X
ANA
Dos días habían pasado desde aquel en que Isabel de Borbón, Pedro Pablo Rubens y Diego Velázquez de Silva habían llegado al palacio del Escorial.
Las cuatro de la tarde acababan de dar en el reloj de San Lorenzo cuando se entreabrió una ventana, perteneciente a las habitaciones del conde-duque, situadas muy cerca de las del rey; la otra ala del palacio estaba habitada por la reina, la infanta María Teresa, y las servidumbres de ambas.
La ventana en cuestión estaba guarnecida de espesas celosías; pero, no obstante, un rayo de sol que iba a quebrarse en sus cristales hizo brillar con dorados reflejos una cabeza cubierta de abundantes y rubios rizos.
Aquella cabeza era la de Ana.
Permaneció durante breves instantes silenciosa e inmóvil, cual si fuera una estatua de alabastro, con la mirada fija en las dilatadas campiñas que se extendían al frente de sus ojos.
Luego apoyó los brazos en el antepecho, dejose caer en un sitial colocado detrás de ella, y sepultó la cabeza en sus manos.
No era ya la misma Ana que Velázquez conoció en Amberes, ni siquiera la misma que robaron al artista las tramas del conde-duque de Olivares: en los dos días pasados desde la vez primera que la presenté a mis lectores, se habían hundido sus mejillas y apagado sus ojos; los suaves y purísimos contornos de su boca habían perdido toda su gracia cándida y juvenil, adquiriendo, en cambio, esa laxitud que es siempre signo seguro de la total ruina de la salud.
Parecía más elevada su estatura a causa de su extrema delgadez; sus rasgados y espléndidos ojos azules eran más grandes, y, aunque sus brazos y manos conservaban sus seductoras formas, estaban en extremo enflaquecidos.
Largo rato permaneció en la actitud abatida en que la dejamos, al cabo del cual se abrió cautelosamente la puerta de la estancia, dando paso a la joven que vimos socorrer a Ana cuando se desmayó en la casa donde la depositaron sus raptores.
Aquella joven adelantó lentamente algunos pasos, andando de puntillas e inclinando graciosamente la cabeza hacia adelante, creyendo dormida a la pobre Ana.
La recién llegada era una de esas criaturas robustas, hermosas y risueñas: sus facciones, un tanto gruesas, eran bellas en extremo; sus grandes ojos negros y sus cabellos de azabache armonizaban deliciosamente con su tez trigueña y sonrosada, y su boca parecía formada únicamente para la sonrisa, pues al más leve movimiento mostraba, no obstante su pequeñez, dos sartas de menudas perlas engastadas en coral.
Llevaba un lindo traje de seda de colores subidos, y su gola dejaba ver, a despecho de la moda de aquel tiempo, la parte superior de una garganta suave, redonda y satinada.
El aposento en el cual se encontraba Ana armonizaba bien con la figura de la recién llegada, por la suntuosidad vistosa de sus adornos: las colgaduras, de damasco blanco, estaban guarnecidas de anchos flecos de oro y sujetas con gruesos cordones y borlas de lo mismo; la sillería, de damasco granate de color subido, se ostentaba recargada de iguales adornos; y cuatro soberbias lunas de colosales dimensiones reproducían los objetos.
La joven llegó, por fin, junto al sillón de Ana y se apoyó suavemente en el respaldo; luego bajó su cabeza al nivel de la de la flamenca para ver si efectivamente dormía.
—¡Dios mío, estáis despierta, señora! —exclamó alzándose de nuevo, porque acababa de ver lucir como dos estrellas los grandes ojos de Ana.
—No duermo —contestó esta con acento lento y melancólico—; sin embargo, no os oí entrar, Estrella.
—Lo creo muy bien —dijo la joven, cuya risueña frente se había cubierto de una nube de tristeza—; ¿cómo me habíais de oír si estabais en una de esas peligrosas meditaciones que os convierten en estatua?
La flamenca sonrió tristemente y nada contestó.
—Y a pesar de eso —continuó Estrella—, el señor conde me dice todos los días: «No permitáis a doña Ana ni un instante de soledad y de cavilación, porque esto la mata.»
—¡Pluguiese a Dios que así fuese! —murmuró Ana elevando al cielo una mirada empapada en lágrimas.
—¡Ay, Dios mío! Pero, ¿por qué queréis morir, doña Ana? Sois una niña, sois bella hasta el extremo y tenéis amigos poderosos que velan por vos y se interesan por vuestra suerte... ¿Cómo es posible que os canse la vida?
—No lo sé, Estrella —contestó la joven con acento triste—: no sé por qué, pero yo deseo la muerte con todo mi corazón.
—¿Sentís acaso la separación de vuestro hermano?
—¡Oh, sí!... —repuso Ana llevando al corazón sus dos manos, como si Estrella hubiese tocado en él una herida dolorosa y profunda.
