II
EL PAJE DE LA REINA
Al dejar Fernando la cámara de la reina, se dirigió a las habitaciones de don Enrique; reinaba allí el más completo desorden, porque era la hora de partir: en la antecámara muchos nobles, armados completamente, esperaban conversando a que saliese el rey, y entretanto los pajes y escuderos entraban, salían y cruzaban en todas direcciones.
Fernando entró, procurando no ser visto, pero no pudo ocultarse a las miradas de un grupo de cortesanos que hablaban cerca de la puerta.
—¡Hola, el hermoso paje! —dijo uno haciendo una seña significativa al que tenía más cerca.
—¡El favorito de la reina! —contestó otro con maliciosa sonrisa.
—¡El niño mimado! —añadió un tercero.
—Este será el sucesor de don Beltrán en el corazón de doña Juana —dijo a su vez un joven y elegante obispo—; pero —añadió—, confesad, señores, que es una hermosa criatura: miradle ruborizarse como una doncella porque le miramos...
Y todos se echaron a reír.
En aquel momento, y haciéndose superior a su emoción, se acercó el paje llevando en la mano su gorra, cuya larga pluma blanca besaba la alfombra.
—¿Podríais decirme, señores —dijo con suave y argentina voz—, dónde se halla don Beltrán, a quien no veo por aquí?
Todas las risas cesaron.
Había en aquel acento tanta dulzura, y al mismo tiempo tanta melancolía y respeto, que no pudo menos de conmover a los satíricos cortesanos.
—Creo que estará con el rey, amiguito —contestó el obispo de Cuenca, que era el hermoso joven y el mismo que notó el rubor del pajecillo.
—Vedle allí que sale con S. A. —dijo otro caballero señalando la puerta de la cámara de don Enrique, en cuyo umbral aparecía este conversando con el conde de Ledesma.
El paje se inclinó profundamente, y se dirigió a ellos deteniéndose a una distancia respetuosa.
Enrique IV salía para montar a caballo y marchar inmediatamente; al ver al paje se detuvo, y los cortesanos se volvieron para contemplar una escena que adivinaban sería muy curiosa.
Había, en efecto, razones para creerlo así: el pajecillo era aborrecido en la corte, aunque apenas conocido en ella, por el solo motivo de amarle la reina y don Beltrán; es cierto que cuando alguna vez aparecía, su encanto irresistible, su candidez y hermosura, subyugaban a todos; mas el pobre niño, que se conocía harto débil para vivir entre tantas maldades e intrigas, pasaba su vida a los pies de doña Juana, y evitaba cuanto podía darse a ver: así pues, aunque llevaba cuatro meses de estancia en la corte, había en ella muchas personas que no le conocían aún, y de este número era el rey.
—¿Qué quieres, niño? —dijo este mirando al pajecillo, en tanto que el conde de Ledesma le contemplaba también como arrobado.
—Señor —contestó doblando en tierra una rodilla—, solo besar la mano de V. A. antes de su partida.
—¿Quién eres?
—El paje de S. A. la reina.
—¡Ah... ah! —exclamó el rey—. ¿Conque tú eres ese precioso niño que tanto llama la curiosidad de todos? —Y tomando la mano de Fernando, le hizo levantar y se aproximó con él a una de las lámparas que iluminaban el salón.
—¡Oh, qué hermoso es, conde, qué hermoso! —exclamó el rey después de haberle contemplado breve rato—: ¡jamás he visto criatura más bella! —Y don Enrique clavó de nuevo sus ojos en el semblante del paje.
—¿Qué edad tienes? —preguntó sin soltar la mano del niño.
—Dieciséis años, señor.
El semblante de don Beltrán retrataba una angustia dolorosa, y sus negros ojos estaban fijos en el paje con una indescriptible expresión de dolor y de ansiedad.
—Dime, ¿te hallas bien al lado de la reina? —preguntó don Enrique al pajecillo—: porque si no, te vendrías conmigo, y haría un magnífico presente a Guiomar —concluyó acercándose al oído de don Beltrán.
Palideció el conde, y una nube pasó por delante de su vista; pero haciendo un violento esfuerzo, dijo al rey con serena sonrisa:
—Advertíd, señor, que es extremada la beldad de este joven.
—¿Cómo te llamas? —tornó a interrogar el rey.
—Fernando, señor —contestó el niño con los ojos fijos en el semblante del conde.
—De Acuña —añadió don Beltrán—: es descendiente de los valientes aragoneses de este nombre.
—Adiós, hijo mío —dijo el rey—. A mi vuelta de Toledo, ven a verme inmediatamente y pídeme lo que desees, que te doy mi palabra de otorgártelo —y alargó su mano a Fernando, que la llevó a sus labios.
El rey echó a andar, y don Beltrán iba a seguirle, mas el niño le detuvo por el brazo.
—Tomad este papel que me ha dado la reina para vos, señor conde —le dijo en voz baja y precipitada—: y os ruego, en nombre de vuestro amor —añadió clavando en los negros ojos de don Beltrán sus ojos azules—, os ruego que detengáis por hoy la marcha del rey.
—¡Eso es imposible! —exclamó el favorito aterrado—. El rey baja ya la escalera para montar a caballo.
—Pues corred a detenerle, por Dios santo, Beltrán —repuso el paje tomando entre las suyas una mano del conde—: no es ya por vuestro amor por el que os lo suplico... —añadió con infinita dulzura—, ¡es por el mío!...
Aquellas palabras parecieron obrar una súbita reacción en el conde de Ledesma, que estrechó entre las suyas las manos del pajecillo y salió precipitadamente en pos del rey, a quien alcanzó al fin de la escalera.
—Señor —le dijo—, acaba de hablarme un paje de doña Guiomar: ha venido a decirme de su parte que se halla indispuesta y desea veros ahora mismo.
—Di que voy al instante, y prepárate para acompañarme —contestó el rey, cuyo semblante se alteró al oír aquella nueva—; señores —prosiguió volviéndose a los cortesanos—: suspendemos nuestra marcha indefinidamente; con tiempo daremos nuestras órdenes.
Y apoyándose en el brazo de don Beltrán, entró en sus habitaciones, de las que poco después salió por una puerta secreta, envuelto en una larga capa negra y acompañado del favorito.