V

LA ENTRADA DE VILLENA

Cuatro días habían pasado desde estos sucesos y todavía no se había dado orden ninguna para la partida del rey.

Doña Guiomar seguía indispuesta, obedeciendo tal vez los consejos de don Juan Pacheco, marqués de Villena, su amante oculto, aunque nadie en Castilla le conocía otro que Enrique IV.

La hermosa dama de honor de doña Juana tenía enteramente subyugado el corazón del rey; pero ella no sentía hacia el monarca más que el desprecio que necesariamente debía inspirar a una mujer de su temple, porque doña Guiomar tenía talento y corazón.

A pesar de no contar más que treinta años, amaba con pasión al marqués de Villena, que pasaba de los cincuenta. La energía de aquel hombre, sus brillantes prendas y su elevado talento le inspiraban cariño y admiración; aun su misma ambición era otro nuevo mérito a sus ojos, porque era ambiciosa también.

La noche en que, a ruegos del paje, detuvo don Beltrán la marcha del rey, recibió ella una carta de Toledo, concebida en estos términos:

«Es absolutamente preciso que detengáis al rey cuatro días más en Segovia; al finar el último, os veré en vuestra misma casa, porque entraremos victoriosos, llevando a nuestro frente al infante don Alfonso. — Villena.»

No bien leyó la dama de honor este billete, que le fue entregado al desnudar a la reina, lo ocultó cuidadosamente entre los pliegues de su brial; después extendió los brazos, y cerrando los ojos, se dejó caer en un sillón, dando un ahogado grito que hizo acudir a la reina y todas las damas; el desmayo duró media hora, al cabo de la cual pareció reanimarse, y pidió permiso, con voz débil, para retirarse. Doña Juana dispuso que se trasladase la enferma a su casa en una de sus carrozas, y mandó a doña Blanca de Solís, la más joven de sus damas de honor, que la acompañase y velase a su lado toda la noche.

Poco agradó, en verdad, esta orden a doña Blanca: odiaba, como todas sus compañeras, a aquella orgullosa mujer, que las trataba muy mal; pero se inclinó profundamente ante la reina, y abrigó ella misma, con su capuchón de pieles, los hermosos hombros de doña Guiomar.

Despidiolas doña Juana, dispensando a la enferma de todo servicio en su aposento mientras durase la indisposición, y asegurándole que sus damas alternarían en su cuidada y asistencia; pero durante el camino, doña Guiomar se animó y pareció casi buena al llegar a su casa.

—Doña Blanca —dijo a la joven con una dulzura extraña en ella—, no quiero que os molestéis: yo estoy mucho mejor, y creo que mañana podré asistir al alcázar a la hora de levantarse su alteza: voy a mandar que os conduzcan a vuestra casa, quedando yo sumamente reconocida a vuestros afectuosos cuidados.

—Pero, señora, tal vez os engañáis —repuso la sencilla joven, sin comprender las miras de la altiva dama—: podéis poneros peor... no, no, yo velaré con sumo gusto a vuestro lado.

—Os digo que me siento ya muy bien —repitió doña Guiomar, cuyas morenas mejillas se encendieron con tan leve contradicción.

—La reina me reconvendrá... —murmuró débilmente la pobre niña, aterrada como una paloma delante del milano.

—Yo os disculparé con S. A. mañana, cuando asista a su cámara: le diré que os he rogado que os retiraseis. Ea, buenas noches, doña Blanca —continuó bajando ligeramente de la alta carroza, y entrando en su casa.

No bien se halló en su aposento, escribió al conde de Ledesma diciéndole que estaba bastante indispuesta, y rogándole que se lo hiciera saber al rey. Mas don Beltrán, suponiendo la verdad, porque no ignoraba la intimidad de Villena con la dama de honor, se guardó bien de enseñar la misiva a don Enrique y la hizo pedazos en seguida que la leyó.

Los ruegos del paje alcanzaron lo que deseaba doña Guiomar: el rey voló a su casa así que tuvo noticia de la indisposición que la aquejaba y que ella fingía por su parte a las mil maravillas.

Al volver al alcázar con don Enrique, Beltrán de la Cueva se dirigió al salón amarillo, porque los dolores alejaban el sueño de sus ojos: desde el día en que vio a Luz de Luna, la amó con pasión, y aquel fuego devorador aniquilaba enteramente sus fuerzas morales.

