IV
Dormía la infanta tan profundamente que no oyó entrar al rey, ni a don Álvaro. Su lecho virginal, blanco como las paredes y el pavimento de su dormitorio, estaba débilmente alumbrado por una lámpara de plata; su negra cabellera, recogida en dos gruesas trenzas, hacía inclinar hacia atrás su cabeza; pálido como un busto de mármol estaba su semblante, y solo animado por la riquísima y poblada franja de sus largas pestañas negras; su maltratada espalda y sus magullados brazos estaban modestamente velados por una almilla de finísima tela, al través de la cual se divisaba el vendaje que cubría su hombro herido; veíase en su semblante el sello de un sufrimiento desgarrador, y estaba tan descolorida como la triple diadema de perlas que ceñía su frente.
Don Sancho velaba recostado en un sitial que había a la puerta del oratorio, y medio oculto entre los tapices; el hermoso rostro del infante estaba horriblemente pálido: diríase que en el tiempo que había pasado, desde la revelación de su nacimiento, había vivido una larga existencia de dolor y de pesares.
Ya no tenían brillo sus grandes ojos, ni color su seductora boca; fruncidas sus cejas convulsivamente, formaban una ancha cinta de terciopelo y hacían más amarga su desoladora mirada.
Al ver a don Enrique, que se precipitó impetuosamente en la estancia, se levantó, y su hermosa fisonomía se animó con una terrible expresión de ira; temblaron sus labios y aumentó su intensa palidez; pero no dio un paso para acercarse al rey, y permaneció silencioso e inmóvil.
No así el conde, que fue a situarse junto al lecho de la infanta, en actitud amenazadora: esta había hecho un movimiento, sin despertar de su letárgico y doloroso sueño.
En cuanto al rey, detúvose atónito al ver a don Sancho, porque estaba muy lejos de esperar encontrarle en aquel sitio; creíale en Burgos, en el palacio de su padre, porque para él todavía era don Fernando Garcés, hijo del conde de Carrión.
Su sorpresa, pues, al encontrarle allí, fue tan viva que solo se disipó algún tanto cuando el aguijón de los celos hirió su corazón: su mente se iluminó súbitamente, y el amor de aquel joven por Berenguela fue tan claro para él como el motivo que movía a don Álvaro a disputarle la posesión de la doncella. A su modo de ver, el conde la guardaba para su hijo único y querido, para aquel hijo a quien sabía que amaba con tan entrañable pasión que no pocas veces se había admirado de afección tan fuerte, no obstante la que él mismo había debido a su padre, el buen Alonso XI, de quien era el hijo predilecto.
En su terrible obcecación, vio también el motivo de que el anciano conde hubiere imaginado la impostura de asegurar que Berenguela era su hermana; aquel hombre, que había sido el hermano de armas, el confidente y el mejor amigo del rey su padre; que había sido casi un igual de los infantes bastardos, por haber crecido estos a su lado y haberlos tenido siempre encomendados a su guarda, quería, valiéndose de su omnímoda influencia, robar al corazón de Enrique a aquella joven, para satisfacer el corazón de su hijo; y para satisfacer al mismo tiempo su orgullosa ambición, había imaginado hacerle creer que era hermana suya, a fin de que la dotase regiamente y de que los reinos de Castilla y de León supiesen que el joven conde de Carrión se enlazaba a una infanta real.
El alma de Enrique II era noble, aunque su corazón, siempre ligero e inconsecuente, estuviese a la sazón extraviado por la profunda pasión que profesaba a Berenguela; el tejido de infamias que creyó columbrar, iluminado ya de antemano por las pérfidas sugestiones de Sandoval; el recuerdo punzante del escándalo ocasionado aquella noche por el conde, al publicar ante los embajadores su odiosa impostura, y la ruin ingratitud a la sagrada memoria de su padre que patentizaba la conducta de don Álvaro, todas estas consideraciones, en fin, exaltaron más el ánimo del rey, ya furiosamente irritado, y levantaron en su alma un huracán tan horrible que forzosamente debía arrollar cuanto se le pusiera delante.
—¿Qué hacéis aquí, Fernando? —gritó deteniéndose en frente del joven que le contestó solo con una mirada de amargo desdén—. Responded a vuestro rey, villano —exclamó don Enrique poniendo mano a la espada.
—Ya lo veis —contestó fríamente el infante—: guardar a Berenguela.
Al oír aquel nombre, precipitose el rey en el dormitorio: la joven había despertado al ruido de sus voces; pero incapaz de sentarse en el lecho a causa del lastimoso estado en que la habían puesto sus pasados sufrimientos, se incorporaba sobre un brazo al entrar don Enrique en el dormitorio.
—¡Ah... ya sabía yo que vendrías, Florestán! —exclamó, mientras el rey la abrazaba con indecible frenesí.
—Mira —continuó—, ese hombre fue el que me sacó de tu casa y me trajo aquí... ¿por qué me separó de tu lado?
—Nadie volverá ya a separarte de él, Berenguela mía.
—¿No me engañas? ¿Verdad que seré siempre tuya, solo tuya? Porque yo no tenía más que a mi madre, y la abandoné por ti... llévame, llévame contigo, Florestán...
