IX
EL EMBAJADOR
Dos días después, y a eso de las siete de la tarde, un coche cerrado conducía a Madrid a Velázquez al trote de sus magníficas yeguas tordas.
El artista iba tan preocupado que no fijó la atención en otro coche cerrado también, pero mucho más escrupulosamente, que pasó junto al suyo.
Ni oyó, por consiguiente, una dulce voz que le era muy conocida y que preguntaba con ansiedad:
—¿Llegaremos pronto a donde está mi hermano, señor conde?
Aquella voz era la de Ana, que ocupaba el coche cerrado con el conde-duque, y que marchaba con dirección al Escorial.
Velázquez prosiguió su camino, y a las siete y media se apeó delante del palacio.
Una multitud inmensa se agolpaba a sus puertas: veíase estacionada delante de ellas una larga fila de lujosas carrozas vacías, sin duda por estar sus dueños dentro de la morada real; algunos señores flamencos permanecían a caballo, erguidos e inmóviles, luciendo sus bordadas gorras, sus ropillas cuajadas de pedrería, y sus colosales figuras.
Una guardia flamenca rodeaba la comitiva, conteniendo con mesura, pero con una gravedad inalterable, al pueblo que se arremolinaba murmurando:
—¡El embajador, el embajador!
El coche de Velázquez entró en las caballerizas de palacio, y el artista, sin detenerse ni aun a preguntar quién era el embajador, subió ansioso a su habitación, encontrándose al final de una galería al duque del Infantado.
—¿Habéis visto a Rubens, don Diego? —preguntó el duque, tendiendo una mano al pintor.
—¿Está aquí Rubens? —exclamó Velázquez admirado y deteniéndose a pesar de su ansiedad.
—Es el embajador que acaba de llegar, enviado por la infanta gobernadora de Flandes.
—¿Dónde está?
—En audiencia con la reina, que quedó encargada por el rey de recibirle a su llegada.
—Os dejo, señor don Juan —dijo Velázquez, estrechando de nuevo la mano del duque y poniendo el pie en la escalera.
—¿A dónde vais, y de dónde venís?
—Vengo del Escorial, y así que amanezca mañana me vuelvo a él con Ana.
—¡Cómo! —exclamó don Juan Hurtado haciéndose un paso atrás—. ¡Cómo, Velázquez, lleváis a esa niña a la corte! Permitidme que os repruebe tal propósito.
—Quiero que todos ignoren que se halla en el Escorial.
—¿Y cómo lo lograréis, acompañándola vos mismo?
—No lo sé —dijo Velázquez inclinando tristemente la cabeza—, ¡no lo sé, pero Dios me ayudará!
—¿Tenéis confianza en mí, para fiarme a doña Ana? —preguntó el duque, fijando en la abatida fisonomía del artista sus leales y arrogantes ojos.
—¡Oh, sí! —exclamó este levantando la frente y mirando al duque con profunda gratitud—: ¡solo a vos y a Juan, mi mulato, la fiaría yo!
—Vamos, pues, a vuestra habitación, Velázquez —dijo el duque pasando su brazo por debajo del del artista—: Juan y yo la acompañaremos, y quedará segura en mis habitaciones, donde la encontraréis.
Diego Velázquez llegó a su aposento con el duque, y llamó suavemente a la puerta.
El criado que la abrió palideció y retrocedió dos pasos al ver a su amo.
—¿Y doña Ana? —preguntó ansiosamente Velázquez.
El doméstico, con los ojos fijos en el suelo, parecía la estatua del asombro.
—¿Y doña Ana? —tornó a preguntar Velázquez sacudiendo el brazo del criado.
—¡Señor!...
—¡Habla!...
—¡La han robado!
—¡La han robado!...
Este grito se escapó angustioso y desgarrador de los labios del artista, que permaneció durante algunos momentos anonadado y mudo.
De súbito echó a correr hacia el aposento de Ana, siguiéndole el duque.
Los desatentados ojos de Velázquez recorrieron la estancia en un segundo; pero el artista hubo de apoyarse en un sillón para no caer: el aposento conservaba todas las señales de la reciente presencia de la pobre niña.
—¡Juan! —gritó Velázquez con ronca y sofocada voz.
—También ha desaparecido.
—¡Vendido por él! —barbotó Velázquez, quien, al oír la contestación del doméstico, no pensó siquiera en preguntarle cómo había sido la desaparición de Juan.
