II

AMOR DE ARTISTA

El caballero que acechaba aplicó el oído con ávida atención al escuchar la exclamación de Velázquez; este guardó silencio durante algunos instantes: a la sublime expresión de su semblante había sustituido otra de tristeza profunda y amargo desaliento.

El duque tomó cariñosamente una de sus manos, y le contempló por algún tiempo con afectuoso interés.

—Vos tenéis alguna pena, don Diego —le dijo después de esperar en vano por un momento a que el pintor rompiese el silencio—. ¿No soy —añadió— bastante amigo vuestro para que me la confiéis?

—¡Ah, sí, señor don Juan! —contestó el artista volviendo de su distracción y estrechando la mano que tenía asida la suya—; yo os diré de dónde nace mi pesar.

—Presumo que será causado por el amor —dijo sonriéndose el duque.

—Y presumís harto bien —contestó Velázquez lanzando un suspiro, como quien siente aliviado su corazón de un peso enorme.

—¿Y qué dice de esto mi señora doña Juana Pacheco, vuestra noble esposa?

—¡Juana nada sabe! —murmuró el artista con acento melancólico y quedando de nuevo profundamente caviloso—. Escuchadme, señor duque —continuó tras una leve pausa—: voy a confiar a vuestra lealtad el secreto más importante de mi vida, y bastan estas palabras para que vuestra hidalguía conozca lo que me importa.

Inclinose levemente don Juan Hurtado de Mendoza en señal de conformidad, y el pintor de cámara habló así, mientras que el caballero que rondaba la tienda escuchaba con la mayor atención, recatándose el semblante todo lo posible con el ala de su sombrero.

—Cuando salí de la corte, a donde apenas hacía un año que había llegado con objeto de viajar, quedaron en Sevilla mi esposa y mi hija, y recorrí la Italia, la Alemania y Flandes, dejando este país para lo último, porque quería conocer y tratar algún tiempo al rey de la pintura, al célebre Pedro Pablo Rubens, por quien sentía una especie de apasionada admiración.

»No pude, empero, lograr mi deseo. Rubens se hallaba en Inglaterra, pues, tan hábil diplomático como pintor, estaba encargado por la infanta gobernadora de Flandes de negociaciones de paz.

»Al ver fallida mi esperanza, determiné salir pronto de Amberes, pero quise antes ver la ciudad con alguna detención; entonces estaba devorado por tan negra melancolía que en nada encontraba solaz; faltábame a veces la inspiración, que solo me asistía para pintar escenas vulgares y groseras; ninguna imagen de belleza se había grabado en mi alma, que lloraba como una esclava encerrada en una oscura cárcel: casado en la aurora de mi vida con Juana Pacheco, a la que siempre había amado como a una hermana, ninguna pasión había llegado a animar mi corazón.

»Una mañana que daba vueltas al acaso por la ciudad, me encontré sin saber cómo en una calle en extremo solitaria, y terminada por algunos árboles: era una de las salidas de la población.

»Admirado del aislamiento del sitio, y complacido al mismo tiempo de él, me senté al pie de un álamo, y me entregué a una de esas vagas meditaciones inspiradas por la soledad, y que ningún fin tienen.

»Yo no sé cuánto tiempo permanecí allí: cuando levanté la cabeza, vi enfrente de mí una pequeña casa, en cuya fachada se abrían cuatro ventanas; en la más inmediata a mí estaba apoyada una joven, a la cual creí una aparición celeste.

—¿Tan bella era? —preguntó Hurtado de Mendoza con benévola sonrisa.

—Tan bella, que jamás he visto nada que se le parezca: fingíos, señor don Juan, un semblante de quince años, blanco como el alabastro e iluminado por dos ojos azules tan rasgados y hermosos como solo los poseen las flamencas; fingíos una cabellera dorada y sedosa, una boca de ángel, una frente virginal, unas manecitas nevadas y unos pies infantiles, y tendréis una idea aproximada de aquella hermosa niña.

—¿Y os la habéis dejado allí? —exclamó extrañado el duque.

—Perdonadme que no os conteste por ahora a esta pregunta, y que prosiga mi historia —dijo Velázquez con mal seguro acento; luego continuó:

—Durante largo rato permanecí contemplando a aquella angélica criatura, sin que ella separase de mí sus grandes e inocentes ojos, y solo tomé el camino de mi casa cuando la luz de la tarde fue tan débil que ya no podía distinguirla.

»—Adiós —me dijo entonces la desconocida con dulcísima voz, y como si yo fuera un amigo antiguo.

»—Adiós —contesté yo—, hasta mañana —y me alejé lentamente.

»No bien la aurora del siguiente día iluminó el cielo, fui a situarme enfrente de las ventanas de mi ángel, que tardó algún tiempo en llegar.