De repente, como herida por un extraño pensamiento, se echó hacia atrás y clavó sus grandes y ardientes ojos en los ojos del rey.
—¿Por qué llevabas ayer un manto de púrpura? —preguntó—. ¿Por qué te vi en la cabeza una corona de oro... y estabas sentado en aquel estrado, y por qué había una hermosa joven de largos rizos rubios, sentada junto a ti?
—Porque este hombre —dijo el conde con voz ronca— es Enrique II, rey de Castilla, y aquella joven que visteis es su esposa.
El rey no pensó siquiera en mostrar cólera al anciano, por su terrible revelación: con los ojos clavados en el rostro de Berenguela, espiaba ansioso el efecto que aquellas palabras producían.
Mas la infanta no tembló, ni su palidez tomó aumento: sus ojos, tristes y radiantes de fiebre, no se empañaron con una lágrima ni separó sus brazos del cuello del monarca.
—¡Conque te llamas Enrique! —dijo sin que se notase alteración en el eco dulce de su voz—. ¿Y eres rey? ¿Y tienes esposa a quien amar?... Pero... ¿qué importa?... yo solo pido que me dejes amarte, como amamos al sol que nos ilumina, sin que él nos lo agradezca ni lo sepa siquiera... tú quiérela a ella mucho, Enrique, porque dicen que es una gran falta el que un esposo no ame a su esposa, y yo no quiero que cometas faltas por culpa mía... solo con verte seré muy feliz, porque lejos de ti me moriría.
—¿Me perdonas, amor mío, que sea rey y te lo haya ocultado?
—¿Qué es un rey? —preguntó ella posando sus manos en los hombros de don Enrique y clavándole cándidamente los ojos.
—Un rey es un desdichado a quien está vedada toda ventura; un rey es un hombre a quien casan sin amor, a quien aprisionan, a quien rodean mil ingratos, a quien privan de toda libertad; un rey es el ser más infeliz que existe.
—Pues yo te amaré más ahora que sé que eres rey; en cuanto al nombre, ¿qué me importa que te llames Florestán o Enrique?
—¡Ea, atrás ya, rey de Castilla! —gritó don Sancho, desenvainando su espada, ciego de furor y poniéndose delante de don Enrique—. ¡Paso al infante don Sancho, que guarda a la hermana que vos queréis infamar... Atrás os digo, o envaino mi espada en vuestro ruin corazón!
—¡Viven los cielos, canalla infame! ¿Hasta cuándo vais a sacar ramas del tronco soberano? ¿Pensáis que así se toma en boca mi sangre? —rugió el rey cerrando contra el infante, que paró el golpe con el brazo, recibiendo en él una profunda herida. El noble joven se horrorizó ante la idea de herir al rey, y no hizo otra cosa que defenderse harto débilmente.
Un segundo golpe de don Enrique le hizo caer exánime; la espada había entrado por el costado izquierdo, y un raudal de sangre saltó hasta el pecho del monarca.
Este retrocedió espantado hasta la puerta; mas solo un momento le bastó para recobrarse, y abriéndola gritó:
—¡Ah, de mi guardia!
Don Nuño de Sandoval asomó por la galería a la cabeza de cien ballesteros, y bien pronto se encontraron cerca del rey.
—Rodead ese dormitorio con diez soldados, Nuño —dijo don Enrique señalando el camarín en que yacía Berenguela, rendida a un mortal desmayo desde que don Sancho desnudó la espada.
—¡Atrás, canalla! —gritó el conde apareciendo entre los tapices con la espada en la mano—. ¡Solo pasando por encima de mi cadáver llegarás hasta esa mujer!
—¡No le matéis! —exclamó el rey—. Desarmadle y llevadle maniatado a los calabozos de mi alcázar.
Mas el valeroso anciano blandió su espada, resuelto a perder la vida antes que consentir que llegasen al dormitorio. Durante algún tiempo, se defendió como un león furioso, mas al fin le derribó un golpe de maza que recibió en la cabeza de mano de un soldado. Cuando intentó levantarse, estaba desarmado y maniatado fuertemente.
—Conde de Carrión —dijo el rey con voz lenta—. Todos tus bienes quedan desde este momento confiscados y sujetos a mi corona, por lo que esta casa me pertenece ya; al amanecer, serán rotos tus blasones por la mano del verdugo, y a las doce te cortará la cabeza, por traidor y rebelde a tu rey.
—Y yo te juro, rey de Castilla y de León, a quien tantas veces mecí en mis brazos, que no conseguirás deshonrar a tu hermana —repuso el conde con acento firme.
—¡Llevadle! —gritó el rey.
Don Álvaro salió entre un buen número de soldados que le rodearon con sus largas alabardas.
—En cuanto a ese joven, Nuño, continuó el rey, señalando el cuerpo inmóvil de don Sancho, hazle conducir a una habitación desocupada de mi alcázar, haz llamar inmediatamente a mi médico para que le asista, y que le guarden con cuidado. Tú rodea esta casa de una buena guardia y quédate al lado de esa joven, teniendo presente que me respondes de ella con tu cabeza.
El rey salió, dicho esto, escoltado por algunos soldados, y se dirigió al alcázar al tiempo que el reloj de la catedral daba las dos de la mañana.