Después se precipitó a la puerta, vacilante como una persona ebria.
El duque le siguió, quebrantado de aquella terrible desaparición.
—¡Le han comprado para que me la robe!... —murmuró el artista—; ¡se ha vendido al oro... del rey!... pero... ¡yo le mataré!
El desgraciado Velázquez cayó desplomado, en el suelo, y su hermosa cabeza negra y rizada rebotó en el pavimento de la galería.
En aquel momento entraba en ella, por la parte opuesta, un caballero como de cincuenta años, de elevada estatura y gallardo continente, bien que lleno de nobleza y dignidad.
Su traje, de damasco azul a la flamenca, estaba ricamente bordado de oro, y en su sombrero se veía prendida, con un joyel de diamantes y rubíes, una hermosa pluma de garza real.
Las insignias de muchas órdenes cubrían su pecho; sus manos blancas y de hermosa forma salían de entre una nube de encajes iguales a los que bajaban hasta sus borceguíes.
Seguíale una inmensa comitiva de nobles españoles y flamencos, y una guardia de honor, ni más ni menos que si fuese una persona real.
Era, en efecto, el rey de la pintura, Pedro Pablo Rubens, artista distinguido, eminente diplomático y embajador de la infanta doña Isabel, gobernadora de la Flandes y los Países-Bajos, cerca de la majestad de Felipe IV.
Rubens se dirigió a los aposentos de Velázquez para visitar su taller, ya que no podía verle por hallarse en el Escorial, según le había dicho la reina.
Al ver al duque del Infantado, que le había sido presentado en la recepción por la misma reina; al verle, repito, sostener en sus rodillas la cabeza de otro hombre desmayado, detúvose Rubens.
—¿Queréis que os ayude, señor duque? —preguntó el ciudadano de Amberes con la dulce amabilidad que, no obstante la arrogancia de su aspecto, le era tan habitual.
—Gracias, señor embajador, gracias... ya vuelve —contestó el duque, poniendo junto a la nariz del artista su perfumado pañuelo—. ¡Velázquez! —añadió en seguida moviéndole suavemente.
—¡Velázquez! —repitió Pedro Pablo inclinándose para contemplar al artista cuyas manos tomó.
Don Diego abrió sus grandes ojos negros, y los fijó ansiosamente en las personas que le rodeaban: cuando su mirada chocó con la de Rubens, dos lágrimas brotaron de sus ojos.
Diego Velázquez poseía el mejor retrato que el rey de la pintura había hecho de sí mismo.
Rubens abrió sus brazos al desgraciado joven, que se arrojó sollozando en ellos.
—Vuestra vista, señor embajador, es lo único que pudiera prestar algún consuelo a Velázquez en la desgracia que le aqueja —dijo el duque ayudando al desdichado joven a ponerse en pie.
—¡Oh! murmuró Rubens, ¡la desgracia! ¿no basta, ¡oh, Dios mío! que me acompañe a mí, sino que la he de encontrar también donde quiera que vaya?
Algunos momentos permaneció su fisonomía sombríamente triste, apareciendo en su noble frente un pliegue de dolor.
Mas sus móviles y hermosas facciones recobraron pronto su serenidad, y sus ojos se fijaron de nuevo en Velázquez, con acariciadora expresión.
—¡Para el amanecer, los trenes de S. M. la reina y de su señoría el señor embajador, que salen para el Escorial! —gritó en aquel instante la voz del jefe de las caballerizas.
—¿Queréis acompañarme, Velázquez? —preguntó Rubens a don Diego—. Deseo que permanezcáis a mi lado los breves días que he de vivir bajo vuestro cielo.
—¡Doña Ana debe estar en las garras del de Olivares! —murmuró el duque del Infantado al oído del artista—. ¡Partamos!
—Soy vuestro —murmuró Velázquez débilmente y con acento acongojado.
—Pues hasta dentro de cuatro horas, Velázquez: os espero en mi cámara con el señor duque, y os ofrezco a entrambos dos asientos en mi coche.
Rubens hizo un afable saludo, y se retiró seguido de su comitiva.
—¡Valor, Velázquez! —dijo el duque, cerrando tras ellos la puerta de la cámara donde habían penetrado.
El pintor se dejó caer en un sitial, y murmuró con ronca y apagada voz:
—¡Vendido por él!... ¡Vendido!... ¡Vendido!...