IV

AMOR

Las doce de aquella misma noche serían cuando el paje salió de su aposento y se dirigió con silencioso paso a la puerta de la habitación de doña Juana; escuchó breves instantes y después se dirigió a otra puerta que abrió suavemente, encontrándose en el salón amarillo.

Aquella estancia, intermediaria entre las habitaciones de Enrique IV y de su esposa, era llamada así por el color de sus tapices y sillería, y no se abría casi nunca; pero Fernando, que no podía conciliar el sueño, iba a buscar en ella la calma y la soledad; llevaba en la mano un rollo de papel y un tintero, que formaba un cuerno de plata; en el centro de la estancia se veía una mesa dorada, y pendiente del techo una lámpara, suspendida de largas cadenas de plata, para que sus tibios rayos diesen luz a la mesa; sin duda aquel aposento estaba preparado de orden del paje o por él mismo para pasar en él la noche.

Fernando cerró la puerta sin ruido; se quitó la gorra, que dejó en un sillón, y después se aproximó a la mesa para colocar en ella el papel y el tintero; mas ambas cosas cayeron de sus manos, y retrocedió más blanco que las olas de encaje de su gorguera al ver a un caballero que, inmóvil y silencioso, estaba sentado en el sillón colocado delante de la mesa, y que, al ruido que hizo en el suelo el tintero, levantó la frente, estremeciose y se puso en pie.

—¡Doña Luz! —exclamó juntando sus manos con una especie de adoración.

Palideció el paje fijando sus ojos en aquel hombre; mas aquella mirada cambió el alabastro de su semblante en un súbito carmín.

—¡Ah! —dijo—, ¡me habéis asustado, don Beltrán!... pero —prosiguió con una sonrisa que desmentía su temblorosa voz—, ¿qué hacéis aquí? Yo venía a escribir a mi padre en esta estancia, mucho más silenciosa que la mía; pero, puesto que la habéis elegido antes que yo, me voy para no molestaros —y diciendo esto, recogió su tintero y papel, y fue a tomar su gorra.

—Deteneos por el cielo, Luz —dijo el conde de Ledesma con acento suplicante—, ¡tened piedad de mí!

El fingido paje alzó al cielo sus ojos con tristísima expresión, como pidiendo valor; pero cuando se volvió a don Beltrán, su habitual y dulce sonrisa vagaba de nuevo por sus labios; dejó otra vez su gorra sobre la mesa, y echó sus largos rizos dorados hacia atrás con un movimiento infantil, sentándose en el sillón que acababa de dejar el conde.

Este permaneció de pie delante de ella, contemplándola con una mirada ardiente y melancólica.

—¡Gracias, doña Luz! —dijo el conde con profunda emoción y rompiendo al fin el silencio—. Gracias por vuestra bondad en acceder a mi ruego. Esta condescendencia, por otra parte, en nada os compromete —prosiguió con amargura—: ¡nadie extrañará que pasen en conversación, aunque sea toda una noche, el paje y el amante de la reina!

—Creo, no obstante, conde, que para vos seré doña Luz de Luna, y no el paje Fernando —repuso la doncella con acento grave y dulce a la vez.

—¡Oh, sí, sí! —exclamó don Beltrán—; mas nada temáis, Luz: ¡vos sois para mí lo más sagrado que existe en la tierra; lo más santo que conozco; sois lo que más amo en este mundo, mi más caro y apreciado tesoro; el ángel que ilumina el áspero camino de mi vida! ¡Oh, Luz! —prosiguió el conde, con tan honda emoción que las lágrimas brotaron de sus ojos—. ¡Luz mía! ¿Cuándo daréis una esperanza a mi ardiente amor? ¿No sabéis que este cariño es puro y santo? ¿No os he rogado mil veces que me permitáis pedir vuestra mano a don Fadrique?

—¿Y la reina, conde? —dijo Luz con doloroso acento—: ¿qué sería de la reina el día en que os perdiese para siempre? ¿Qué porvenir le espera, muertas las esperanzas de su amor?

—¡La reina! —repitió el conde—, ¡la reina! ¿Tengo yo la culpa acaso de haberme engañado creyendo amarla? ¿Tengo yo la culpa de que ella se haya apasionado de mí? ¡Por piedad, Luz, por piedad! ¡No mezcléis en nuestro puro amor el recuerdo de esa pasión criminal!...

Detúvose el conde para mirar a la joven, que lloraba cubriéndose el rostro con las manos.

