUAN
Serena y bella era la noche del 24 de junio de 1629. La alameda, que aún hoy se extiende a orillas del tranquilo Manzanares, era entonces más frondosa y se llamaba Alameda del río: en las noches de verano, allí era donde tenían lugar las citas misteriosas de los galantes caballeros de la corte de Felipe IV con las bellas tapadas, aunque en verdad no se concebía el motivo de tal secreto, atendida la libertad de las costumbres de la corte.
En la noche de que voy hablando, la concurrencia era mucho más numerosa aún que de costumbre; la alameda, iluminada por multitud de farolillos de colores, presentaba el aspecto más alegre y animado por los gritos de los vendedores de rosquillas, panales y aloja; veíanse aquí y allá tiendas formadas en la enramada, en cuyo fondo cenaban amantes parejas o alegres amigos, entre los cuales no faltaba algún poeta de los muchos que florecieron durante el reinado de Felipe IV.
La alameda estaba poblada de gentes de ambos sexos: al pasar las damas por delante de las luces de los faroles, lucían, a despecho del misterioso y engañador manto que las cubría, los brocados de sus trajes, las joyas que adornaban sus cabellos y la hermosura de sus negros y rasgados ojos.
Oíanse por todas partes palabras perdidas, suspiros de amor o advertencias recatadas, formando todo tan extraño rumor que en vano uno de los muchos observadores recelosos que se hallaban allí hubiera querido analizarlo.
—Junto al álamo grande señalado con una cruz —decía una dama que pasaba, apoyada en el brazo de otra, al oído de un caballero que permanecía parado e inmóvil como quien espera algo.
—¡Mi marido está aquí! —murmuraba otra volviéndose al galán que la seguía.
—¡Cuánto te amo, Leonor mía! —suspiraba un apuesto marqués pegando su boca al manto de la rubia y encubierta duquesa que se apoyaba en su brazo con provocativo abandono.
Y palabras, suspiros y recatados avisos iban a perderse entre las auras perfumadas de aquella hermosa noche de estío.
En una de las tiendas iluminadas por farolillos y formada de verdes ramas, cenaban dos hombres. Aquella parte era la más animada y concurrida de la alameda: una de las muchas músicas con que los galantes caballeros obsequiaban a sus damas enviaba al fondo de la tienda sus armoniosos ecos, y las carcajadas y las risas penetraban allí también como si quisieran alegrar a aquellos dos hombres, cuyo continente, si bien no adolecía de melancólico, era extrañamente grave.
La mesa estaba servida con todo el lujo peculiar de una romería, y brillantemente iluminada; los manjares que la cubrían eran sabrosos y abundantes. El de más edad de los dos caballeros aparentaba treinta y ocho años: era alto y de formas abultadas; sus cabellos, de un rubio oscuro, bajaban formando ondas alrededor de su cara hasta tocar sus hombros; sus ojos azules, rasgados y expresivos, veíanse veteados de negro, dándoles esta circunstancia un seductor matiz.
Llevaba una riquísima ropilla de terciopelo azul bordada de oro; una capilla de terciopelo granate, y su sombrero, adornado de una hermosa pluma blanca, estaba colgado a su espalda.
Aquel caballero era don Juan Hurtado de Mendoza, duque del Infantado y mayordomo mayor de S. M. el rey Felipe IV.
El que se veía sentado enfrente de él aparentaba unos treinta años; era de estatura mediana y llena de gallardía; su tez morena, sus negros y brillantes ojos, sus cabellos de azabache lustrosos y rizados le daban a conocer por un hijo del mediodía de España; era su boca de una admirable hermosura, que realzaba el negro y retorcido mostacho; su nariz, recta e intachable, y en su ancha frente se veía radiar un genio sublime.
Su traje era mucho más modesto que el de su compañero: reducíase a una ropilla de terciopelo violado sin adornos, aunque cerrada por unos preciosos herretes de diamantes; caían sobre su cuello de batista lisa los luengos y espesos rizos de sus negros cabellos, cuya densa sombra contrastaba con la azulada blancura de aquel.
La nobleza de su sangre se advertía claramente en sus afiladas y nerviosas manos, y en sus pies de una pequeñez y delicadeza infinitas.
Llamábase don Diego Velázquez de Silva, y era pintor de cámara y gentilhombre de la majestad de Felipe IV.
En el momento que presento a estos dos personajes a mis lectores, ambos parecían casi hastiados ya de comer; a lo menos, sus platos medio llenos atestiguaban que habían satisfecho cumplidamente su apetito.
