XII
EL TALLER
Confusos y afanados andaban los discípulos de Velázquez: era el día en que Rubens debía ir a visitar el taller del maestro.
Los pobres muchachos habían ido llegando de Madrid en los tres días que hacía se encontraba Velázquez en el Escorial, porque su amor al arte era tan grande, y admiraban tanto a su maestro, que no habían escaseado ruegos para que sus familias les permitiesen continuar las lecciones en el real sitio de San Lorenzo.
En el día a que nos referimos, tercero de la estancia en el Escorial de Velázquez, los discípulos andaban asaz preocupados quitando el polvo minuciosamente a los caballetes, colocándolos en hileras según su tamaño, con una igualdad escrupulosa, y poniendo en orden cada uno de esos mil objetos que se ven en la habitación de un pintor.
—¡Qué falta nos hace Juan! —dijo un hermoso muchacho de tez morena y negros ojos pasando con una paleta cargada de colores.
—En verdad que sí —contestó otro de tez blanca y ojos azules como un inglés—: desde que él ha desaparecido, me aburro. ¡Oh!, si él estuviera aquí, ya lo tendríamos todo arreglado desde hace largo rato.
—¡Pobre Juan! ¡cuántas veces me ha pesado lo mucho que le he hecho rabiar! —dijo otro con aire triste—: de seguro que se ha ido porque le hacíamos perder la paciencia.
—Yo —añadió un cuarto— fui ayer a nuestro estudio de Madrid, y tomé del camaranchón algunas cosas que él cuidaba con esmero.
—¿Para qué?
—Porque quiero tener algún recuerdo del pobre mulato, que tan bueno era, a pesar del cruel martirio que le hacíamos pasar con nuestras burlas. Mirad ese gran lienzo enrollado que hay en aquel rincón, junto al caballete del maestro: es uno de los objetos que él guardaba con más cuidado.
—Veámosle.
—¿Qué hemos de ver? Ese lienzo estará en blanco: quizás el pobre Juan quería que le sirviese para formar letras... ¡tenía un empeño de aprender por sí solo a escribir!
—¡Yo lo creo! ¡No tenía nadie que le enseñase!
—¡Callad! —dijo de repente uno de los discípulos—: ¡callad!... ¡se me figura que ya oigo pasos!
—A ti no te deja resollar el miedo de que vengan... y al fin han de venir.
—Ya lo sé.
—Pues si lo sabes, ¿por qué tiemblas?
—¿Yo tiemblo?
—Tú.
—¡Pues en verdad que no lo había notado! Te confesaré, sí, que me espanta ver a Rubens mucho más que ver al rey.
—¡Lo creo! Otro tanto me sucede a mí.
—¡Y a mí!
—¡Y a mí!
—Pero callad, callad... ¡Ahora sí que vienen!...
En efecto, un gran rumor de pasos y de confusas voces anunció a los jóvenes la llegada de los dos reyes: el de España, y el de la pintura; y un instante después aparecieron ambos en el umbral seguidos de gran número de cortesanos.
Los pobres muchachos quedaron pegados a la pared, apiñándose unos contra otros, y sin atreverse a levantar los ojos ni a respirar apenas.
Felipe IV se apoyó familiarmente en el brazo de Rubens, y ambos, seguidos de su lucido acompañamiento, empezaron a dar vuelta al taller.
—¿Cómo va de trabajar, hijos míos? —preguntó Rubens con su noble y digna bondad, dirigiéndose al grupo de los aturdidos discípulos.
—Bastante... bastante bien... señor... contestaron vacilando dos o tres.
—Yo desearía ver vuestras obras, continuó Rubens; sí: tendré sumo placer en verlas, si es que Velázquez me lo permite.
—¡Ay, Dios mío! —murmuró a media voz el más joven de los discípulos—: ¡qué desgracia que no esté el maestro!
—¿Me permite V. M. —dijo Rubens dirigiéndose a Felipe IV—, que le mande llamar?
—Con mucho gusto, mi querido Rubens —contestó el rey saliendo de la preocupación dolorosa en que le tenía sumergido el recuerdo de Ana—. ¡Hola! —continuó dirigiéndose a un paje—, id a buscar a don Diego Velázquez.
—Aquí estoy, señor —dijo el artista apareciendo en el umbral de la puerta de entrada, al mismo tiempo que el conde-duque penetraba en el taller por la puertecilla que comunicaba con la cámara real.
—Venid acá, Velázquez —dijo el embajador, en tanto que el rey, obedeciendo a una seña del conde-duque, se acercaba a este último.
—Deseo —continuó Rubens—, deseo ver las obras de estos jóvenes.
—¡Oh, señor! —exclamó el pintor de cámara con efusión—, creed que agradezco con el alma el generoso interés que mis discípulos os inspiran. Don Juan —continuó dirigiéndose a un gallardo mancebo que apenas contaría dieciséis años, y que por lo elegante y esmerado de su traje patentizaba que pertenecía a la más elevada nobleza—. Don Juan, traed vuestro caballete ante su señoría.
El gallardo niño iba a obedecer con el rostro radiante de júbilo, pero le detuvo un ademán de Rubens.
—Yo iré pasando revista a todos los caballetes, dijo, y así no habrá que moverlos de sus sitios.
