VII
EL RAPTO
Eran las doce de la noche del 25 de junio, y Diego Velázquez de Silva, acompañado de la linda Ana, se hallaba en su estudio, absorto, al parecer, en hondas cavilaciones.
Sentada la joven a la ventana abierta, pasaba su blanca mano por la cabeza de un hermoso perro de corpulenta talla y largas lanas negras; también ella estaba pensativa y triste, cual si su lindo rostro hubiera sido un espejo del de Velázquez.
A pesar de haber hecho ya don Diego el retrato de Ana cuando hablaba en la enramada con el duque del Infantado, la daré a conocer por mí misma al lector.
Apenas rayaba esta preciosa criatura en los dieciséis años de su edad; sus ojos azules, guarnecidos de larguísimas pestañas de oro, eran grandes, rasgados y serenos, y su apacible luz patentizaba el dulce candor de su alma; bajaban sus cabellos en luengos rizos hasta tocar en sus hombros, derramándose como una cascada de oro por su blanca espalda; su rostro, que formaba un óvalo prolongado, estaba ligeramente enflaquecido hacia las sienes y la parte inferior de las mejillas, presentando señales infalibles de esa terrible enfermedad de consunción que se apodera de tantas jóvenes al salir de la adolescencia, y que las hunde en el sepulcro antes de ver colorar sus infantiles ensueños.
Aquellos desoladores síntomas daban a la fisonomía de Ana el encanto mayor que poseía, imprimiéndose un triple carácter de melancolía, sufrimiento e inocencia, que conmovía hondamente el corazón más duro.
Su vestido blanco, de escote cuadrado y mangas perdidas a la flamenca, marcaba los contornos perfectos, pero poco desarrollados de su talle: eran sus formas de tan extrema delicadeza que tenían, no obstante su morbidez, una indecisión enteramente infantil.
El gran perro Medoro, sentado a sus pies, levantaba su enorme cabeza a la dulce presión de la linda mano que se posaba sobre ella acariciándola, y clavaba sus grandes e inteligentes ojos en el semblante de Ana.
Velázquez estaba pálido, y sus negros ojos aparecían tristes y rodeados de un ancho y azulado círculo: conocíase bien que hacía largas horas que no cerraba sus párpados el sueño.
En efecto, la noche precedente no había encontrado un instante de reposo, atormentado por el devorador cuidado que la suerte de Ana le inspiraba: aquella criatura era para él su único bien, y harto sabía de lo que era capaz el rey Felipe IV cuando se veía contrariado en alguno de sus caprichos amorosos.
Sin embargo de este convencimiento, Velázquez no culpaba de los desórdenes del rey al rey mismo; a pesar de la amistad que el conde-duque le manifestaba desde que hizo su célebre y magnífico retrato, el leal corazón de Velázquez no había creído en la sinceridad de la afección que le mostraba el favorito, y el elevado talento y buen criterio del artista habían adivinado cuanto de falso y maligno existía en el carácter de don Gaspar de Guzmán; había comprendido que la ambición era la pasión dominante de su alma, y sabía que no perdonaba medio alguno de fomentar las pasiones del rey y que era capaz de todo por satisfacerlas, si de este modo podía levantar algo más el pedestal de su fortuna.
Por eso le inspiraba tantos temores la suerte de Ana: temblaba ante el pensamiento de que pudieran despertar en su pecho un amor nuevo, y que él creía enteramente desconocido, en el cándido corazón de la doncella.
—A mí me ama como a un hermano solamente —se decía Velázquez—, y este amor, que llena su existencia tan abandonada y solitaria hasta el día que me conoció, basta para hacerla dichosa... pero si el rey logra hablarla y despertar su corazón, ese corazón inocente que debe a mi abnegación el estar dormido... ¡oh!, entonces ella amará a Felipe IV... ¡sí, le amará... y entonces... entonces mi genio, mi gloria de artista se hundirán en el sepulcro!...
Estos amargos pensamientos traspasaban el corazón de Velázquez: su razón fluctuaba combatida por su dolor y sus crueles temores.
Sola una esperanza consoladora venía a darle algún alivio, aunque era en verdad harto débil: la idea de que el rey, el favorito y toda la corte creían a Ana hermana suya le tranquilizaba algún tanto y le infundía aliento.
—Al menos —pensaba—, respetarán los derechos que creen tengo sobre Ana, y podré hacer uso de una autoridad que atropellarían si supiesen que no me unen con ella los lazos de la sangre.
El desdichado ignoraba que el favorito había sorprendido su secreto cuando lo confiaba a don Juan Hurtado de Mendoza, la noche anterior en las alamedas del río.
El reloj de palacio dio las doce y media sin que ni Ana ni Diego hubiesen roto el silencio que reinaba en la estancia. La vibración de la campana sacó a la doncella de sus meditaciones: levantose esta y fue a apoyarse en el respaldo del sillón que ocupaba su hermano.
—¿Qué tienes, Diego? —dijo poniendo al nivel de la negra y rizada cabeza del artista su cabeza rubia y perfumada.
—Estoy triste, Ana —contestó Velázquez estremeciéndose al sentir resbalar en su frente el suave aliento de la joven—. Estoy triste —repitió—, porque dentro de dos horas voy a partir para el Escorial y no puedo llevarte conmigo.
