III

LA CORTE DE ENRIQUE IV

Al oír los cortesanos las palabras del rey: señores, suspendemos nuestra marcha indefinidamente, quedaron mirándose unos a otros; muchos de ellos eran más enemigos de Enrique que los mismos conjurados, y solo esperaban llegar a Toledo para unirse al partido de Villena; cruzábanse allí también odios y rencores personales, deseos de venganza y anhelo de combates, en que cada uno de ellos quería o exterminar a su enemigo, o a lo menos, alcanzar renombre y gloria.

Ni uno de ellos amaba sinceramente a Enrique IV. Pero, ¿cómo amar a aquel monarca antojadizo e inconsecuente? ¿Cómo amarle cuando anteponía un capricho suyo, por insignificante que fuese, a los sagrados intereses del reino? ¿Cómo amarle, en fin, siendo esposo infiel y padre desnaturalizado?

Aquellos hombres no eran tampoco afectos a la reina: aunque doña Juana era una noble joven, de corazón sensible y alma elevada, nadie reconocía en ella estas hermosas cualidades, de que descaradamente se burlaban en aquella época de disolución y escándalos. Pero, ¡cosa extraña!, lo que menos le perdonaban era su ardiente pasión por Beltrán de la Cueva; ellos, sumidos en toda clase de desórdenes, ellos, que cada día cambiaban de dama, culpaban aquel amor, criminal es verdad, pero excusable por el abandono en que Enrique IV dejaba a su joven y bella esposa.

Aquel rey, indigno de su estirpe, aquel hombre que corría de exceso en exceso, arrastrando por el lodo la áurea corona de Castilla, no merecía el amor de Juana; no había respetado en ella ni su orgullo de princesa, ni su dignidad de mujer. De continuo la pobre joven se había visto pospuesta a vasallas suyas, y no pocas veces a sus mismas camareras, que ocupaban su lugar en el corazón de su esposo; y su alma enérgica y altiva, bien que dotada de suma grandeza, se abrió al amor que le brindara don Beltrán y le amó también con todo su corazón.

No detestaban los nobles aquel lazo por lo que era en sí: la mayor parte de ellos eran incapaces de sentir una gran pasión, y, por consiguiente, ignoraban su valor; su irritación nacía de celos por la rápida elevación de don Beltrán, que de paje de lanza había llegado a obtener las mayores dignidades y los más altos honores, y, sin embargo, a ser posible que la reina se prendase de cualquiera de ellos, hubiera ofrecido a sus pies el preferido, no un verdadero amor, sino un bajo y degradante servilismo, con la esperanza de medrar.

Todos ellos acusaban de desleal la conducta del conde de Ledesma, y tal vez con razón: don Beltrán se había hecho dueño del corazón del rey, sirviéndole de tercero en todas sus intrigas amorosas y acompañándole en sus nocturnas expediciones; y don Enrique, agradecido a tan buenos oficios y enteramente subyugado por el encanto irresistible de su amigo, cerraba los ojos para no ver la intimidad de este con su esposa, aunque, para complemento de la murmuración, se aseguraba que estas relaciones hacían en realidad sufrir al rey quien, a pesar de su caprichoso carácter, amaba a doña Juana cuanto él podía amar.

Nada se habían cuidado la reina y don Beltrán de las hablillas de la corte: absortos en su amor, olvidaban el universo entero; pero hacía cuatro meses que el cielo de su dicha se hallaba cargado de negros nubarrones, y doña Juana lloraba sin consuelo un pesar que ocultaba a todos.

¡Pobre joven! ¿Cuál era la causa de su amarga aflicción? Ella buscaba con empeño la soledad. Ya no la alegraban el canto de los pajarillos, ni el radiante sol; la luz de sus ojos se apagaba lentamente, y sus labios perdían su purpúreo matiz: ¡fatales síntomas en una mujer enamorada! ¡Ellos dicen que fenecieron sus esperanzas de ventura!

Y era así: desde el día en que llegó a Segovia Fernando de Luna, don Beltrán parecía preocupado y sombrío; ya no se animaban sus facciones al ver a la reina; a veces pasaba días enteros lejos de ella, y hasta parecía hastiado de su cariño.

¡Ay, este cambio, por lentamente que se opere, no se escapa jamás a los ojos de la mujer que ama! Doña Juana le siguió con tristísima mirada; pero ni una queja se escapó de sus labios, porque las almas nobles guardan con cuidado sus dolores, y devuelven por cada uno una sonrisa: cuando el sufrimiento la vencía, se arrodillaba junto a la cuna de su hija, y pedía al cielo consuelo y fortaleza para sobrellevar sus penas.