—¡Llanto! —exclamó apasionadamente arrodillándose a sus pies—, ¡llanto, amada mía! ¡Y lo viertes por mí! ¡Dime —prosiguió, buscando con sus ojos la mirada de la doncella—: dime que te enternecen mis tormentos!, ¡dime que comprendes al fin la inmensidad de mi amor!... porque lo comprendes ya, ¿no es verdad? ¿No es cierto que me has visto revivir bajo la luz de tus divinos ojos, bajo la paz de tu sonrisa?, ¿que has visto cómo recobraba la alegría de mi corazón y el sosiego de mi alma, bajo la influencia de tu virtud? ¡Oh!... ¡Si supieras lo que pasó por mí el día en que te me presentaste con la carta de tu padre!... ¡Creí que el corazón iba a saltárseme del pecho!

Aquel hombre de hierro, cuyo valor se había hecho proverbial en toda Castilla, cayó vencido y quebrantado por la emoción que experimentaba: pálido, con la respiración anhelante, apoyó su frente en el brazo del sillón de Luz.

—Yo también os amo, conde —dijo esta tomándole las manos y obligándole a que se levantase—: sí, os amo, como ya no volveré a amar a pesar de no tener más que dieciséis años. Dejadme concluir —añadió conteniendo con imperioso ademán el trasporte del conde—: esta primera confesión será también la postrera.

—¡La postrera!

—Sí, desde ahora os lo juro por el nombre que llevo: yo ahogaré esta pasión, y si no puedo conseguirlo, moriré. Escuchadme, Beltrán —prosiguió enternecida al ver la angustia que se retrataba en las facciones del conde—: mi padre debe su vida a la reina, y su bienhechora está rodeada de enemigos, abandonada de su esposo. Solo un bien le resta: ¡vuestro amor!; y este bien, que compensaba para ella todos los demás, ¡lo ha de perder también! ¡Y queréis, conde, hacerme su enemiga! ¡Queréis que, en pago de la vida y de la libertad de mi padre, clave en su corazón ese acerado puñal! ¡Queréis, en fin, que desobedezca a mi padre, que me mandó oponer mi pecho como un escudo a los golpes que asestasen al suyo! ¡Oh, no, no! ¡Jamás!

—¿Y creéis, Luz, que porque vos dejéis de amarme, renacerá mi cariño hacia la reina? ¿Pensáis que humillaré de nuevo la frente a ese vergonzoso yugo? ¿Imaginais que para conservar mi fortuna y elevación, le fingiré de nuevo el sagrado sentimiento que solo vos en el mundo habéis podido inspirarme? ¡Por Dios, que os equivocáis! ¡Voy a renunciar esta noche todos mis cargos y títulos, y mañana seré otra vez un pobre soldado! ¡Ya nada quiero de ella!

—Y yo, conde, os aborreceré como a mi más mortal enemigo, porque habréis causado la muerte a la bienhechora de los míos —dijo la joven con airado acento—; sí, os lo juro por el Dios que nos oye: si asestáis ese golpe al corazón de la reina, mi amor se trocará en aversión, porque la amo más que a vos.

Al acabar de pronunciar estas palabras, se dirigió a la puerta; mas el conde la detuvo, poniéndose delante.

—¡Luz! —exclamó—, por piedad, no me dejéis así: decidme al menos que el recuerdo de mi cariño os será grato; yo haré lo que queráis... no me separaré del lado de la reina... la defenderé con mi vida... ¿estáis contenta? —prosiguió clavando sus ojos con amarga tristeza en los ojos de Luz.

—Sí, conde —contestó la doncella tendiendo al caballero su blanca manecita—: ¡oh, sí, muy contenta! ¡Me habéis hecho tan feliz!... Vos pagaréis de este modo a doña Juana la deuda de los Lunas, y yo... yo os amaré... como a mi mejor amigo.

Temblaron los labios de la joven al pronunciar estas palabras, y una espantosa palidez cubrió su semblante.

—Ahora —añadió haciéndose superior a su emoción—, ahora es ya de día, conde; marchad a ver a la reina. Sé, por Inés, que está indispuesta, y por eso fui a suplicaros que detuvierais vuestra partida.

—Os obedezco, Luz —dijo tristemente el conde—. ¡Quiera Dios que mi vida, convertida desde hoy en un largo y doloroso sacrificio, pague esa deuda terrible que me roba vuestro amor!

—Os engañáis, Beltrán; la satisfacción de esa deuda me liga a vos con una tierna e inalterable amistad, y este puro sentimiento reemplazará al amor, porque vuestro amor y el mío pertenecen a la reina de Castilla.

Al concluir estas palabras, abrió la puerta de su aposento y entró en él, cerrando después de saludar al conde, quien tomó lentamente el camino de las habitaciones de la reina.

En cuanto a Luz, se dejó caer de rodillas al pie de su lecho, y exclamó con voz entrecortada por los sollozos:

—¡Gracias, Dios mío, gracias por las fuerzas que me habéis concedido en tan ardua y dolorosa lucha! ¡Oh, Dios piadoso! ¡Oh, Virgen mía! ¡No me desamparéis!