I

Era cerca del anochecer, y un frío intenso se dejaba sentir en las calles de Toledo. Elevábase soberbio el alcázar de los reyes de Castilla, y sus estancias se iban iluminando poco a poco.

Aquel suntuoso edificio, tan silencioso y lúgubre durante el reinado de Pedro I, como todos los que este habitaba, veíase ahora risueño y animado: a los terribles ballesteros de maza, había sucedido la elegante guardia de Enrique II el Dadivoso; a las sombrías figuras de los escuderos de don Pedro, los hermosos pajes y los gallardos donceles, algunos de los cuales llevaban su laúd para divertir los oídos de la hermosa reina, que se solazaba en extremo con sus trovas, o para acallar el llanto del infante don Juan, niño de pocos años.

A través de los tapices mal corridos de los balcones se dibujaba de cuando en cuando la esbelta y graciosa figura de una dama de honor que pasaba al tocador de la reina; otras veces un camarero atravesaba los salones con una lámpara encendida en cada mano, despidiendo la brillante llama mil chispas, al reflejarse en el oro luciente del pebetero que la contenía.

Aquella noche había gran recepción en el alcázar. Enrique II recibía a todos los embajadores de la naciones aliadas, y a todos los enviados de las ciudades de sus reinos que no habían podido aún felicitarle por su advenimiento al trono, a causa de su vida errante; además, él mismo había aplazado esta ceremonia para cuando se reuniese con su muy amada esposa doña Juana Manuel, bella y angélica criatura, que solo contaba veinte años de edad.

Tres días después de llegar la reina y el infante a Toledo, a donde habían ido desde Burgos, se reunió con ellos don Enrique, dejando a Sevilla después de convocar cortes en aquella ciudad, y de hacerse reconocer por ellas.

En la tarde de que vamos hablando hacíanse grandes preparativos en el alcázar: la audiencia estaba señalada para las nueve de la noche, y el salón de embajadores quedó a las siete magníficamente decorado e iluminado.

Era el día 4 de marzo: la luna clara y hermosa iluminaba los góticos torreones del alcázar, que se dibujaban en el empedrado pavimento.

A las ocho empezaron a llegar los cortesanos, prelados y ricos-hombres del reino, cada uno con lucido séquito de pajes, donceles y escuderos; algunos se detuvieron a las puertas del alcázar, formando grupos y entreteniéndose en varias conversaciones.

De súbito, un confuso rumor los hizo enmudecer, y bien pronto no fue solo el oído el sentido que les quedó suspenso, porque fijaron todos sus ojos en el extraño espectáculo que se les presentaba.

A la luz de la luna, divisaron a una mujer que corría, perseguida de cerca por una turba de muchachos: la infeliz llevaba los pies descalzos y ensangrentados, y cuando se aproximó a los nobles, todos ellos pudieron ver que estaba flaca y pálida en extremo.

Los traviesos muchachos la seguían cada vez más de cerca, gritando descompasadamente:

—¡La loca...! ¡La loca...!

Por fin llegó la desdichada a las puertas del alcázar: casi muerta de terror y de fatiga, fue a refugiarse en el grupo de ricos-hombres que tenía más próximo y, dejándose caer de rodillas, gritó con voz lenta y sofocada:

—¡Tened piedad de mí...! ¡Me arrojan tantas piedras...! ¡Me lastiman tanto...! ¡Van a matarme...!

—¿Quién es esta mujer? —preguntó don Pedro González de Mendoza a don García de Albornoz.

—No sé —contestó el interpelado—. No la conozco... ¡Calle!.. Se ha desmayado, aquí, a nuestros pies... ¡Estamos bien, por Dios!

—¿Cómo bien? Vámonos y...

—¿Dejándola así?

—¡Pues no! ¿Qué queréis hacer con ella?

—¡Pobre infeliz! —murmuró don Pedro Gutiérrez—: veamos siquiera qué cara tiene.

El caballero levantó la cabeza de aquella desgraciada, la apoyó en sus rodillas, y la luna iluminó de lleno el semblante que quería ver.