—¿Por qué no quieres que te acompañe, Diego? —preguntó la niña pasando sus hermosos y afilados dedos por los rizos del pintor.
—Es inútil que te molestes en salir de Madrid para tan pocos días —contestó con apresuración Velázquez—; quedarás aquí bajo la protección de la reina, que permanece en palacio también.
—Sea como tú quieras, hermano —contestó Ana, dulce, pero tristemente—; yo creía, sin embargo —añadió con los ojos llenos de lágrimas—, que jamás me separaría de ti.
—¡Llevarte yo donde va la corte! —exclamó Velázquez levantándose con ímpetu de la silla y cruzando a grandes pasos el aposento—. ¡Llevarte donde va el rey!... ¡Oh, jamás, jamás!...
—¿Por qué no quieres llevarme donde está el rey, Diego? ¡Es tan galán y parece tan bueno!...
Al escuchar estas palabras, levantó Velázquez la cabeza, y se hizo un paso atrás como si hubiera recibido un golpe mortal en el corazón: clavó en Ana una mirada de extravío, y sus cabellos se erizaron en su frente, y sus sienes se cubrieron de un helado sudor.
En aquel momento sonó la una, y el ruido de un golpe, que dieron en la puerta del aposento, se confundió con la vibración de la campana.
Velázquez fue a abrir con inseguro paso, y un camarero apareció en el umbral.
—Vengo a avisar al señor don Diego Velázquez, de parte de S. M., que la hora de partir se ha adelantado y que le espera ya en su real cámara.
Una llamarada de alegría iluminó los ojos del artista; la noticia de que el rey iba a alejarse de Ana inundó de gozo su corazón.
—Ya os sigo —dijo al camarero, que se inclinó respetuosamente y desapareció en seguida.
Entonces se abrochó rápidamente su ropilla, alisó sus cabellos, se puso su sombrero adornado de una larga pluma y tendió los brazos a su hermana.
—Dentro de dos días —le dijo oprimiéndola contra su pecho—, dentro de dos días tendré para ti un asilo seguro y vendré a buscarte para que no te separes ya de mi lado.
La niña no respondió nada: los sollozos ahogaban su voz.
—¡Juan! —gritó Velázquez abriendo una puerta que daba frente a la de entrada.
Un joven mulato de elevada estatura apareció al instante.
—Escucha, Juan —dijo Velázquez tomándole por la mano—; escucha, y si es cierto que me quieres, cumple exactamente lo que voy a decirte.
—Mandadme, señor —contestó el mulato con sonoro acento.
—Cuida de mi hermana, Juan: no dejes llegar a su lado ni aun al mismo conde-duque si, como temo, vuelve mañana a Madrid; duerme a la puerta de esta estancia, y dentro de dos días, cuando vuelva a buscar a Ana, que la encuentre yo más alegre que hoy la dejo.
—Seré la sombra de doña Ana, señor; y, cuando volváis, os la entregaré risueña y contenta.
—Gracias, Juan: tu corazón encierra el valor indomable de los leones de tus bosques, y tu alma toda la ternura de una mujer. Juan, en ti confío; adiós.
Y Velázquez abrazó de nuevo a su hermana, apretó la mano de Juan y se lanzó fuera de la estancia.
Media hora después, y aprovechando las últimas de la noche, salió la comitiva real: en uno de los primeros coches que seguían al rey, iban don Diego Velázquez y el conde-duque.
Todavía se oía el rumor de las ruedas del último carruaje, cuando llamaron a la puerta de la estancia de Ana.
—¿Quién va? —preguntó el esclavo mulato, que en pie enfrente de su señora, la contemplaba melancólico.
—Abrid para que yo pueda dar a doña Ana un mensaje de parte de S. M. la reina —contestó la voz de una dama de honor.
El mulato quitó la vuelta de la llave y se retiró con respeto para dar paso a la ilustre enviada.
Mas en el instante mismo cuatro hombres le derribaron en tierra, y cerraron sus labios con una mordaza antes de que pudiese dar un grito, dejándole fuertemente maniatado.
Entretanto otros dos se habían acercado a Ana y, tapándole la boca con un pañuelo, la sacaron desmayada del aposento.
El infeliz esclavo hizo tan violento esfuerzo para romper sus ligaduras que su bronceado semblante se cubrió de púrpura y cada uno de los cordeles que le oprimían trazó en sus manos un sangriento surco.
Al oír el rumor del coche que se llevaba a su señora, una amarga desesperación se pintó en sus facciones y dos gruesas lágrimas se deslizaron por sus mejillas.
Ana fue depositada en una casita de pobre apariencia situada en la parte más honda de la calle de los Autores. Al bajarla del coche, privada de sentido, la recibió en sus brazos una joven de rostro risueño y picaresco; pero su alegre y avispada fisonomía se entristeció profundamente al ver a aquella hermosa niña blanca y helada como una estatua de alabastro.
Colocola suavemente en un sillón, y desató el pañuelo que habían apretado bárbaramente a su boca.
Entretanto decía el conde-duque a Velázquez, al mismo tiempo que el coche en que iban entrambos corría por el camino del Escorial:
—Guardad a vuestra hermana de las asechanzas del rey, don Diego. Le veo tan furiosamente enamorado, que de todo le creo capaz.