II

Los cortesanos no quisieron avanzar, a fin de que su presencia no embarazase a los soldados.

—Se acabó —dijo uno al ver que el coloquio entre estos y la joven se prolongaba—; de ahí no pasa.

No fue así, sin embargo: quitose la doncella su riquísima diadema, y la mostró a los soldados diciendo algunas palabras; a la vista de aquella joya, se apartaron, abriéndole paso y pudo llegar hasta la suntuosa escalera, tapizada e iluminada.

Allí había otra guardia: Berenguela presentó la diadema que conservaba en la mano, y pasó también, llegando hasta el peristilo. Su talismán le abrió paso igualmente por enmedio de los soldados, escuderos y pajes que llenaban las galerías y que la miraban asombrados.

En el momento en que Berenguela ponía el pie en la primera antecámara, el reloj del alcázar dio lentamente las nueve de la noche: el eco de los clarines y atabales que retumbó en los patios se confundió con las últimas vibraciones de la campana, y anunció a los nobles que habían llegado las embajadas, y que estaba abierta audiencia.

Consternados los cortesanos por haber faltado a la etiqueta, aceleraron su marcha y penetraron en la cámara real, a fin de rodear el trono antes que llegasen los embajadores, que ya subían la escalera.

Berenguela los vio pasar uno a uno tranquilamente, y siguió en pos de ellos, abriéndole paso su corona de perlas.

Enrique II recibió a los cortesanos con su grata y benévola sonrisa, a pesar de su tardanza: estaba sentado en el solio, y vestía un riquísimo traje de ceremonia; su túnica de púrpura, larga hasta la garganta de sus pequeños pies calzados con borceguíes de brocado bordados de oro, estaba bordada igualmente en su derredor de riquísima pedrería, y sujeta con un ceñidor de oro; llevaba el manto real prendido en el hombro derecho con un broche de diamantes, y su corona era de una riqueza deslumbradora.

Sentada junto a Enrique II estaba su esposa, vestida con un suntuoso traje de seda y oro, y recogidos sus rubios cabellos en una redecilla de corales, que remataba, junto a la frente, en una corona de oro y pedrería.

Ya que hemos hecho el retrato del rey cuando enamoraba a Berenguela bajo el fingido nombre de Florestán, digamos algo de la reina, de esa bella y virtuosa princesa, tan injustamente olvidada por casi todos los historiadores.

Llegaría apenas doña Juana a los veinte años: era de estatura más bien baja que alta, y de formas delicadas y esbeltas; la pura y suave blancura de su semblante oval estaba animada por sus grandes ojos azules y límpidos que brillaban bajo los tendidos arcos de sus cejas pobladas, sedosas y de un hermoso color castaño; sus cabellos, también castaños y abundantes, estaban peinados en gruesas trenzas, y se escapaban por debajo de la red en numerosos rizos; formaba su boca un arco de coral, y su nariz parecía robada al rostro de una estatua griega.

En su bella y simpática fisonomía solo se descubría el sello de la más dulce bondad, cuando estaba tranquila; no obstante, el orgullo era la pasión dominante en el alma de aquella joven, y al más leve choque, chispeaban sus ojos, encendíanse sus mejillas, y su frente se cubría de un subido carmín.

Sabía que don Enrique se había casado con ella por razones de estado, una de las cuales fue el deseo de procurarse el auxilio de su padre don Fernando Manuel, poderoso señor, que más de una vez le libró de las asechanzas del rey su hermano, y aunque a la sazón solamente contaba doña Juana doce años, no se escaparon a su perspicacia las miras del infante al unirse a ella.

La hija de don Fernando Manuel, retirada en uno de los castillos de su padre desde el día de su casamiento, no pensó en su esposo durante los tres primeros años de su matrimonio: mas al cumplir quince, su orgullo de mujer y su dignidad de princesa se rebelaron, y escribió a don Enrique que quería reunirse a él. Sabido es que, al ir a donde su esposo la esperaba, cayó en manos del rey don Pedro, y que este la retuvo en su poder hasta que uno de sus camareros se la robó, seducido por el oro de don Enrique, y la acompañó hasta Aragón, donde se hallaba el infante.

Poco tiempo después volvió a separarse de ella por el nuevo giro que tomaron los negocios políticos. Doña Juana permaneció en la corte de Pedro IV el del Puñal, y en vano todos los magnates de Aragón rindieron un tributo de amor a su belleza: la condesa de Trastamara, que ya había dado a luz al infante don Juan, se mantuvo fiel a su esposo, escudada por su austera virtud, no obstante su tierna edad, y permaneció en Zaragoza hasta la muerte de don Pedro I de Castilla. Entonces marchó a Burgos para asistir a la coronación de su esposo por rey de Castilla y de León; mas aunque sospechaba todas las intrigas amorosas, en que tan fecunda fue la juventud de don Enrique, y aun llegó a saber algunas con certeza, no le habló, a fuer de mujer orgullosa, de ninguna de ellas, y siguió amándole, no con pasión, pero sí con el tranquilo cariño que siempre le había profesado; además, nada sabía de los amores de Berenguela, que era realmente la única mujer, inclusa la suya, que había logrado conmover hondamente el corazón del versátil Enrique II.

Perdónesenos esta digresión, necesaria para dar a conocer algún tanto a la reina de Castilla en el momento de presentarla a nuestros lectores, y volvamos a ocuparnos de la cámara real.

A la derecha del rey estaba en pie un rico-hombre, que tenía en los brazos al infante don Juan, vestido de gala.

