IX

EL SACRIFICIO

Al rayar el día siguiente, salió Beltrán de la Cueva de su casa y se dirigió al alcázar, mas los Lunas habían partido ya y no encontró de ellos otro resto que esta carta escrita de mano de doña Luz.

«Adiós, conde: os he amado y os amo como a nadie en el mundo; pero amo más que todo la ventura de la que salvó la vida de mi padre.

»Voy a encerrarme en el convento de Santa María, y en él rogaré al cielo que os haga feliz. — Luz.»

Palideció el duque al leer esta carta y ocultó el rostro entre las manos, permaneciendo largo rato en esta postura.

Aquel golpe cruel aniquiló para siempre sus facultades de amar: la ambición ocupó exclusivamente su alma, y volvió a fingir con la reina un cariño que ya no podía sentir.

Sus miras se cumplieron: don Enrique, enteramente subyugado por él, lo elevó a la cumbre del poder, lo que no impidió que el inconstante monarca le aborreciese y desterrase un año más tarde.

En cuanto a doña Juana, gracias al sublime sacrificio de su paje, recobró la tranquilidad de su espíritu con la certeza de ser amada: aquella pasión, culpable en verdad, pero excusable por las circunstancias que la acompañaban, era toda la parte de ventura que Dios había querido concederle en este mundo de dolor.

Luz de Luna profesó al año de entrar en el convento: en el fondo de su alma y junto al amor de Dios, vivió siempre el recuerdo de don Beltrán; quizás aquella pasión dolorosa alcanzó del Señor el perdón de los extravíos del conde de Ledesma; tal vez el largo martirio de la pobre joven borró del libro de la justicia divina las culpas del favorito de la reina. ¡Felices aquellas que, como Luz, lo alcancen! ¡Felices, sí, por mucho que hayan sufrido!

Varias veces, al contemplar la blanca antorcha del firmamento cuyo nombre llevaba la hija de don Fadrique, se deslizaba una lágrima de las negras pupilas del conde, y sus labios murmuraban estas palabras: «¡Ruega al cielo por mí!...»

Y al mismo tiempo una joven religiosa del convento de Santa María fijaba sus azulados ojos en el astro de la noche y decía en voz tan baja que se perdía en las auras perfumadas de su jardín: «¡Oh, Dios de bondad, hacedle feliz!... pero ¡no arranquéis mi recuerdo de su corazón!...»

Antes de cumplir veinte años, murió Luz de Luna: las buenas religiosas la acostaron para que durmiese el sueño eterno en una urna de mármol rodeada de flores, y decían que todas las noches una paloma blanca iba a posar su vuelo sobre el sepulcro.

Era el alma de Luz que iba a pedir al astro, que le dio su nombre, un recuerdo del poderoso duque de Alburquerque, proscrito ya y desterrado.

¡Alma bendita e inocente!