VIII

JUAN DE PAREJA

Una hora después del rapto de Ana, fue desatado el mulato por los demás servidores de Velázquez, que entraron para informarse de aquella si quería que se le sirviese el desayuno.

El esclavo no contestó a ninguna de las preguntas que se le hicieron, ni pareció poner atención ninguna en las lamentaciones de sus compañeros por la desaparición de su joven señora.

Dio tres o cuatro vueltas por la habitación como un león enjaulado, y luego se lanzó a la calle pálido y desgreñado como quedara después de sus inútiles y desesperados esfuerzos para romper sus ligaduras.

«Juan de Pareja —dice un aventajado escritor[14] de nuestros días— era esclavo del célebre almirante Pareja, cuyo retrato hizo Velázquez. Encantado el marino de ver su retrato tan maravillosamente parecido y tan perfectamente concluido por el pintor más célebre de España, vino a darle las gracias acompañado de Juan, joven mulato que había comprado en Indias, y que llevaba para el pintor una magnífica cadena de oro. Cuando se marchó el almirante, Juan fue a seguirle, empero el áspero marino le dio un puntapié.

[14] Don José Muñoz Gaviria.

»—¿Piensas —le dijo— que cuando yo ofrezco una cadena de oro no deje también el estuche? Perteneces desde este momento al señor Velázquez.

»Y salió con altivo paso apenas hubo dicho estas palabras.

»El pobre mulato, con el rostro afligido y el aire asustado, se quedó allí, y los discípulos de Velázquez le tomaron como un ser estúpido con el que podrían divertirse. La manera con que había entrado en el taller fue para ellos un manantial inagotable de chanzas. Quisieron darle el gran nombre de su primer amo, y le llamaron Juan de Pareja, nombre que conservó siempre. Velázquez, a quien causaba lástima, le encargó el cuidado y el aseo del taller, cosa que tenía poco trabajo, pero que debía ejercitar su paciencia.

»Juan se hallaba muy contento siempre que el artista estaba allí; pero en cuanto salía, el esclavo tenía que sufrir de los discípulos una porción de incomodidades que cada día iban en aumento. Cansado, en fin, de las burlas de los discípulos tomó el partido, para evitarlas, de huir, cuando no se hallaba Velázquez, a una especie de camaranchón desconocido en donde se escondía y ponía al abrigo de sus perseguidores.

»No había podido Juan ver pintar dos años seguidos, ni oír durante estos dos años a los más grandes personajes ensalzar hasta el cielo la pintura, sin concebir un invencible deseo de manejar también los colores. Para distraer las largas horas de soledad en que aguardaba la vuelta de su amo, intentó Juan el pintar. Allí tenía pinceles de desecho y restos de colores que reunía ya en un lado, ya en otro. Conocía él mismo que no hacía más que emborronar; pero hallaba gusto y diversión en ello, guardando un silencio absoluto sobre esta diversión secreta, que nadie sospechó.»

Hasta aquí habla el autor de la linda e interesante leyenda Rubens en casa de Velázquez: yo he creído que no podía dar a conocer mejor a Juan de Pareja que copiando el párrafo en el cual mi amigo, el señor Muñoz Gaviria, le presenta a sus lectores. Ahora acabaré de pintar a este personaje, según le he comprendido.

Juan de Pareja sentía por Velázquez una especie de adoración apasionada, adoración que se extendía a todo lo que pertenecía al artista; nada había para él tan bello, tan grande, tan santo como Velázquez, y se hubiera dejado matar por evitarle el dolor más leve.

Había en el esclavo hacia su amo el tierno y solícito amor de una madre y la adhesión sublime y fiel de un viejo sabueso; cuidaba con extraordinario esmero de su servicio, de su alimento, y de su tocador, y no se fiaba de ningún doméstico, en lo que pertenecía a su señor; cuidaba de los detalles más minuciosos de su comodidad y bienestar, graduaba la luz del taller, preparaba los colores, arreglaba los caballetes, y pasaba horas enteras mirándole pintar extasiado en una fanática contemplación.

Velázquez, por su parte, le amaba mucho también; confiábale los más importantes secretos, y conversaba con él mientras le servía a la mesa; la viva inteligencia de Juan le agradaba en extremo, y admiraba la exquisita sensibilidad de su corazón, la generosidad de su carácter, y su ilimitada lealtad.

Su pena, al dejar en Madrid a su querida Ana, se amenguó en su parte mayor al pensar que la dejaba bajo la custodia de Juan, y el corazón del mulato latió de gozo al recibir aquel encargo.

¡Oh, qué amarga desesperación se apoderó del alma de fuego del mulato al ver que le arrebataban a su joven señora! Todos los tormentos del infierno desgarraron su corazón al convencerse de que eran inútiles sus esfuerzos para rasgar las fuertes ligaduras que le sujetaban.

Cuando los otros criados le desataron, se arrancó la mordaza con tan furioso y desesperado movimiento, que sus labios se enrojecieron de sangre.

Dio como un loco algunas vueltas por la estancia, y luego se lanzó a la calle, cruzando muchas en su desesperada carrera.

¿Cuál era su designio?, ¿cuál su esperanza? Ni él mismo lo sabía. En su abrasada cabeza se revolvía candente el pensamiento fijo de encontrar a Ana antes de los dos días que debía tardar Velázquez en regresar a Madrid, y el de darse la muerte si no podía conseguirla: estas dos ideas le hacían sonreír por intervalos, con una risa en que entraba por mucho la locura.