—Pero solo hace dos días que carecéis de su vista, y además tenéis la esperanza de verle muy pronto.
—¡Esa esperanza la voy perdiendo ya, Estrella! Cuando el conde me sacó de Madrid, me aseguró que me llevaba a la nueva casa de mi hermano... y todavía no he podido verle... Luego... —continuó la pobre niña vacilando—, luego... estos últimos días me suceden cosas tan extrañas... ¿Por qué me sacaron a la fuerza de nuestra habitación del palacio de Madrid?... ¿Por qué me llevaron a vuestra casa durante algunas horas para traerme luego aquí?... ¿Por qué me aseguró ese caballero, a quien llamáis el señor conde, que vería muy pronto a Diego si todavía no he podido lograrlo? ¡Estrella, Estrella!... Ese conde... lo confieso... ¡me da miedo!...
Ana ocultó de nuevo el semblante entre las manos, y un doloroso temblor recorrió todo su cuerpo.
Estrella la contempló por algunos instantes pintándose en sus facciones una profunda expresión de piedad: a la verdad, la figura de Ana, velada por su larga túnica blanca, se asemejaba a esas imágenes de santas mártires que todavía nos conmueven y admiran en nuestro descreído siglo.
Lo enflaquecido de su cuello, brazos y manos patentizaba bien los sufrimientos de la desdichada niña, y su cabeza, inclinada y cubierta por una cascada de gruesos rizos rubios que se extendían hasta sus rodillas, tenía una admirable expresión de sumo e intenso padecer.
—Vamos, doña Ana —dijo por fin Estrella con acento dulce y cariñoso, y apoyándose de nuevo en el respaldo del sillón—; vamos, buen ánimo: quizá no acabe el día de hoy sin que veáis a don Diego.
Ana permaneció silenciosa durante un momento: luego alzó la cabeza lentamente, y Estrella contuvo con trabajo un grito de terror al ver el semblante de la pobre niña.
Lejos de retratar las facciones de Ana el gozo que debía infundirle la esperanza formulada por los labios de Estrella, se veía pintada en ellas una expresión de agudo dolor: levantose como una sonámbula, y tomó las manos de Estrella oprimiéndolas con una fuerza convulsiva entre las suyas secas y abrasadoras.
En aquel instante apareció detrás de uno de los árboles del jardín una cabeza negra y erizada, alumbrada por dos ojos grandes y calenturientos que fueron a fijarse en el rostro desencajado de doña Ana.
Un segundo después se oyó un grito de alegría frenética, y el mulato Juan de Pareja salió de detrás del árbol y cruzó el jardín corriendo desesperadamente.
A pesar de sus esfuerzos, su carrera avanzaba poco: el infeliz esclavo hacía tres días que no había probado alimento ni cerrado al sueño sus ojos, ocupado solo en vagar como una sombra durante la noche por los alrededores del palacio, porque su buen instinto le decía que la tenebrosa infamia que lamentaba solo podía haberla urdido la mano del conde-duque.
Llegó por fin a una de las puertas excusadas del jardín, y desapareció por ella.
Doña Ana continuó largo rato oprimiendo las manos de su compañera.
—Escuchad —dijo al cabo de algunos instantes con voz lenta y ahogada—; escuchad, Estrella, antes de que Dios me llame a su seno, una confesión que a nadie he hecho todavía... pero que necesito hacer porque me ahoga...
—Hablad, hablad, doña Ana.
—Yo creo... creo que vos me amáis un poco, Estrella...
—Os amo mucho, mucho —dijo Estrella estrechando con afecto las manos de la infeliz joven.
—Entonces a nadie confiéis mi secreto... ¿lo oís?
—Sí, no temáis.
—Pues bien, Estrella: la vista de Diego no aliviará mi padecer... no...
—¡Qué decís!...
—¡Me matará más pronto!...
Dos gruesas lágrimas brotaron de los ojos de Ana, al pronunciar estas palabras, y se deslizaron por sus mejillas de alabastro.
En cuanto a Estrella, creyó que deliraba, y dijo solamente con dulce voz:
—La vista de vuestro hermano os pondrá buena: creedme, doña Ana.
—¡Yo no tengo hermano!... —gritó con angustia desgarradora la desdichada niña.
—¡Qué decís!
—¡Diego no lo es!
—¿Queréis acostaros, doña Ana? —dijo Estrella persistiendo siempre en creer que un acceso de fiebre hacía delirar a la joven.
—¡Mirad!... —exclamó Ana sacando de su seno una carta, que, por lo muy arrugada que estaba, decía bien claro que los ojos de Ana la habían devorado muchas veces—. ¡Mirad, Estrella!
La atónita joven desdobló el papel y leyó lo siguiente:
«Don Diego Velázquez de Silva os engaña, pobre niña, diciéndoos que es vuestro hermano: vos sois sola en el mundo, y vuestro raptor os hizo creer que os unían a él los lazos de la sangre para sustraeros a las miradas de todos los hombres, a fin de evitar así que, casándoos, os roben de su lado.
