IV

LA HILDALGUÍA ESPAÑOLA

Largo rato hacía que el duque del Infantado estaba absorto en un profundo asombro: miraba a Velázquez como miramos a un ser de una naturaleza superior, porque, si bien las licenciosas costumbres de la corte de Felipe IV le habían estragado el corazón, era todavía bastante capaz de comprender toda la nobleza del artista.

—¿Es, pues, esa joven que trajisteis de Flandes la que hoy pasa por hermana vuestra, y que con tanto cuidado recatáis de las miradas de todos? —preguntó al fin al pintor.

—Sí, señor don Juan —contestó este—; hace un año que Ana vive a mi lado bajo la continua vigilancia de mi esclavo mulato Juan de Pareja; y aunque habita dentro de palacio, no han profanado su belleza los ojos atrevidos de ninguno de esos licenciosos y depravados cortesanos.

—¿Por qué no la habéis enviado, según ofrecisteis a su madre, a Sevilla, al lado de doña Juana?

—¡No puedo! ¡Oh, no puedo separarme de ella!

—¿Luego la amáis?

—¡Más que a mi gloria! —exclamó el artista elevando al cielo una mirada cubierta de ardientes lágrimas.

Un largo silencio siguió a aquel grito escapado del alma generosa del pintor. El duque permanecía inmóvil y pensativo: mucho debía amar a Velázquez aquel orgulloso cortesano, cuando de tal manera le preocupaban sus dolores.

En aquel instante, el caballero que los acechaba se alejó con ligero paso; mas a pesar del cuidado con que hasta entonces se había recatado, cualquiera que le hubiera visto al pasar por delante de una de las tiendas próximas, cuyas luces iluminaron de lleno su semblante, hubiera reconocido en él las severas facciones de don Gaspar de Guzmán y Pimentel, conde-duque de Olivares.

—Ya tengo una buena nueva que dar al rey —murmuró desapareciendo rápidamente en las sombras de la alameda.

—Os confieso, don Diego —dijo al fin el duque rompiendo el silencio—, que no concibo tanta nobleza y generosidad como encuentro en vuestra conducta. Amáis a una mujer, la tenéis en vuestro poder sin trabas y sin conocer a nadie que os pida cuenta de ella, y la respetáis por la súplica de una madre que quizá sea ficticia, puesto que no tenéis prueba alguna de que la autora de esa carta sea efectivamente la mujer a quien Ana debe la vida.

—¡Ah!, examinad esa carta —exclamó Velázquez mostrando al duque la que leyera pocos momentos antes—; examinadla y os convenceréis de que solo una madre pudo dejar así la huella de esas anchas lágrimas tan ardorosas como las gotas que preceden a una tempestad... de que solo la mano de una madre tiembla del modo que debía temblar la de la mujer que ha trazado estas líneas... Pero, ¡ay! —continuó Velázquez guardando de nuevo la carta, y llevando a su frente sus manos cerradas con un desesperado movimiento—, ¡ay de mí!, nada he conseguido con mi sacrificio: el rey ha visto a Ana hace tres días, y he comprendido demasiado que está ciegamente enamorado de ella.

Al escuchar estas palabras, se levantó el duque y miró con recelo a todas partes; algunas enamoradas parejas cruzaban por la enramada, y no era difícil que oyesen las palabras del pintor.

—Volvamos a Madrid, Velázquez —dijo acercándose de nuevo a este—. Nuestra conversación se ha hecho muy seria para que podamos continuarla aquí, por el grave riesgo que corremos de ser oídos.

En seguida tomó familiarmente el brazo del artista, y se dirigió con él a su coche, cuyos caballos tomaron al trote el camino de Madrid así que el duque y Velázquez se hubieron acomodado en él.

—¿Cómo ha visto el rey a esa joven? —preguntó el duque, no bien el ruido del carruaje pudo apagar un tanto su voz.

—Mil veces me había preguntado por mi hermana, exigiéndome que se la presentase, pero yo había conseguido excusarme con diferentes pretextos. Hace tres días entró de improviso en mi estudio, del cual tiene llave desde que me concedió el título de pintor de cámara, y nos sorprendió estando yo haciendo el retrato de Ana: a su vista quedó mudo de asombro, y apenas acertó a pronunciar una palabra. La inocente niña, por el contrario, no manifestó la menor sorpresa.

—¿Quién es este señor tan hermoso? —me preguntó.

—S. M. el rey —le contesté—, casi sin saber lo que decía.

Entonces el rey le tendió la mano, que ella, completamente ignorante de toda etiqueta, no se cuidó de besar, contentándose con estrecharla levemente como si fuese la de un antiguo amigo.

—Voy a nombrar a tu preciosa hermana dama de honor de la reina, Velázquez —me dijo el rey poco después, sin apartar sus ojos de Ana.

—Suplico a V. M. que no haga tal cosa —contesté yo rojo de indignación.

—¿Por qué?

—Porque nunca consentiré en que admita semejante merced.

La mirada con que acompañé estas palabras debió traducir al rey mi pensamiento, porque la dulce expresión de sus ojos dejó lugar a otra llena de cólera. Un instante después salió de mi estudio cerrando la puerta con violencia.

Todo lo temo —continuó el artista—, todo lo temo del carácter del rey, y solo confío en la vigilancia del mulato, que es para Ana y para mí un perro fiel.

—Confiad también en mi amistad, don Diego —dijo el duque estrechando afectuosamente la mano del pintor.

—¡Gracias, señor don Juan! —contestó este—. Pero lejos de que yo me valga en esta ocasión de vuestra amistad, os suplico, con todas las veras de mi alma, que aparentéis que se ha enfriado la vuestra, o que me la negáis por completo. Sospecho que voy a caer del pedestal en que momentáneamente me colocó la fortuna, y os amo demasiado para envolveros en mi ruina.

El coche llegaba entonces al palacio del duque; mas este, embargado por la honda conmoción que le causaron las generosas frases de Velázquez, no lo advirtió siquiera hasta que los caballos se detuvieron.

—¡Alma noble! —exclamó rodeando con sus brazos el cuello del artista—: no temáis las iras de la suerte; no haré en público nada por vos, porque, como decís muy bien, sería envolverme en vuestra ruina; pero yo os conservaré en ese pedestal que tan honrosamente habéis conquistado, y del cual quiere arrojaros una mano.

En aquel instante fijó su mirada por casualidad en un caballero que pasaba a la sazón junto al coche: era el conde-duque de Olivares, que marchaba apresuradamente hacia palacio y que, al escuchar las últimas palabras del duque, redobló el paso hacia el alcázar real.

El duque entró en su casa, y ordenó a su cochero que condujese al artista a palacio, donde, según se ha dicho ya, tenía aposento.

Velázquez se dirigió a su habitación: diez minutos después de entrar en ella, don Gaspar de Guzmán y Pimentel penetraba, sin anunciarse, en la cámara de Felipe IV.