»—Yo no creí que vendrías tan pronto —me dijo sin embarazo ni rubor—; no he dormido en toda la noche pensando en ti, y a la aurora me rindió el sueño: perdóname.

»—¿Cómo te llamas, hermosa niña? —le pregunté pasmado de tal candor y sencillez.

»—Ana.

»—¿Tienes padres?

»—No. Solo me acompaña una anciana dueña llamada Tadea; nunca he visto a mis padres, y solo conozco a ella y a ti.

»Nuestra entrevista duró largo rato: nadie vino a interrumpirnos ni acudiendo a vigilar por aquella inocente, ni cruzando por aquella solitaria calle.

»Ana me dijo que a veces se pasaban meses sin que alma viviente transitase por allí, y que por eso había sido tan viva su admiración al verme.

»Díjome también que no salía nunca de casa, porque un anciano sacerdote iba a decir misa todos los días a su oratorio; que su dueña recibía para ambas la comida de un mesón por una rejilla practicada en la puerta, y que nadie iba a verlas jamás.

»Despedime por fin. Durante quince días nuestras entrevistas se repitieron, y muy en breve conocí que aquella niña era tan necesaria a mi vida como el aire que respiraba. Bajo la influencia de mi amor, diseñé el cuadro de la coronación que tanto habéis celebrado, y entonces fue cuando advertí que había encontrado la inspiración que antes huía de mí.

»Pero no seguí el ejemplo de Rafael de Urbino retratando a mi Ana en todas las mujeres de mis cuadros, como él hacía con la Fornarina, y a la verdad que hubiera podido hacerlo con más ventaja que él: sus celebradas vírgenes son, por decirlo así, otras tantas profanaciones de la purísima madre de Dios, puesto que todas ellas son retratos de la desenvuelta cuanto bella panadera romana; mientras que, copiando yo la angelical figura de Ana, no hacía ultraje alguno a María, puesto que la pureza de aquella joven era un reflejo de la suya.

»Yo nací, sin embargo, con un extraño instinto de independencia, y soy original hasta en mis ideas: por eso, pues, si bien tomé del semblante de Ana la belleza y la candorosa expresión que le distinguen para mi virgen coronada, di al semblante de la madre de Dios un tinte dorado que contrasta con la tez de nieve de aquella; coroné la frente de María de la copiosa y ondulante cabellera de mi amada, pero lejos de darle el dorado matiz de los rizos de Ana, la vestí de oscura sombra, y de esta suerte he respetado también la belleza de la Reina del cielo, no haciéndola copia de la de una de sus criaturas.

—¡Ah, Velázquez! tenéis razón —exclamó el duque estrechando conmovido la mano del artista—: ¡vos sois noble hasta en vuestros pensamientos!

—Llegó el día de mi partida —continuó Velázquez—; el rey Felipe IV me llamaba a Madrid, ofreciéndome aposento en su propio palacio, y un estudio en la galería del mismo llamada del Cierzo; yo no podía permanecer ni un día más en Amberes, y con el corazón prensado de dolor fui a despedirme de Ana.

»Ella me oyó sin pestañear: cuando hube acabado, me dijo tranquilamente:

»—Llévame contigo, Diego.

»Ante aquella petición, un mundo de alegría se abrió ante mis ojos.

»—¿Me seguirías? —le pregunté ebrio de gozo.

»—¿Por qué no? —me contestó—: yo no tengo quien me ame en el mundo más que tú.

»—Esta noche a las doce vendré a buscarte, Ana mía —exclamé preparándome a dejarla.

»—Pues toma esos papeles —dijo ella sacando del pecho un pequeño paquete—. Hace tres años vino a verme por primera y última vez una dama envuelta en un manto de terciopelo, y los puso en mis manos diciéndome: «Ana, entrega estos papeles al primer hombre que te diga que te ama.» Abrazome en seguida, y desapareció.

»—¿Sin decirte su nombre?

»—Nada más le oí que lo que te he repetido.

»—Hasta la noche, pues, Ana —le dije tomando pensativo los papeles.

»—Hasta la noche —repitió ella.

»No bien llegué a mi casa, rompí el nema, que tenía impresa una corona de conde, y aparecieron a mis ojos dos pliegos pequeños de papel vitela, perfumado y rico, y enteramente llenos de una letra clara y menuda: entre sus dobleces había una larga trenza de cabellos rubios, que despedían un penetrante aroma, y cuyo matiz era igual al de los rizos de Ana.

»Puse en la mesa con religioso cuidado la hermosa trenza, y leí el papel, de cuyo contenido voy a enteraros si me dais vuestra licencia.

El duque aproximó su silla a la de Velázquez como preparándose a escuchar, y este sacó un pliego y empezó a leer lo que sigue.