—¡Por Dios Santo, que es el ángel más hermoso que puede hallarse en la tierra! —exclamó don Pedro—. ¡Qué cabellera tan sedosa, negra y rica! ¡Qué ojos, aun cerrados! ¡Qué tez! ¡Qué facciones todas! ¡Este divino rostro tiene un conjunto de sublimidad, sencillez y misterio, que yo no he visto jamás!

Bien hubiera podido seguir en sus alabanzas durante largo rato el caballero, sin que nadie le interrumpiese; los cortesanos contemplaban absortos la soberana belleza de aquella joven, a quien los muchachos llamaban la loca.

Parecía no pasar de esa dichosa edad en que el corazón vive solo de ilusiones: su traje de luto era el de las villanas de Castilla, pero destrozado y hecho giras; sus piececitos, que cabían en una sola mano de aquellos grandes señores, y que parecían formados de mármol de Carrara, estaban descalzos, y cruzados por sangrientos surcos; sus brazos y sus manos eran delgados en extremo, sin que por eso hubieran perdido sus suaves y hermosos contornos; sus largos cabellos negros, lucientes y rizados, estaban destrenzados, envolviéndola como en un manto de seda, y se veían ceñidos por una riquísima joya de extraña forma: era una diadema de tres hilos de gruesas perlas, abrazadas en medio por un joyel de diamantes de incalculable valor.

—¡Soberbia alhaja! —dijo uno de los prelados—: mirad qué divino contraste hacen esas perlas, con el azabache de su cabellera.

Un movimiento de la joven fijó la atención de todos: abrió los ojos y dirigió en torno suyo una mirada de asombro y de aflicción; levantando después la cabeza, apartó los abundantes rizos que cubrían su frente y observó medrosa toda la extensión de la plaza.

—¡No están ya...! ¡Gracias a Dios que se han ido! —murmuró, exhalando un suspiro de consuelo.

—¿A quién buscáis, niña? —preguntó don García de Albornoz.

—Miraba, señor —contestó con voz dulce y triste, si me esperaban aún aquellos muchachos que tanto me han maltratado.

—No los temáis, ya los hemos hecho huir.

—¡Ah, gracias, señores, gracias! —exclamó ella cruzando las manos—. ¡Dios os lo pague!

—¿De dónde venís, niña?

—De Burgos.

—¿Cómo os llamáis?

—Berenguela.

—¿Berenguela de qué?

—Creo que no tengo apellido: a lo menos no lo conozco yo.

—¿Qué edad tenéis?

—Diecinueve años.

—¿Qué venís a hacer a Toledo?

—He venido a buscar a Florestán.

—¿Quién es Florestán?

—Un hombre que me amaba mucho, y a quien yo amo con toda mi alma.

—Para estar loca —dijo un obispo—, habla con demasiado concierto.

—¡Loca! —repitió Berenguela estremeciéndose—. ¿Verdad que no estoy loca, señor? ¡Oh, decidme, por Dios, decidme todos que no! ¡Loca, loca! Mi madre aseguraba que lo estaba, y por no perder la razón, a fuerza de oírselo decir, huí de Burgos... y ahora en los tres días que voy recorriendo todas las calles de Toledo en busca de Florestán, las gentes que me ven ¡me llaman también la loca, me persiguen y me maltratan...!

—¡Pobre joven! ¿y a dónde os dijo Florestán que se iba?

—Él se fue con el rey de Castilla cuando salió de Burgos, hace trece meses: con el rey debe estar, y yo he oído decir que S. A. está en Toledo. ¿Podéis, buenos señores, decirme dónde vive?

—¿Quién?

—El rey.

—Aquí —dijo sonriendo y señalando al alcázar uno de los cortesanos.

—¡Ah, pues entonces aquí encontraré a Florestán! —gritó Berenguela, precipitándose hacia la puerta y penetrando en el primer patio.

—¡Buena la habéis hecho, don Nuño! —dijo González de Mendoza—: por culpa vuestra va a armarse un escándalo en el alcázar.

—No la dejarán pasar —dijo otro noble—; pero sigámosla de cerca: esa pobre niña me interesa.

Los nobles siguieron a Berenguela y se detuvieron observando en el patio primero, donde, en efecto, ya la habían detenido los primeros guardias del rey.