»Vos, pobre niña, sois el origen de su gloria, pues harto sabéis que os toma para modelo de sus celebradas vírgenes, si bien para disimularlo cambia en sus pinturas el color de vuestros ojos y de vuestros cabellos, y os oculta a la vista de todos.
»Empero, vos podéis libertaros fácilmente de la esclavitud en que os tiene el odioso egoísmo de Velázquez: el rey Felipe IV os ama; recurrid a él cuando dentro de dos días vaya a visitaros, y conseguiréis de su cariño la protección que necesitáis.
»No temáis por Velázquez: está casado con una dama noble y hermosa a quien ama mucho, y de la cual tiene una hija.»
La carta no tenía firma.
—¡Dios mío, qué extraño es esto! —murmuró Estrella devolviendo la carta a la flamenca.
Esta no respondió; apoyada en el marco de la ventana, tenía doblada la cabeza sobre el pecho.
—Vamos, doña Ana —continuó Estrella tomando una de sus manos—; vamos, no os abatáis así: puesto que, según esa carta, debe venir el rey a veros, declaradle la villanía de Velázquez, y él os amparará.
—¡Acusar yo a Diego! —exclamó Ana con una indescriptible vehemencia—. ¡Yo, que le amo con todas las fuerzas de mi alma! ¡Yo, que daría mi vida por volver a verle una sola vez!...
—¡Cómo! ¿Le amáis?
—¡Que si le amo! —repitió la joven; y ante el pensamiento de su cariño pareció fundirse su dolor en un delicioso arrobamiento que se significó instantáneamente con una sonrisa de dicha—; ¡que si le amo! —repitió cruzando las manos, y con un acento impregnado de dulzura infinita—: le amo tanto, que solo temo dejar la vida, porque la muerte me privará de verle. ¿No me veis —continuó con una vehemencia que hizo colorear sus mejillas—, no me veis pálida y casi moribunda? Pues bien, ¡lo que aniquila mi vida, lo que me mata, es ese amor que ardía en el fondo de mi corazón sin que yo misma lo sospechase!... Cuando Diego se separaba de mi lado, la luz huía de mis ojos... y mi pecho se oprimía como si le faltase aire que respirar... Cuando me dormía, su imagen aparecía delante de mí... y no pocas veces he soñado estar sentada sobre sus rodillas... ¡Cuántas veces, viéndole dormido, han caído mis lágrimas sobre su frente al imprimir en ella un beso! ¡Cuántas, al estrechar su mano, he sentido que un fuego devorador circulaba por mis venas! ¡Cuántas he sentido oprimirse mi corazón al despedirse de mí, aunque fuera por breves instantes!...
—Pero...
—No sé lo que sentía yo entonces... —prosiguió Ana cuya vehemencia iba en aumento—: solo sí puedo asegurar que aquel padecimiento que no comprendía aniquilaba mi vida, que tan feliz debiera haber sido. Yo amaba mucho a Diego... por ventura, ¿no era él la primera persona que me había amado en el mundo?, ¿no fue su mano la que me sacó del abandono en que yacía?, ¿no ha sido él hasta hoy quien ha velado por mi suerte?...
—Es verdad —dijo Estrella ansiosa de calmar a la joven—: según me habéis dicho anoche, vos vivíais sola y abandonada... pero, según veis por esa carta, don Diego es casado y además no os ama.
—¡Ah! —exclamó Ana con un penetrante alarido de dolor—: ¡es verdad... es casado... y no me ama!...
La desventurada vaciló como el tierno arbolillo que hiere el hacha del leñador; cerró los ojos, y cayó hacia adelante, yendo a descansar en los brazos de Estrella.
En aquel momento, se abrió una puertecilla disimulada en los tapices y apareció en el umbral la sombría figura del conde-duque.
—¡Por piedad, señor! —exclamó Estrella que sostenía a la joven, rendida a un desmayo mortal—: ¡por piedad, libradme del cargo de guardar a esta desdichada! ¡No quiero, no puedo verla morir!...
—Vos podréis todo cuanto yo os mande, Estrella —contestó fríamente el favorito—, puesto que solo de esto depende el que conceda la libertad a vuestro amante.
—¡Oh, Dios mío, padece tanto!...
—En efecto, no lo dudo, porque solo con ver a esta niña se concibe que hay en ella más corazón que materia... ea, acostadla y hacedla volver en sí.
Y el favorito ayudó a la joven a que colocase en el lecho el inanimado cuerpo de Ana, a cuya nariz aplicó Estrella un pomito de sales.
—Decididamente —murmuró el conde-duque saliendo de la estancia—, decididamente hoy tiene que verla el rey, porque mañana puede morir, y no sé qué extraño presentimiento me avisa que su muerte será la señal de mi ruina.