V
REY DE NOMBRE Y REY DE HECHO
Escribía el rey sentado delante de una pequeña mesa cubierta de papeles, y su obra debía ser en verso, según lo atestiguaban sus desiguales renglones, y el cuidado que ponía en medirlos contando sus sílabas con los dedos.
Al sentir los pasos del conde-duque, levantó la cabeza y mostró su gracioso semblante, pálido y marchito como si estuviera falto de reposo.
En efecto, Felipe IV hacía tres noches que no cerraba los ojos, pensando en la hermana de su pintor de cámara.
El rey de España tendría unos veinticinco años, era de estatura mediana, tez trigueña y hermosos ojos; su nariz, un tanto encorvada, era, quizá por este mismo defecto, la facción más graciosa de su rostro; sus cabellos castaños bajaban en ondas brillantes hasta su cuello de batista lisa, y su bigote retorcido, acababa de dar a su fisonomía aquel carácter de época que en vano se ha procurado después imitar.
Su pie, encerrado en un zapato de alto tacón y cubierto con un gran lazo, era lindo, pequeño y arqueado; sus manos, blancas y delicadas, salían de entre ricos encajes, y su ropilla de terciopelo negro marcaba bien su alto y hermoso pecho, y su talle gallardo y redondo.
Llegaría apenas el de Olivares a su noveno lustro, y sus facciones, severas y duras, retrataban bien su carácter dominante, pero estaban dotadas al propio tiempo de tan admirable flexibilidad, que cambiaban instantáneamente de expresión sin que pareciese costarle el más pequeño esfuerzo.
Vestía con mucha mayor suntuosidad que el rey, y era más corpulento y de estatura más elevada. Hasta la puerta de la cámara real, sus cejas, violentamente contraídas, y la iracunda expresión de sus ojos hubieran patentizado al observador menos inteligente la ira que fermentaba en su alma; mas, al aparecer ante el rey, retrataron sus facciones un gozo tan sincero que hubiera engañado al más sagaz.
A la primera mirada que el rey fijó en el semblante del de Olivares, a la alegría de las facciones que este reflejó en las del monarca, como en un espejo, se levantó presuroso.
—¿Me traes alguna buena nueva? —preguntó ansiosamente.
—La mejor que puedo dar a V. M.
—¿Cuál?
Don Gaspar fue afectando sumo cuidado a la puerta secreta del dormitorio, y la cerró sin causar el menor ruido; hizo otro tanto con la que comunicaba con el tocador del rey y con la que daba a la antecámara, y luego volvió cerca del monarca.
—Siéntate —dijo este al de Olivares, señalando un sillón a su lado y volviendo a ocupar el suyo.
—¡Señor! —murmuró el conde-duque afectando gran confusión.
—Siéntate —repitió el rey en cuyos ojos brillaba la ansiedad.
Obedeció don Gaspar de Guzmán: luego se aproximó al rey, y dijo recalcando las palabras, y escudriñando con una mirada profunda el efecto que producían en su semblante:
—Señor, la joven que pasa por hermana de Velázquez no lo es.
—¿Qué?, ¿cómo? —exclamó el rey impetuosamente.
—Que la joven y linda Ana es la querida de Velázquez.
Una viva alegría iluminó el semblante del rey, pero aquella expresión fue borrada bien pronto por otra de amargo y profundo desaliento.
Felipe IV amaba sinceramente a la joven, y la noticia de su degradación le causó tan intenso dolor que ahogó la esperanza que aquella misma degradación le hizo concebir de hacerla suya.
—¡Conque no es su hermana! —murmuró sin pensar quizás en lo que decía.
—Es una joven que se trajo de Amberes, cuando, llevado por el deseo de conocer a Rubens y de estudiar sus obras, fue a aquella ciudad.
—¡Ah!, a propósito... —exclamó Felipe IV con la ligereza de carácter que le era habitual—, Rubens viene.
—¡Que viene Rubens! —repitió el conde-duque que, acostumbrado a dominar enteramente a Felipe IV, no podía sufrir junto al rey a ninguna persona que ejerciese en su ánimo la influencia más leve—. ¡Que viene Rubens! ¿Y a qué?