—Veo que la expresión de mi admiración sincera os molesta, amigo don Diego, y que os son enojosos mis elogios —decía el duque a Velázquez al mismo tiempo que un gallardo caballero, pasando junto a la tienda en que se encontraban ambos, echaba a su fondo una mirada indagadora.
—No lo creáis, señor don Juan —contestó el artista con aquella dulce cortesía llena de dignidad que tan querido le hizo siempre de toda la grandeza—, no lo creáis por vuestra vida: vuestros elogios me son más caros que otros, porque me tenéis dadas pruebas verdaderas de ser muy mi amigo.
—¡Oh!, y como que lo soy, Velázquez —exclamó el duque, cuya bella y noble fisonomía se animó de una expresión de orgulloso cariño.
—Lo sé, señor don Juan; por lo mismo aceptaré vuestros elogios si juzgáis que los merezco, después que os haya dicho de dónde bebía yo antes la inspiración para mis cuadros.
—¿Cómo antes? —exclamó asombrado el duque—. ¿Pues qué, Velázquez, carecéis ahora de inspiración en la época de vuestros trabajos más admirables?
—¡Oh, no! —exclamó el pintor con ardimiento—, ¡no! Por el contrario, ahora bebo mi inspiración en otro manantial más puro.
—¡Por Dios que no os comprendo! Vos habéis nacido pintor, como Quevedo poeta.
—No lo creáis. Nadie nace pintor, poeta, ni músico: lo más que nos acompaña, al nacer, es cierta predisposición o facilidad, más o menos grande, para esta o aquella otra cosa, facilidad que desarrolla en nosotros una pasión más o menos noble también.
—¿Qué es lo que ha desarrollado en vos vuestro sublime genio?
—Aun concediéndoos, señor don Juan, que yo naciese con genio, fue este tan raquítico y menguado en su nacimiento que tuve que apelar a la imitación para desarrollarle.
—¿Vos?
—Yo, sí; y contad con que ni a mi padre, Juan Rodríguez de Silva,[12] ni a mi maestro y suegro, don Francisco Pacheco, he hecho nunca la confesión que hoy hago a vuestra amistad.
[12] Velázquez usó siempre con preferencia el apellido de su madre doña Jerónima Velázquez, por efecto de un uso introducido en Andalucía.
El duque se inclinó del mismo modo que lo hubiera hecho al recibir una merced de un príncipe real.
—He inquirido —continuó Velázquez— en Alberto Durero la simetría del cuerpo humano; en Andrés Bexalio, la anatomía; en Juan Bautista Porta, la fisonomía; la perspectiva, en Daniel Barbar; la geometría, en Euclides; la aritmética, en Moya; la arquitectura, en Vitruvio y otros autores; examiné la nobleza de la pintura en Romano Alberti; la brevedad y presteza la aprendí en Micael Angelo Vedrido; el Vasari me ha animado con las vidas de los pintores ilustres, y el Riposo de Rafael Borghini, me ha enseñado erudición.[13]
[13] Palomino, Biografía de Velázquez.
—Eso no quiere decir otra cosa sino que habéis estudiado mucho, y con mucha constancia, don Diego —dijo el duque pagando con un afectuoso apretón de manos la noble y amistosa franqueza del artista.
—En efecto, señor don Juan —contestó este—; el estudio es lo que desarrolla el talento, pero no anima ni acrece esa chispa que se llama genio, con la cual Dios dota a muchas criaturas: por eso yo, no obstante mis largos y asiduos estudios, he pintado hasta hace un año mi bodegón y mi aguador, que en tanta estima tiene la corte; por eso me di a pintar cosas rústicas, a lo valentón, con luces y colores extraños.
—Yo creí que habíais tomado ese rumbo conociendo que os imitaban ya el Ticiano, Alberto Rafael y otros.
—Y no os equivocáis; esa fue una de las razones porque me abstuve de pintar con suavidad asuntos más serios, pues aunque mis amigos me decían que podría emular a Rafael de Urbino, más quería yo ser primero en aquella grosería, que segundo en la delicadeza; la otra razón, y más poderosa, era que, careciendo aún de genio, porque ninguna pasión había venido a animarle, me era sumamente dificultoso pintar otra cosa.
El caballero que después de mirar al fondo de la tienda se había alejado, volvía entonces, y tornó a pararse cerca de ella, medio oculto entre el ramaje.
—¿Cómo, pues, habéis pintado con tanta perfección y maestría hace dos meses ese sublime cuadro de la coronación de la Virgen?
—¡Oh, porque ya había aparecido mi genio! —contestó el artista elevando a la bóveda celeste tachonada de estrellas una mirada de inefable y ardorosa gratitud.