El embajador se apoyó entonces en el brazo de Velázquez del mismo modo que el rey se había apoyado en el suyo, y ambos pintores se llegaron al primer caballete, sobre el cual había un lienzo con una Magdalena casi concluida.
Rubens se quitó el guante blanco y perfumado que encerraba su mano derecha, mientras contemplaba la pintura con profunda atención.
—Este cuadro revela que tenéis un gran genio, don Juan —dijo dirigiéndose al joven—: os aconsejo, sin embargo, que no hagáis un uso tan frecuente de los tonos fuertes.
El joven artista se inclinó.
—Hacedme la merced de darme una paleta y un pincel, señor don Juan —continuó el embajador—: voy a dar una pincelada en vuestro cuadro, y en el de cada uno de vuestros compañeros.
Una exclamación de júbilo brotó de todas aquellas bocas entusiastas y juveniles, y dos gruesas lágrimas de gratitud aparecieron en las negras y tristes pupilas de Velázquez.
Rubens tomó el pincel que le presentaba don Juan, y mojándole en el color correspondiente, dio tres o cuatro pinceladas en él, dando una admirable sombra en los brazos de la Magdalena, que aparecían duramente iluminados.
—¡Oh, qué feliz soy! —murmuró el niño siguiendo a Rubens con la paleta al caballete inmediato.
—Entregad la paleta al dueño de este lienzo, don Juan —dijo el rey de la pintura con suave y benévola sonrisa—: deseo que cada uno me vea trabajar mientras lo hago para él.
Un niño como de catorce años, muy pobremente vestido, tomó la paleta de manos de don Juan.
—¿Cómo os llamáis, amiguito? —preguntó Rubens.
—Pablo Astudillo, señor.
—Tenemos, pues, al mismo santo por patrono: ea, buen ánimo —continuó Rubens dando pinceladas en el lienzo con sumo cuidado—, habéis pintado una Níobe admirable en vuestros pocos años, y, por lo tanto, nada os pido; no obstante, cuando esté concluida, os la embargo para la cámara de mi esposa Elena. Escribidme a Amberes en cuanto la terminéis.
El niño se retiró llorando de gozo, y Rubens pasó al caballete inmediato: el lienzo que contenía ofrecía a la vista el retrato del pintor de Felipe IV.
—¡Oh, qué magnífico retrato! —exclamó el embajador deteniéndose delante de él; y haciendo a Velázquez una seña para que se acercase al mismo tiempo que humedecía su pincel, empezó, no a enmendar nada, sino a dar a las risueñas y hermosas facciones del retrato el tinte melancólico y amargo que entonces anublaba el expresivo y hermoso rostro del original.
—Cuando se haya pasado el dolor que os aqueja, Velázquez —dijo en voz baja—, os será grato ver esta imagen, porque compararéis vuestra felicidad con los pesares olvidados ya; quiero grabar en vuestro retrato la imagen del dolor presente, para que bendigáis a Dios, al verle, cuando seáis feliz.
Don Diego meció tristemente la cabeza.
En aquel momento, la conversación, que hacía un cuarto de hora sostenían en voz baja el rey y el conde-duque en un ángulo de la estancia, se animó de repente, sin que nadie se apercibiese de ello; los cortesanos, enteramente embebecidos en ver trabajar a Rubens en los caballetes de los jóvenes, nada echaron de ver.
—Más tarde iré —decía Felipe IV con aire embarazado—: no puedo dejar ahora a Rubens; la etiqueta...
—Por el contrario —contestó el privado con una impaciencia que en vano se esforzaba en disimular—, por el contrario, V. M. debe ir ahora: la niña está en la mejor disposición de ánimo que se puede apetecer; antes de anoche puse, mientras ella dormía, en su mesa de tocador, una carta anónima por medio de la cual le hacía saber que Velázquez no era su hermano; que había forjado este vil engaño para obligarla a vivir a su lado; pero que, lejos de amarla, está vivamente apasionado de su esposa doña Juana Pacheco, de la cual tiene una hija; que solo desea tenerla por modelo, porque su extremada hermosura es necesaria para sus cuadros, y que por esta razón la recataba a los ojos de todos.
—¿Y qué efecto ha hecho en ella esa carta?
—El más terrible: ha caído en una profunda desesperación, y hay momentos en que la vehemencia del dolor la priva del conocimiento.
—¡Desdichada!
—Nunca, pues, serán más eficaces los consuelos y el amor de V. M., y es menester ganar instantes.
El rey, medio decidido, echó una mirada embarazosa sobre los dos pintores que, seguidos por los discípulos y los cortesanos, continuaban revisando los caballetes.
—Acabo de verla en este instante —continuó el favorito con una calma que hasta entonces no había usado y que decía bien claro la esperanza que tenía de que sus últimas palabras fuesen el golpe decisivo en el ánimo del rey.
—¿Y cómo está, cómo está? —preguntó este ansiosamente.
—Su vida se apaga por la fuerza del dolor, y creo firmemente que, si V. M. dilata una hora más esta entrevista, la perdemos para siempre.
—Vamos —dijo el rey, en cuyos grandes ojos apareció un rayo de dolor intenso—: vamos ahora mismo.
En los labios del privado se dibujó una sonrisa de triunfo, y abriendo cautelosamente la puertecilla que acababa de darle paso, desapareció con el rey, sin que nadie se apercibiese de su salida.