—Le envía mi tía, la infanta gobernadora de Flandes, para que le dé mis instrucciones acerca de las negociaciones de alianza entre España e Inglaterra, y creo que le trae también el deseo de conocer a Diego Velázquez, cuya fama se ha extendido ya por todo el mundo, y a quien solo conoce por la correspondencia que sostiene con él, desde que a su vuelta a Amberes supo que Velázquez había ido allí solo por verle y no había podido conseguirlo. Mi tía, la infanta doña Isabel, me encarga en su carta que procure divertirle, pues hace un año que le consume una melancolía profunda.
Al hablar el rey de la tristeza de Rubens, la nube de dolor que por un momento había desaparecido de sus facciones, volvió a invadir su semblante; el favorito guardó silencio algunos instantes como para dar lugar a que el desaliento se apoderase de su alma por completo.
—Creo, señor —dijo por fin—, que el amor de V. M. por esa joven es más serio que ninguno de los que V. M. ha sentido hasta aquí.
—Tienes razón: mis pasados galanteos solo merecen el nombre de caprichos, comparados con lo que siento ahora... ¡Ah... es tan bella, tan joven, tan adorable!...
El favorito sonrió con desdén: iguales elogios había escuchado mil veces de la boca del rey tratándose de otras mujeres olvidadas ya desde hacía mucho tiempo; por cuya razón jamás fundó su privanza en los amores del monarca: sabía que ninguna mujer reinaba más de un mes en el voluble corazón de Felipe IV.
De súbito un pensamiento más grave frunció sus espesas cejas; pero su meditación duró breves instantes, volviendo a aparecer en su fisonomía la expresión de calma desdeñosa que le caracterizaba.
—El corazón de esa niña será muy pronto de V. M. —dijo al rey, que levantó la cabeza al oírle, meciéndola tristemente.
—¡Quizá no! —murmuró—. Mucho debe amar a Velázquez cuando tan fielmente guarda el secreto de su fingida hermandad.
—¡Bah!, ¿no hemos conquistado otras beldades tan enamoradas como esa niña pudiera estarlo? Y digo pudiera, porque no lo está: ella se cree verdadera hermana de Velázquez, y como tal vive con él.
Al escuchar las palabras del infame favorito, levantose Felipe como impulsado por un resorte, y con el rostro radiante de alegría aproximose al conde-duque y tomó sus manos, que estrechó con frenesí.
—¿Cómo has hecho para adquirir esas noticias? —exclamó—. ¡Oh, habla... habla... dímelo y luego pídeme lo que quieras para recompensar tu celo!...
—No se tome V. M. el trabajo de indagar el que me ha costado a mí adquirir esas nuevas que tan agradables son a V. M. —contestó el privado siguiendo la provechosa costumbre que había adoptado de hacer sus servicios todo lo posible misteriosos—; en cuanto a mi recompensa, es sobrado grande con la alegría que he proporcionado a V. M.
—Acepta, sin embargo, esta sortija como una prenda de mi gratitud —dijo el rey sacando de su dedo anular un magnífico cintillo de diamantes y perlas, y poniéndole él mismo en el del conde-duque.
Inclinose don Gaspar profundamente, y el rey continuó:
—Estoy decidido a hacer mía a esa joven; pero, te lo confieso, no quisiera romper con Velázquez a quien amo de veras.
—Sin que rompa con él V. M., y sin romper yo, que le amo también, mañana a estas horas estará en mi casa la joven Ana.
—¿Pero no sabes que mañana al amanecer salimos para el Escorial?
—Saldremos todos, incluso Velázquez: pero Ana se quedará aquí, en mi casa, según he dicho a V. M.
—Mas la reina se queda también en Madrid, porque la delicada salud de mi hija María Teresa le impide acompañarnos.
—Lo sé; pero nada tema V. M.: no bien quede la corte instalada en el palacio de San Lorenzo, volveré yo aquí y me llevaré a la flamenca en un coche cerrado, conduciéndola a las habitaciones que allí me ha señalado V. M.
—¿Cómo podré yo pagarte tanto celo?
—Conservándome un lugar en el corazón de V. M.
—¡Siempre, siempre será tuyo!
El favorito no hizo, al parecer, gran caso de la protesta real: inclinose fría y ceremoniosamente, y salió de la cámara con paso grave y mesurado.