III
Eran las doce de la noche en que Enrique II había recibido a los embajadores de las naciones aliadas; la luna, que había alumbrado la entrada de las comitivas en el alcázar, se había ocultado ya, y únicamente un sucio farolillo, que ardía ante una imagen del crucificado, daba alguna claridad a la plaza en que estaba situado el regio edificio.
Acababa de sonar la hora de las apariciones cuando se abrió cautelosamente la puerta del alcázar, y dos hombres salieron a la calle, cerrándose inmediatamente la morada de los reyes.
Uno de aquellos hombres era el mismo Florestán, que algunos meses antes vimos salir del alcázar de Burgos, en una helada tarde de invierno, y dirigirse a casa de la señora Urraca para ver a Berenguela. Llevaba el mismo modesto traje gris, y el mismo ancho manto negro que aquel día lo cubría; solo su cabeza estaba resguardada esta noche por un sombrero de anchas alas.
El otro era un personaje de elevada y robusta estatura, bigotes canos y altanero semblante; llevaba un manto gris, una gorra sin pluma, y una larga espada pendiente de un ancho talabarte.
—¿Nos abrirán, Nuño? —preguntó don Enrique a su acompañante.
—Espero que sí, señor —contestó el interpelado—: llamaré yo, y creo que el conde de Carrión nos recibirá, a pesar de que siempre nos hemos odiado recíprocamente.
—¡Por Dios, que si no aclaro pronto este misterio, voy a volverme loco, Sandoval! —exclamó el rey con doloroso acento.
—Yo ayudaré a V. A., señor: según mi pobre inteligencia, no hay aquí misterio alguno; el ambicioso don Álvaro, que reinó absolutamente en el ánimo de vuestro padre, brama ahora de furor porque no domina del mismo modo a su hijo; pero su rabia no le ofusca hasta el extremo de impedirle urdir alguna trama que le conquiste el puesto que ambiciona.
—Sin embargo, Nuño, el conde era el mejor amigo de mi padre, y tiene dadas pruebas de que no es ambicioso, como tú le llamas; cuando murió don Alonso, en vez de hacerse partidario de don Pedro para medrar, vino a mis tercios, y defendió bravamente mi causa, aunque yo, pobre y errante, nada podía darle; más de una vez he tenido que recurrir a sus rentas, en medio de mi escasez, y su bolsillo y su vida han sido siempre del bastardo desvalido.
—Es que adivinaba que el infante errante y perseguido sería antes de mucho el poderoso rey de Castilla y de León —dijo el pérfido Sandoval, evitando, con una astucia llena de delicadeza, el repetir a don Enrique el título de bastardo con que él mismo acababa de nombrarse.
El débil monarca guardó silencio algunos instantes, convencido a medias por las traidoras razones que empleaba, en daño del conde de Carrión, su actual privado don Nuño de Sandoval.
—¿Qué podía inducirle a tal creencia? —dijo al fin—. ¿Cómo podría prever don Álvaro que llegaría a ser mío el trono de mi padre?
—El conde de Carrión, señor, ha estado siempre demasiado informado de cuanto pasa en el reino para que le fuese desconocido el odio que todo él profesaba al cruel y sanguinario don Pedro; y su buen juicio le decía que, tarde o temprano, este odio acabaría por derribar del trono a vuestro hermano.
—¿Luego concedes talento, al menos, al conde de Carrión?
—Le concedo tanto, señor, que os encargo, con todas las veras de mi alma, que estéis muy sobre aviso y que no cedáis un punto ante él.
—En efecto —murmuró el rey—: si hay trama aquí, debe ser colosal, porque no se toma en boca como quiera la sangre real de Castilla.
El silencio no volvió a interrumpirse, hasta que ambos personajes llegaron a una casa de gran apariencia, situada cerca de la plaza mayor.
—Aquí es, señor —dijo don Nuño deteniéndose y preparándose a llamar—. Esta casa tiene todas las señas que me ha dado el escudero de don Álvaro.
—Llama pues, y ya sabes lo demás.
Sandoval sacudió fuertemente el aldabón, y a poco, una voz vigorosa preguntó desde adentro:
—¿Quién va?
—Dos caballeros que desean ver al conde de Carrión para un asunto muy importante —contestó don Nuño.
Notose que se alejaba la persona que había preguntado, y un instante después volvieron a sentirse pasos próximos; la puerta se abrió, y dos escuderos precedieron con bujías a don Enrique y su privado, hasta la estancia del conde.
Este se levantó cortésmente para recibir a su visita, y a una seña suya desaparecieron los servidores. El rey se despojó del manto y del sombrero, imitándole don Nuño, y ambos mostraron sus fisonomías al conde.
—¡Ah, señor! —exclamó este—, ¡cuán grande merced me hace V. A. dignándose honrar mi casa!
—Esta honra no debe ser nueva para ti, Álvaro, porque sabes que te la he concedido muchas veces —dijo el rey con dulce gravedad—; además, el caso que ahora motiva mi visita es harto importante también, y yo hubiera dejado a un lado toda clase de consideraciones, aun cuando no te amase como te amo.
—Ya sé yo que, en otro tiempo, me amaba mucho V. A. —dijo el conde con ternura, y fijando en los ojos del monarca los suyos humedecidos.
—Hoy te amo lo mismo, Álvaro, créeme: tu quebrantada salud te impidió permanecer a mi lado, pero hoy, que la creo recobrada, vengo a rogarte que vuelvas a él.
