VII

¡CASTILLA POR DON ENRIQUE!

Al volver el rey a la habitación de su esposa, acababa de saltar la puerta, deshecha por los golpes de los soldados.

—Nadie se mueva hasta que yo lo mande —dijo don Enrique con severo acento—: ¿habéis encontrado al conde de Ledesma? —preguntó a los que había enviado a buscarle.

—No, señor.

—Seguidme, Arias —dijo el rey, y entró en la cámara de su esposa.

Pero en el mismo instante, un rumor confuso se oyó al otro lado de las habitaciones; acababan de echar abajo otras puertas del alcázar que daban a distintas calles; un momento después se abrió la puerta oculta entre los tapices, y apareció Villena con la espada desnuda y seguido de gran número de los suyos. Encontráronse frente a frente el rey y su enemigo, mas la primera mirada de ambos fue para buscar a la reina: los semblantes de los dos se encendieron con un subido carmín, y brotaron de sus ojos relámpagos de furor.

Vestida doña Juana con un largo traje blanco, estaba arrodillada en su reclinatorio; sus largos cabellos negros caían en rizos medio deshechos alrededor de sus hombros y garganta; tenía cruzadas las manos fuertemente, y sus grandes ojos se fijaban en Villena con profundo terror. Don Beltrán estaba de pie a su lado, y su presencia fue la que trastornó de rabia los semblantes del rey y de Villena: el uno veía en él a su rival, el otro a su enemigo. La vidriera rota, que el rey fue a abrir, dejaba penetrar una corriente de aire frío que hacía vacilar la luz de la única lámpara que alumbraba el aposento.

El rey se acercó a la Cueva y le cogió del brazo.

—¿Por dónde habéis entrado en la cámara de la reina, conde? —le preguntó con una terrible mirada.

—Por la misma puerta que V. A., señor, contestó el favorito con voz firme.

—¿Y a qué hora?

—Hace apenas media.

—¿Por qué, en vez de venir aquí, no estuvisteis a mi lado?

—¡Oh, señor! —repuso don Beltrán con tan serena sonrisa que ocultó del todo la angustia retratada en sus facciones—: vine aquí porque vos estabais rodeado de valientes caballeros, y la reina estaba sola y expuesta a la furia del marqués.

—¡Vive Dios, don Enrique, que no sé cómo tenéis calma para escucharle! —exclamó Villena, cuya furia se aumentó al ver malograda su esperanza de encontrar a la reina sola—. El conde acaba de entrar por ese balcón, puesto que no había otra entrada, porque todas las llaves de esta parte del alcázar se recogieron por orden mía.

—¡Mentís como un villano, marqués! —gritó entonces el paje de la reina, saliendo al frente de todos—: quien ha entrado por ese balcón he sido yo.

Al oír el mentís del niño, trastornose enteramente el semblante de Villena, y se arrojó a él, en tanto que muchos de los suyos rodearon al conde.

Ninguno, empero, se atrevió a llegar al soberano.

—¡Favor al rey! —gritó don Enrique, y todos los nobles, que esperaban sus órdenes, precipitáronse de tropel en la estancia con las espadas en la mano.

En el instante mismo en que Villena se lanzaba al pajecillo, retrocedió: Don Juan Pacheco era muy valiente, y la espada cayó de sus manos al contemplar de cerca el puro y bellísimo semblante del niño.

—Sí —prosiguió Fernando yendo a postrarse a los pies de la reina, que se había dejado caer en un sitial—: yo fui el que escaló ese balcón, al ver que las puertas me vedaban la entrada; porque —añadió, cubriendo de besos las manos de doña Juana—, no podía acostarme sin ver a mi señora.

Los cortesanos se miraron atónitos. ¿Sería aquel niño el nuevo amante de la reina? Su lenguaje lo hacía suponer así.

La refriega se había empeñado en aquella estancia: combatían junto a la Cueva algunos caballeros, en tanto que el rey contemplaba con mirada sombría al lindo paje, que ocultaba su frente en los pliegues del vestido de la reina para no ver aquella desastrosa escena.

De repente, lanzó un agudo grito: acababa de caer la Cueva herido, y aquel golpe produjo, aunque sin verlo, un doloroso choque en todo su ser. Volviose, arrodillado como estaba, y cruzó sus manos sobre el pecho con una desgarradora expresión de dolor; después, como atraído por una fuerza superior a su debilidad, se levantó trabajosamente y quiso correr hacia don Beltrán, mas el rey le detuvo.

—Niño —dijo—, ya que tanto amáis a la reina, es preciso defenderla, porque os la quieren robar —añadió con fiera y maligna sonrisa—. Vamos, desenvainad esa preciosa daga, regalo suyo sin duda... ¡Vamos!

Tembló el paje: su brazo se rompía entre los dedos del rey.

—Sí, sí, que combata —gritaron muchas voces. Mas la de la Cueva dominó todas las demás.

—¡Señor —gritó—, piedad, ese paje es una mujer!

—¡Una mujer! —repitieron en coro el rey y todos los cortesanos.

—¡Sí —dijo la pobre niña, cuyo semblante estaba blanco como el mármol—; sí, don Enrique, el amante de la reina, ya lo veis, es una mujer!

Y en sus labios se dibujó una angélica sonrisa, en tanto que sus ojos se cerraban cayendo desvanecida en los brazos del rey.

—¡Castilla por don Enrique! —gritaron en la plaza mil voces en una.

—¡Castilla por don Enrique! —repitieron en la escalera del alcázar.

—¡Castilla por don Enrique! —resonó por tercera vez en la puerta de la cámara real, y don Fadrique de Luna, seguido de su hijo y de gran número de soldados, entró por la puerta principal de la cámara, en tanto que Villena y los suyos huían vergonzosamente por la puertecilla secreta que les había dado paso.