No bien acababa de colocarse cada uno en el sitio marcado por la etiqueta, cuando se oyó a lo lejos un confuso murmullo, mezclado con voces de mujer. Era que la guardia de la antecámara no dejaba pasar a Berenguela.

Miráronse los cortesanos haciéndose señas de inteligencia; mas el rey, absorto en acariciar a su hijo, que reía a carcajadas, no se apercibió de ello. Divertíase el monarca en golpear con su cetro las tiernas mejillas de su hijo, y el frío contacto del oro redoblaba la risa del infante, en vez de hacerle llorar: diríase que el regio niño adivinaba que aquel juguete era el signo de su futura grandeza.

Pero, al fin, creció tanto el tumulto y se percibieron tan claros los sollozos de una mujer, que el rey levantó la cabeza, y doña Juana escuchó con atención.

—Id a ver qué sucede, Hernández —dijo don Enrique a un joven gentilhombre, que salió al instante.

Mas aún no había tenido tiempo de llegar a la antecámara, cuando se oyó la severa voz de Álvar Pérez de Guzmán, capitán de guardias del rey.

—Yo os mando que la dejéis pasar —gritó con acento que no admitía réplica—. Hace once meses que S. A. me dio terminantemente esa orden, y yo ni olvido ni contravengo jamás las órdenes del rey.

El murmullo cesó, y un instante después se precipitó Berenguela en la cámara real.

Venía la infeliz pálida y desmelenada; sus desnudos y heridos pies dejaban en pos de ella sangrientas huellas; sus delicadas muñecas estaban enrojecidas por los bruscos estrujones de los soldados, y su espalda, que pudiera servir de modelo para una Venus, estaba macerada y llena de manchas cárdenas, muestra clara de los golpes con que la habían maltratado; en su hombro izquierdo se veía una ancha y profunda herida, que, por su forma particular, atestiguaba haber sido hecha por una daga.

Solo el semblante se conservaba puro, hermoso, sublime: aquella criatura, arrojada así en medio de aquella regia magnificencia, entre aquellos torrentes de seda, luz y pedrería, parecía el ángel del dolor, enviado por Dios para advertir a los grandes de la tierra lo engañoso de los goces mundanos.

Berenguela llegó al centro del salón de embajadores y no se inmutó, ni dio muestra alguna de asombro; tendió su vista por toda la estancia, y dio algunos pasos más hacia el grupo que rodeaba el trono, el cual estaba situado en el extremo de la cámara que daba frente a la puerta de entrada.

Entonces sus grandes y tristes ojos se fijaron en el solio y en la persona que le ocupaba como el punto más culminante; durante algunos momentos, clavó sus miradas con indefinible afán en el rostro del monarca, que se había puesto en pie al verla entrar, y por fin se dejó caer en sus brazos, gritando con un acento arrancado a lo más íntimo de sus entrañas:

—¡¡Florestán!!...

Los nobles se miraron unos a otros, atónitos y consternados: habían adivinado quién era el amante de la desdichada niña, y cuál era la causa de su enajenación mental; habían visto a la reina levantarse ante aquella aparición, con los ojos espantados, y su fisonomía descompuesta les presagiaba que pronto debía estallar el huracán que destrozaba su alma.

En cuanto al rey, la sorpresa le había dejado inmóvil al ver entrar a Berenguela; mas al eco dulce de aquella voz, un mundo de profundas sensaciones y de tiernísimos recuerdos se levantó en su alma, y abrió sus brazos a la doncella, que reclinó en el pecho del rey la abatida cabeza.

—¿A qué has venido aquí, pobre niña? —murmuro don Enrique al oído de Berenguela.

—He venido a buscarte, Florestán... —dijo la joven con el acento débil, lento y dulcísimo que le era peculiar—, ¡te he esperado tanto tiempo!... y luego... cuando perdí la esperanza de que volvieras, creí que enviarías a buscarme y torné a esperar con paciencia... pero me sentía morir y he querido verte... ¡antes de dejar este mundo!...

Apenas se percibieron las últimas palabras de la doncella, su palidez se hizo más intensa, y quedó inmóvil y yerta entre los brazos del rey.

—¡Don García de Albornoz! —gritó la reina dirigiéndose a su capitán de guardias—: ¡quitad de mi vista a esa mujer!

—¡Sus señorías, los enviados de la buena ciudad de León! —anunciaron los camareros, levantando los tapices de la puerta, para dar paso a una brillante comitiva de arrogantes caballeros, con los blasones de León en las vestas.

—¿No me habéis oído, don García? —repitió doña Juana irguiéndose altanera al ver que el capitán permanecía inmóvil y que los embajadores de todos los países, que ya llenaban el salón, contemplaban suspensos el extraño espectáculo que ofrecía aquella mendiga en los brazos del rey—. ¡De orden mía detened presa a esa mujer!...

Adelantose don García con inseguro paso hasta las gradas del trono, y esperó a que el rey le entregase a Berenguela.

—¡Atrás, señor capitán! —gritó con imperiosa voz un caballero leonés que salió del grupo de los enviados—. ¡Paso al conde de Carrión! ¡Nadie más que él puede guardar a la infanta de Castilla!

—¡La infanta de Castilla! —repitió la reina con temblorosa voz, y dejándose caer en su asiento.

Entonces, aprovechándose el conde del asombro que esta revelación produjo en el rey, tomó a Berenguela en sus brazos, y atravesó con ella el salón por enmedio de la asombrada multitud.