XI
EL RETRATO DE LA REINA
En el momento en que el de Olivares salía de la estancia de Ana, Diego Velázquez entraba en la cámara del rey.
Un instante después entró también en ella el favorito sin precederle anuncio, según su costumbre.
Al ver entrar al conde-duque, Felipe IV clavó en su rostro una mirada de ansiosa interrogación, que fue contestada con otra de satisfacción arrogante, y con una sonrisa llena de promesas.
Velázquez, pálido, enflaquecido, sombrío, se apoyaba maquinalmente en el respaldo de un sillón; sus ojos hundidos por tres días de desesperación y tres noches de insomnio, miraban vagamente a un objeto impalpable; sus mejillas socavadas, el desorden de sus cabellos, y su barba, que empezaba a brotar en su tez morena y pálida, acababan de darle un aspecto huraño, violento y doloroso.
Bastaba fijar la mirada una sola vez en aquel hombre para conocer que desgarraba su alma un pesar sin consuelo.
Al ver entrar al conde-duque, sus grandes ojos adquirieron fijeza y se clavaron chispeantes de furor en el rostro del favorito.
El rey, que se había conmovido hondamente al notar el aspecto de Velázquez, sintió que la ira dominaba su enternecimiento al descubrir la rabia que trastornaba el semblante del pintor.
En cuanto al de Olivares, sostuvo fríamente la iracunda mirada de Velázquez.
—Señor —dijo este dirigiéndose a Felipe IV—, vengo a pedir a V. M. que me devuelva a una hermana que tenía, y que me ha sido robada.
Aturdido el rey por tan violento exordio, se volvió a mirar a su privado.
—Esa mirada —continuó Velázquez con voz más concentrada y sorda—, esa mirada me dice, señor, que el ladrón de Ana es el conde-duque...
Y Velázquez, con el rostro trastornado, puso la mano en el puño de su espada, y avanzó dos pasos hacia el de Olivares.
—¡Velázquez, tú estas loco!... —exclamó el rey asombrado de tanta audacia, pero al mismo tiempo hondamente conmovido por tan intenso dolor.
—Tengo aún toda mi razón, señor —contestó el pintor de cámara, separando su mano de la empuñadura de su espada—: pero aseguro a V. M. que la perderé, si ese hombre continúa en mi presencia.
Calló Velázquez esperando que Felipe IV mandase salir al conde-duque: mas el débil monarca no se atrevió a formular una orden a cuya sola indicación había visto encender como dos ascuas los ojos del que debía cumplirla.
Una sonrisa de desdén plegó los delgados y astutos labios de don Gaspar de Guzmán y Pimentel.
—S. M. —dijo acentuando lentamente sus palabras—, S. M. parece que no tiene dificultad en que yo oiga que demandáis a vuestra querida.
—¡Mentís como un villano! —gritó el pintor de cámara rojo de cólera; y sacándose un guante, que hizo pedazos en su rabiosa apresuración, lo arrojó al rostro del privado—. ¡Ea! —continuó con voz sorda—, ¡salid si no queréis que os escupa en el rostro, señor conde-duque de Olivares!... ¡salid, y vive Dios que he de arrancaros con mi espada, el precio por el cual habéis comprado a mi mulato Juan, y el sitio en que habéis ocultado, no a mi querida, sino a mi hermana!
—Antes, señor don Diego —contestó el conde-duque, recogiendo fríamente el guante de Velázquez—, antes será preciso que me probéis el derecho que os asiste para querer ser el dueño absoluto de esa infeliz niña a la que teníais sumida en el más odioso cautiverio.
—¡Salid, os digo!... —volvió a gritar Velázquez desnudando la espada.
El privado se dirigió lentamente a la mesa de escribir del rey, y agitó la campanilla de oro que se veía sobre ella.
—¡El capitán de guardias de S. M. el rey! —dijo don Gaspar con una calma glacial al ujier que se presentó.
—¡Sois un infame, señor conde-duque de Olivares! —guturó don Diego al mismo tiempo que entraba el capitán de guardias.
—De orden del rey —dijo el favorito sin mirar siquiera al pintor—, de orden del rey arrestad a don Diego Velázquez de Silva.
El capitán se acercó a Velázquez, y esperó la espada que este retuvo con mano trémula de furor.
En aquel momento se descorrió estrepitosamente el tapiz de terciopelo que cubría una puerta situada a espaldas del rey.
—¡S. M. la reina! —anunció un ujier de toda gala.
E Isabel de Borbón, vestida con un largo traje de ceremonia, apareció en el umbral.
—¡Ejecutad las órdenes de S. M.! —gritó imperiosamente el de Olivares dirigiéndose al capitán de guardias, al mismo tiempo que echaba una mirada recelosa sobre la reina.
Isabel contestó a esta mirada con otra de desprecio.
—Vengo, señor —dijo dirigiéndose enseguida al rey—, vengo a buscar a don Diego para que concluya hoy el retrato mío que hace días empezó, porque nuestra hija María Teresa lo desea para su cámara.
Un rayo de alegría iluminó las abatidas facciones del noble artista, al mismo tiempo que el del favorito aparecía trastornado por el furor.
Felipe IV miró vacilante al favorito y a la reina: el trance se iba haciendo cada vez más embarazoso.
De súbito se oyó un gran rumor de pasos y espadas, y un instante después anunció un paje:
—¡Su señoría el embajador de Flandes!
Levantose Felipe IV para recibir al que, para él, representaba a la infanta su tía, y muy contento interiormente de que su presencia le evitase la explosión de la tormenta que hacía media hora bramaba en su derredor.
El conde-duque salió al encuentro de Rubens maldiciendo en aquella ocasión la etiqueta.
La reina dejó asomar a su linda boca una sonrisa de orgulloso triunfo.
—Señor embajador —dijo dirigiéndose a Pedro Pablo—, nuestro pintor de cámara os convida por mi boca a que visitéis mañana su taller, donde estará expuesto mi retrato que ahora mismo va a concluir.
Inclinose Rubens profundamente y besó la suave y blanca mano de la reina, en tanto que esta le miraba asombrada de la palidez y decaimiento de sus facciones.
Sin duda el rey de la pintura estaba devorado por algún secreto e intenso pesar.
Cuando Pedro Pablo Rubens levantó la cabeza, Isabel presentó su mano a Velázquez quien, después de inclinarse delante del rey y del embajador, volvió la espalda con desprecio al favorito, y salió con la reina.