VI

ISABEL DE BORBÓN

—Resumamos —decía para sí el de Olivares, en tanto que se encaminaba lentamente a la cámara de la reina—, resumamos: el rey queda enteramente alucinado por mí, y le parece que nada ha hecho para probarme su gratitud, aun después de haberme dado un tesoro en este anillo; la reina me va a servir para robar a la niña sin que yo intervenga en nada, y de este modo consigo guardar pura a la pobre Ana, a la cual tanto ama mi querido Velázquez, y librarme de mi rival el duque del Infantado, que quiere proteger a la flamenca. Mis negocios van perfectamente.

Al decir estas palabras, llegaba a la puerta de la cámara de la reina, y se hizo anunciar por un ujier: sin duda no le era tan fácil penetrar en aquellas habitaciones como en las del rey.

Cuando el conde-duque penetró en la cámara de la reina, serían las diez de la noche. La cámara, poco iluminada, tenía abiertos los dos balcones, que enviaban dos rayos de luna al lecho de la infanta María Teresa, colocado en el centro de la cámara a causa del gran calor.

Pero el lecho estaba vacío: la regia enferma, que contaba muy pocos años, se entretenía formando un castillo de naipes en un sillón próximo a la reina, que la contemplaba con amor.

Isabel de Borbón acababa de cumplir veintitrés años. Su semblante, dulcemente ovalado, era más que hermoso, agradable y simpático; sus ojos oscuros eran muy rasgados y veíase en ellos ese ligero cambiante azul que se asemeja a la pizarra, y que tal encanto presta a la mirada que le posee; sus cabellos, levantados con el mismo peinado que luego hemos llamado a la Fuoco, eran sedosos, abundantes y de un hermoso color castaño; no se podían llamar perfectas su nariz ni su boca, la cual era de una extrema pequeñez; pero la fresca palidez de su semblante, el gracioso corte de su frente y su dulce sonrisa le daban un encanto inexplicable y más seductor que el que presta una acabada hermosura.

Tenía puesto un vestido blanco y liso, y su gola de batista, lisa también, hacía resaltar el agradable trigueño de su tez.

La infanta María Teresa era el retrato fiel de su madre; pero sus ojos eran de un azul más claro y transparente, su tez más blanca y sus rizados cabellos tenían los brillantes matices del oro. Aquella dulce, tierna y apacible niña fue después la desdichada esposa de Luis XIV de Francia.

Cuando vio al conde-duque, hizo un gesto de disgusto levantando sus blancos y delicados hombros, y le gritó:

—¡No te acerques aquí!... Como eres tan grande, vas a derribarme el castillo con el aire que haces al andar.

Pero la advertencia llegó tarde: al movimiento que hizo el favorito para besar la mano de la niña, llevó un soplo de viento a los naipes, y el edificio vino al suelo.

—Está visto que donde tú estás no puede haber palacios —exclamó María Teresa retirando con rabia su mano—. Me voy a volverle a hacer en la mesa de mármol de mi padre, y cuidado con que vengas allí, ¡cuidado!

Al escuchar las frases de su hija, «está visto que donde tú estás no puede haber palacios», una dolorosa sonrisa entreabrió los labios de la reina: la pobre Isabel debía todos sus pesares a la fatal influencia que el conde-duque ejercía en el ánimo de su esposo.

La infanta recogió sus naipes y, precedida y seguida de dos damas, se encaminó a la cámara de su padre.

La dolencia de la pequeña princesa era tan leve, o mejor dicho, tan habitual, que la reina no se opuso a que aquella fuese a la cámara del rey, deseosa de proporcionarle alguna distracción.

—Tengo que hablar a V. M. de un asunto reservado, señora —dijo el conde-duque volviéndose imperiosamente hacia las damas, que sin esperar una señal de la reina se retiraron en seguida a la antecámara: decididamente el verdadero rey era don Gaspar de Guzmán.

—Ya os escucho —dijo Isabel recostándose en su sitial, y apoyando en la mano su mejilla con aire entristecido.

—He venido —empezó el de Olivares—, he venido a rogar a V. M. que me ayude a salvar a una infeliz niña del amor del rey.

Ante aquellas inhumanas palabras, palideció Isabel; llevó sus manos al corazón como si hubiese recibido en él una profunda herida, y luego dos gruesas y abrasadoras lágrimas corrieron por sus mejillas.

—¿Qué puedo yo hacer? —murmuró con tanto desaliento, que el duro corazón del favorito se conmovió a pesar suyo.

—Esa joven se salvará si V. M. me permite que la traiga esta noche a sus habitaciones.

—¡Nunca! —exclamó la reina con vehemencia—. Creo que obro más dignamente aparentando que ignoro los desórdenes del rey, que oponiéndome a ellos con inútiles escándalos.

—Aquí no puede haber escándalo alguno; yo me he visto obligado a ofrecer al rey que la tendría esta noche en mi poder, pero al mismo tiempo quiero salvar el honor de esa infeliz criatura y librar a don Diego Velázquez de un pesar que le costará la vida, porque ama a esa joven con toda su alma.

—¿Y quién os obligaba a fomentar así la licenciosa pasión del rey por esa joven? —exclamó Isabel de Borbón irguiéndose indignada y altanera—. ¿Quién sino vuestra infame ambición tiene la culpa de los extravíos del padre de mis hijos? ¿Quién es la causa de todos mis pesares? ¿Quién empobrece y pierde el reino? ¡Vos... sí... solo vos, favorito venal de un rey demasiadamente crédulo!... ¿Y queréis que yo os ayude en vuestras inicuas tramas? ¿Queréis que yo sea el dócil instrumento de vuestros ambiciosos planes, para acabarme de perder luego en el ánimo del rey? ¡No lo esperéis jamás!

—¿Se niega V. M.? —preguntó el favorito, quien, no obstante los violentos apóstrofes de la reina, la miraba con una calma provocativa.

—Me niego, sí.

—Iré, pues, a avisar a Velázquez.

Una llamarada de cólera cubrió de púrpura el dulce y poético semblante de la reina. Levantose esta del sitial en que había permanecido sentada, y se aproximó lenta, rígida y amenazadora al conde-duque.

—Si hacéis eso —murmuró en voz baja, pero enérgica, y acentuando cada palabra—; si hacéis eso, yo seré quien os hunda para siempre en un abismo sin fondo. ¡Entendedlo bien, don Gaspar de Guzmán! ¡Si tomáis en boca el nombre del rey, Isabel de Borbón, os lo jura por su nombre real, será quien descubra a Felipe IV la petición que habéis venido a hacerle esta noche! ¡Salid!

La reina señaló la puerta al de Olivares con ademán severo, y este, a pesar de su insolencia, salió maquinalmente, asombrándose de haber sido cogido por la primera vez de su vida en sus propios lazos.

Cuando se halló en la segunda antecámara, la rabia ocupó en su alma el lugar del asombro, y golpeó furioso su frente con su apretado puño.

—¡Vive Dios —murmuró roncamente— que es inútil que yo quiera ser bueno! ¡La primera vez desde que vivo que me ha ocurrido atenuar una mala acción con otra buena, he salido vergonzosamente derrotado...! ¡Adelante, pues! La flamenca será del rey, y Velázquez... a Velázquez ya le he recompensado sobrado bien mi magnífico retrato con el bolsillo que por él le di... ¡Ah, vamos a ver quien vence a quien, señor duque del Infantado!...