VIII

LOS LUNAS

La primera mirada de don Fadrique se dirigió en busca de la reina; al descubrirla desmayada en el ancho sillón, se arrodilló delante de ella y besó una de sus manos.

Gonzalo, entre tanto, había visto a su hermana sin sentido en los brazos del rey.

—¡Luz! —exclamó extendiendo los suyos para recibirla.

Al eco de esta voz amiga, abrió la joven los ojos y los fijó en el semblante del caballero.

—¡Hermano mío! —murmuró con débil voz—. ¿Y nuestro padre? —preguntó en seguida.

Pero don Fadrique llegaba ya, y la estrechó amorosamente contra su seno.

—Al fin te veo, hija mía —exclamó el anciano con los ojos llenos de lágrimas—, ¡si supieras cuánto sufría lejos de ti!

—¡La hija de Luna! —murmuró el rey—: es más noble, más niña y mucho más hermosa que doña Guiomar.

Y sus ojos se fijaron con amor en la pobre doncella a quien había estado a punto de matar pocos momentos antes.

Comenzaba a volver en sí la reina y Luz iba a acercarse a ella, mas su padre la contuvo suavemente.

—Señor —dijo en voz baja y aproximándose al rey—, prometedme que no diréis a nadie jamás que el paje Fernando era mi hija Luz; y vosotros, caballeros —prosiguió volviéndose a los nobles—, concededme, os ruego, el mismo favor.

—¿Pero de qué servirá esto, cuando la han de ver aquí todos los días? —dijo el rey—; y además, ¿por qué ocultar todo lo que vale este ángel de paz?

—Nadie la verá, señor —contestó el de Luna—, porque antes de amanecer tomaremos el camino de Aragón, sin que mi Luz deje su vestido de paje.

—¡Cómo, don Fadrique! ¿Conque me dejáis de nuevo? —exclamó el rey con doloroso acento—: ¿me dejáis, sin que pueda pagaros todo lo que os debo?

—Si algo vale el servicio que he tenido la dicha de hacer a V. A., señor —contestó don Fadrique—, no pido más recompensa que el permiso para marchar.

—Idos, pues —dijo tristemente el rey—: ahora, al menos, añadió bajando la voz, dejad a Luz al lado de la reina.

—¡Imposible, señor! —respondió con acento firme el anciano—: he consentido en separarme de mi hija mientras sus servicios han hecho falta a mi bienhechora —continuó besando una mano de la reina, quien, recobrada ya y comprendiendo lo que pasaba, le dio gracias con una dulce sonrisa—. Ahora —concluyó don Fadrique—, no puedo consentir en alejarme de aquí sin mi Fernando.

—¡Cómo! —exclamó doña Juana—, ¿os lo lleváis?

—Sí, señora; pero os dejo un buen amigo en el conde de Ledesma —dijo don Fadrique estrechando entre las suyas las manos de don Beltrán—: a no ser por él, hubierais caído en poder de Villena antes de llegar yo.

—Venid aquí, la Cueva —dijo el rey—: desde hoy sois duque de Alburquerque, y os damos además los señoríos de Atienza y Roa. Quedad con Dios, don Fadrique —prosiguió dirigiéndose al anciano—; adiós, Gonzalo; ya que os obstináis en partir, no me opongo a vuestro deseo; pero jamás olvidaré que os debo mi corona y mi vida.

Inclináronse los Lunas, pero no besaron la mano del rey; para aquellos nobles caballeros era un imposible amar ni respetar a aquel hombre: únicamente acataban la corona que ceñía sus sienes.

—Adiós, Fernando —prosiguió el rey tomando en las suyas las blancas y delicadas manos de doña Luz—: si alguna vez sufrís o deseáis algo, acordaos del rey de Castilla.

Después besó la mano de la reina y salió de la estancia apoyado en el brazo de don Beltrán y seguido de todos los cortesanos.