La frente de Sandoval enrojeció de ira, en tanto que la de don Álvaro brilló con un rayo de dicha.
—¡No volverá a ocupar sitio tan alto, por quien yo soy! —murmuró el primero.
—¡Dios os bendiga, señor! —exclamó el segundo con toda la efusión de su alma.
—Pero antes, Álvaro —continuó el rey—, antes es preciso que me aclares un terrible misterio que en vano me afano por comprender. ¿Dónde está esa joven que sacaste desmayada de mi alcázar esta noche?
—Cerca de nosotros, señor.
—¿Por qué le diste el título de infanta de Castilla?
—Permítame V. A. —dijo el conde—, que no le conteste hasta que estemos solos.
Y su severa mirada se posó en don Nuño, que la sostuvo con altanería.
—¿Por qué? —preguntó el monarca, en cuyos ojos chispeaba ya la ira.
—Por razones que luego aprobará V. A.
—Salid, Sandoval —dijo el rey a su favorito, que se mordió los labios hasta hacerse sangre.
—La joven a quien esta noche di el título de infanta de Castilla, lo es efectivamente, señor —dijo el conde así que la puerta se hubo cerrado, y después de asegurarse por sí mismo de que don Nuño no podía oírle—. Es hija, como V. A., de don Alonso XI y de doña Leonor de Guzmán.
—¡Mientes, miserable! —gritó el rey, levantándose con los puños crispados y los ojos brillantes de furor, al oír las terribles palabras que acababa de proferir el conde—. ¡Mientes, sí, y tu solo designio es apartar de mí a esa mujer, que te juro ha de ser mía!
—Berenguela es hermana de V. A., señor, y por la memoria de su padre os juro yo también que jamás será vuestra manceba.
El rey y el anciano conde se encontraron en pie, frente a frente, en actitud amenazadora y lanzándose miradas iracundas.
—¡Pruebas de lo que dices! —murmuró don Enrique con voz sofocada.
—Ninguna existe: vuestro padre me confió la infanta, fiando solo en mi honradez.
—¿Quieres hacerme creer que un padre abandona a su hija, sin darle una seguridad para el porvenir?
—Don Alonso no abandonó a su hija, confiándola a mi cuidado.
—Escúchame, Álvaro —dijo el rey, haciendo un violento esfuerzo para serenarse—: basta lo que has dicho para que yo desista del propósito de hacer mía a esa joven; basta, sí, el haberte oído decir que era hermana mía, para cambiar la naturaleza de mi pasión... Pero nada hay en el mundo capaz de apagarla. Ella es la única mujer que ha hecho latir mi corazón... la única que ha despertado mis pasiones dormidas... Cuando la encontré en mi camino, ya estaba próximo a desistir del propósito de apoderarme del trono de mi hermano, porque ningún monarca cristiano quería ayudarme en mi empresa; pues bien, por esa mujer doblegué mi altivez hasta pedir auxilio a la Francia; por esa mujer, sin dinero, y casi sin soldados, me propuse ser rey: sí, por ornar su frente de grandeza, ambicioné el trono de Castilla, y para conseguirlo hundí mi daga en el pecho de mi hermano. Por ella he arrostrado los remordimientos que sin cesar me persiguen, y estos remordimientos, Álvaro... ¡solo en su presencia se aduermen o se acallan!...
—¡Desdichado! —murmuró el conde de Carrión, cubriéndose el semblante con las manos.
—Sí, tienes razón, Álvaro, soy muy desdichado: no intentes, pues, quitarme el único bien que me resta... Dame esa mujer, Álvaro, dámela; yo te juro que, aunque no creo que es hermana mía, la respetaré como a la madre de Dios: ni aun mi mano tocará a la suya... Solo quiero que viva bajo el mismo techo que yo; tan solo ansío hablarle todos los días, ver cerrar sus párpados al sueño, verla despertar... beber en sus ojos la vida, y en su dulce sonrisa la tranquilidad que falta a mi conciencia... ¡Álvaro, Álvaro..., yo necesito a esa mujer!...
—Yo no puedo dárosla, señor.
—¡Vive Dios!...
—Es vuestra hermana.
—¿Quién me lo asegura?
—Mi palabra de cristiano y caballero.
—¡No me basta! —gritó el rey ebrio de furor—. ¡No me basta, villano, porque tu ambición actual ha ahogado tu antigua hidalguía!...
—¡Ah!... —exclamó el conde, llevando ambas manos al corazón, como si hubiera recibido en él un golpe mortal. Y el infeliz anciano rompió a llorar amargamente.
Mas el rey no pudo reparar en el efecto que su cruel injuria había producido: furioso como el león encerrado en una jaula, daba vueltas por la estancia lanzando sonidos inarticulados.
—¡Berenguela! —gritó al fin—, ¡Berenguela...! ¿Dónde estás que no oyes mi voz...?
Y arrojándose casi falto de razón a la puerta de la estancia, la abrió impetuosamente, y echó a correr por las largas galerías llamando a la infanta con voces descompasadas.
—¡Deteneos...! —gritó el conde que le seguía de lejos, y que le vio pararse junto a una puerta cerrada que ocupaba el extremo de una galería. Pero era tarde: la puerta, sacudida por el frenético Enrique, se abrió de par en par, presentando a la vista el aposento de la infanta.
—¡Hola, Sandoval! ¡Mis ballesteros aquí! —gritó el rey antes de penetrar en la estancia.
Don Nuño salió de otro aposento cercano, atravesó la galería, y desapareció en la escalera, alumbrado por teas de resina.