VI
EL TRONO Y EL HONOR
Cuando don Enrique volvió al anochecer a su alcázar, no se notaba otra señal de alarma que las rondas que se cruzaban en todas direcciones: los conjurados aún no habían entrado; mas, careciendo de puertas la ciudad, era imposible oponerles este obstáculo.
Don Beltrán sabía, no obstante, que Villena estaba con los principales jefes dentro de Segovia: reunió a todos aquellos con quienes podía contar y se aprestó a la defensa; porque su lealtad como soldado era a toda prueba, y estaba decidido a perder mil vidas que tuviera por defender a sus soberanos; tenía además que velar por Luz, cuya existencia y honor le habían sido confiados por su padre, y que eran mucho más caros a su corazón que todos los intereses de la tierra.
Don Enrique se acordó, por fin, de su esposa y de su hija, y al cerrar la noche, salió de su cámara para dirigirse a las habitaciones de la reina, acompañado de muchos cortesanos; mas quedaron atónitos al encontrar todas las puertas cerradas.
Doña Juana estaba ya aprisionada: era la primera víctima de la venganza de Villena.
El semblante del soberano se trastornó enteramente: en el fondo de aquel corazón helado y endurecido había algún cariño hacia la joven y hermosa princesa a quien llamaba esposa suya, y la idea de que se la habían robado o de que otro se había anticipado a salvarla, le hizo olvidar todo lo demás.
—¡Echad abajo esa puerta! —dijo con voz fuerte.
Los soldados de su guardia empuñaron las hachas de armas e hirieron con un solo golpe la maciza puerta que no se conmovió lo más mínimo. Un curioso observador hubiera visto aparecer una burlona sonrisa en los labios de los cortesanos: las llaves de la habitación de la reina tal vez no estaban lejos de allí.
La voz del rey se dejó oír de nuevo entre el estruendo.
—Llamad a la Cueva —gritó con airado acento, y aún no había expirado el eco, salieron tres pajes en distintas direcciones.
—Señor —dijo don Diego Arias, que era el anciano de hermoso semblante a quien vimos en el alcázar—, yo creo que debíamos bajar al jardín para ver, si nos es posible, por entre los balcones, si la reina está dentro de su habitación: el profundo silencio que se advierte me hace temer que nos la hayan arrebatado, y en ese caso, juraría, por el nombre que llevo, que hay traidores entre nosotros.
Y el noble caballero, en cuyo corazón ardía la indignación, tendió en derredor suyo una mirada amenazadora.
—Tienes razón, Arias —dijo el rey—: vamos al jardín, y si tus temores salen ciertos... ¡ay de los culpables!
Y echó a andar seguido de todos sus cortesanos.
Algunos soldados y escuderos iban detrás alumbrando con hachas.
Al llegar al jardín, mandó don Enrique que se detuviesen todos a la puerta, y se adelantó él solo con don Diego Arias, hasta colocarse enfrente de los balcones de la cámara de la reina: la luna derramaba una tenue claridad a través de la espesa cortina de nubes que la ocultaba, y que permitían distinguir, no obstante, hasta las más pequeñas plantas.
En tanto que don Enrique y el anciano don Diego miraban con ansiedad al fondo de la cámara de la reina, en la que se notaba el resplandor lejano de una luz, la Cueva se dirigió a una puerta del alcázar por donde acostumbraba a entrar; mas su angustia fue indescriptible al encontrarla cerrada. De repente un confuso rumor de golpes y voces llegó a sus oídos: era que los soldados del rey herían con las hachas de armas la puerta principal.
—¡También cerrada aquella! —murmuró el conde, que adivinó la causa de aquel estruendo; tendió en seguida en derredor suyo una mirada en la cual radiaba una ráfaga de delirio, y echó a correr hacia el jardín.
—¿Qué voy a hacer? —murmuró parándose de repente—: ¡qué voy a hacer, Dios mío! ¿Cómo salvarlas? ¡Salvarlas! ¿Y de quién? ¿Quién ha cerrado las puertas del alcázar? ¿Villena? ¿Quién las manda abrir? ¿El rey? ¿O ha sido Enrique IV quien las ha aprisionado, y don Juan Pacheco el que intenta derribar esas mismas puertas?
Calló el conde y se apoyó contra el muro casi desfallecido.
—¡Luz! —murmuró al cabo de algunos instantes—. ¡Luz mía! ¿Qué va a ser de ti? ¿Pagarás tú, pobre ángel, los odios que nacieron alrededor del trono? ¡Y yo... yo no puedo salvarte... no puedo!...
Un amargo sollozo desgarró la garganta de don Beltrán: pálido como un cadáver, cerró los ojos y quedó inmóvil.
Un golpe más fuerte que los otros le hizo estremecer: rápido como un relámpago echó a correr y salió del alcázar.
En aquel mismo instante miraban con mayor ansiedad que nunca el rey y don Diego al interior de la cámara de la reina: el anciano hacía ya rato que escuchaba atentamente con la cabeza inclinada; hubo un instante en que don Enrique fue a hablar, mas el caballero le apretó fuertemente el brazo haciéndole señas de que callase, y olvidando la etiqueta en una ocasión tan importante.
De súbito levantó también la cabeza el rey; se oían claramente sobre la arena del jardín los pasos de un hombre, y al mismo tiempo estalló un horrible tumulto en la plaza del alcázar; por detrás de las paredes del jardín se percibía el choque de las armas y los gritos de los combatientes.
Por un movimiento involuntario, don Enrique iba a precipitarse hacia la puerta; mas don Diego le detuvo.
El hombre, cuyos pasos se oían, entraba entonces en la calle de árboles en que ellos estaban.
Sin detenerse, llegó al pie de los balcones de la reina y sacó una larga escala de seda que sujetó al de enmedio, afianzándola a la parte inferior con largos garfios de hierro.
—¡Castilla por don Alfonso! —gritaron muchas voces en la plaza del alcázar.
—¡Abajo los traidores! ¡Muera Villena! —respondió otra inmensa gritería.
Don Enrique hizo un segundo e impetuoso movimiento y se lanzó a la puerta; mas el anciano don Diego le sujetó fuertemente por el brazo.
—En la calle quieren quitaros el trono, señor —le dijo con voz profunda—; pero aquí os roban vuestro honor —añadió señalando al hombre que acababa de escalar el balcón.
Mas apenas pudo vérsele, porque dio con mano fuerte un golpe en la ojiva vidriera, que cayó hecha mil pedazos, y se precipitó de un salto en la cámara real.
Por un momento vieron el rey y don Diego, a través de los cristales mutilados, a la reina y sus damas postradas: los blancos trajes se extendían en amplios pliegues como una alfombra de nieve en el mármol del pavimento; el grito de espanto lanzado por la soberana y sus damas llegó también a oídos de don Enrique y don Diego; mas en el instante mismo se cerraron de golpe ambos postigos y desapareció el luminoso cuadro.
—Vamos, Arias —dijo don Enrique con sordo acento—: vamos a lavar el honor, y después defenderemos el trono.
Y el rey y don Diego salieron del jardín con precipitado paso.