Encontraba también algún alivio en el amor que profesaba a su hermoso paje: el día mismo de su llegada le fue presentado por don Beltrán, y el niño, al besarle la mano, le entregó una carta que decía así:

«Señora: Sin duda alguna me habrá olvidado V. A., porque las almas nobles no recuerdan los beneficios que hacen; pero si el que los recibe es merecedor de ellos, los graba de un modo indeleble en lo más íntimo de su corazón y los paga cuando puede.

»Yo creo, señora, que satisfago ahora en parte la deuda de gratitud y amor que contraje con V. A., enviándoos a mi hijo Fernando: parto a Aragón con Gonzalo, mi hijo mayor; no quiero rendir más vasallaje a Enrique IV, puesto que, a no ser por el ángel a quien llama esposa suya, hubiera muerto en el calabozo en que me sepultó su padre; pero no quiero tampoco serle traidor, y abandono mi hermosa Castilla para no mezclarme en las intrigas de los nobles.

»Por el cielo, guardaos, señora mía: solo tenéis un amigo fiel, y ese es don Beltrán; a él le envío mi hijo para que le ponga al lado de V. A. Nadie desconfía de un niño: su adhesión no os atraerá mal ninguno, y si corréis peligro, si vuestro esposo vacila en el trono, este mismo niño llamará a su padre y a su hermano, que volarán al socorro de sus soberanos.

»Yo sé que don Juan Pacheco no perdona a V. A. la libertad que me dio, y de la que hice uso arrojándole del lado del rey; sé también que quiere conduciros al castillo de Maqueda, de donde han sacado al infante; pero por el nombre que llevo, juro a V. A. que no lo han de conseguir.

»Dios guarde a V. A. y os conceda, señora mía, la dicha que tanto merecéis. — Fadrique de Luna.»

La reina acogió con amor al niño y le hizo su paje: la memoria de los Lunas no se había borrado de su alma, porque sabía cuánto la amaban aquellos buenos caballeros.

Aprisionado don Fadrique durante el reinado de don Juan II, por una calumnia del marqués de Villena, gemía aún en una oscura prisión al subir al trono su hijo Enrique IV; mas cuando doña Juana vino a dividirle con él, el primer acto de piedad de esta princesa fue mandar abrir todos los calabozos.

Una vez libre el de Luna, su más ardiente afán fue arrancar la máscara a Villena: consiguiolo, y el rey, que ya empezaba a aficionarse a Beltrán de la Cueva, le tomó tal aversión que se vio obligado a no presentarse más en el alcázar; pero juró odio y venganza al rey, a don Fadrique, y, sobre todo, a doña Juana.

Algunos días después, salió de Madrid como jefe principal de la conspiración que se formaba en Toledo para destronar a Enrique IV, pero casi al mismo tiempo salió también don Fadrique con su hijo Gonzalo para la corte de Aragón: su única hija, Luz, quedaba, según se decía, en un monasterio de Ávila; en cuanto a Fernando, por ser niño sin duda, nadie le conocía ni había oído hablar de él.

Desde que vivía en el alcázar, el pajecillo apenas había salido de las habitaciones de la reina: consolaba su dolorosa melancolía, y la amaba tanto que la expresión de aquel ardiente cariño le hacía a veces olvidar sus pesares.

La seductora belleza de aquel niño había llamado la atención de toda la corte, y el rey mismo estaba impaciente por conocerla; pero todos cuantos elogios le habían hecho de él, le parecieron muy débiles al verle en su antecámara en la noche señalada para partir a Toledo.

El paje salió detrás del rey y se dirigió a su aposento, en tanto que la cólera de los nobles estallaba en imprecaciones contra el conde de Ledesma y doña Guiomar; porque sabían que solo la querida y el favorito tenían el poder de dominar la voluntad del rey.

—¡Por el cielo —exclamó don Lope Barrientos—, que se me acaba la paciencia! Esta misma noche marcho a Toledo a unirme con Villena.

—Y yo os acompañaré, don Lope —dijo don Pedro Gómez.

—Y yo con mi compañía franca —añadió don Nuño de Saavedra.

—Y yo, y yo —repitieron muchos nobles.

—Pues id con Dios, señores —repuso don Diego Arias, anciano de hermosa y apacible fisonomía—: yo, por ahora, prefiero irme a acostar.

Los cortesanos fueron saliendo poco a poco, y en la gran cámara quedaron solamente los pajes y escuderos del rey.