Sin embargo, compadecía profundamente a la reina: a medida que él se tornaba frío e indiferente, la pobre joven languidecía y su frente se doblaba más pálida y abatida que la del conde; ella ignoraba, no obstante, la causa de su desvío; no sabía que otro nuevo amor le robaba el corazón de su amante, porque no sabía tampoco que su amoroso pajecillo era una hermosa doncella.

En la corte de Castilla nadie más que don Beltrán conocía este secreto, porque solo a su lealtad lo había confiado su anciano amigo don Fadrique de Luna. ¡Dios, en su bondad, quiso evitar a aquella infeliz princesa el más amargo de todos los dolores... los celos!

Era el día que Villena había señalado para entrar en Segovia: brillaba el sol en todo su esplendor y el tibio viento de octubre traía en sus alas los perfumes de las últimas flores.

Enrique IV, sin acordarse de que rugía sobre su cabeza una terrible tempestad, pasaba casi todo su tiempo al lado de doña Guiomar, que agravaba o disminuía su indisposición según convenía a sus planes: Toledo y la conspiración que encerraba dentro de sus muros se habían borrado completamente de la memoria del rey.

Espantoso desorden reinaba en la ciudad; muchos de los nobles partidarios de Villena, y avisados por él, sabían que aquella noche debían entrar los conjurados, y que don Enrique iba a ser arrancado del trono para colocar en él a su hermano don Alfonso.

Otros, y estos eran los menos, adictos al rey, se aprestaban a la defensa, y cruzaban en todas direcciones a la cabeza de sus compañías francas.

En vano fue avisar al rey de lo que acontecía; en vano le pintaron el riesgo que corría: su sagaz manceba le aprisionaba a su lado, y el rey se contentaba con responder: No se atreverán.

Tres días hacía que Luz había escrito a su padre llamándole a Segovia. «La reina peligra, padre mío —le decía—. Villena está cerca de aquí, y ya sabéis que es su enemigo mortal: venid, pues, a salvarla de la prisión o de la muerte.»

Después de escrita esta carta, el pajecillo se situó al lado de la reina, que esperaba sin impaciencia ni temor lo que iba a suceder: sabía que si vencían los conjurados sería sepultada en un sombrío castillo, porque sabía también hasta qué punto la odiaba don Juan Pacheco, y presagiaba que su primer cuidado sería abrirle una prisión; pero todo lo olvidaba, porque veía de nuevo tierno y amante a don Beltrán y hacía dos días que era feliz, a pesar de los males que la amenazaban.

El pobre pajecillo era dichoso también con la ventura de su señora, aunque su rosado semblante había tomado la palidez del alabastro, y sus espléndidos ojos azules se veían rodeados de un ancho círculo morado; en aquellos cuatro días no se había separado un momento de la reina: en pie, detrás de su sitial, estremecíase al menor ruido que sonaba en la calle, y parecía escuchar constantemente con ansiedad.

Hacia las cuatro de la tarde creció el rumor en las calles, y se oyeron pasos cautelosos en la escalera que daba a las habitaciones de la reina; las damas de honor se estrecharon temblando unas a otras, y el paje palideció más que ellas: los pasos, que sonaban ya junto a la puerta principal, cesaron de repente, y un instante después se oyó dar vuelta suavemente a la llave.

—¡Nos encierran! —gritó doña Juana—, ¡estamos prisioneras! —y se acercó a otra puerta disimulada en los tapices, al mismo tiempo que la cerraban también.

Un ahogado sollozo se escapó del pecho de la reina: no pensó en ella, sino en la Cueva, en su esposo, en su pobre hija y en su reino perdido. ¡Ella, la reina de Castilla, tendría que morir en una prisión!... La pobre joven se dejó caer de rodillas en su reclinatorio y oró con fervor, imitándola sus damas y Fernando.

Ya había tendido la noche su denso manto, y aún permanecían postradas. De súbito saltó uno de los cristales de colores del anchuroso balcón de piedra, y tras de aquel todos los demás que componían la ojiva vidriera, y un hombre se precipitó en la estancia. Las voces de la reina, de sus damas y del paje, se confundieron en un solo grito de terror; mas el aparecido, sin mirar a nadie, se dirigió al paje, a quien acercó a su pecho con un apasionado movimiento y como para protegerle del riesgo que le amenazaba.

—¡Don Beltrán! —exclamó la reina reconociéndole y tendiéndole sus manos.

—Nada tema V. A., señora —contestó el conde besando la diestra de doña Juana—: he encontrado cerradas todas las puertas y he entrado por ahí —continuó señalando el balcón—, para defenderos hasta mi último aliento.