XIII
EL ESCLAVO
Rubens acabó por fin de dar vueltas a todos los caballetes, corrigiendo en ellos algún defecto más o menos leve, y dando alabanzas a todos los jóvenes relativamente a su mérito.
Al concluir, dirigió a los discípulos en general algunas palabras graves y afectuosas, exhortándoles al trabajo y a la perseverancia, y se detuvo ante un gran caballete, que ostentaba un magnífico retrato de la reina Isabel de Borbón.
Al ver aquella pintura, enmudeció el gran artista, y solo pudo juntar las manos con una expresión muy pronunciada de admiración apasionada, grave e intensa.
—Nada he visto jamás que pueda compararse a esta pintura —dijo al fin dirigiéndose a Velázquez, y señalando el retrato de la reina—: las palabras, don Diego, no bastan a expresar aquí lo que siente mi alma.
Y el embajador echó sus brazos al cuello del pintor de cámara.
Luego volvió a mirar el retrato con profunda, ávida y sostenida atención; diríase que aquella pintura tenía imán para su mirada.
—¿No me concederéis a mí la misma honra que han logrado estos jóvenes, señor? —dijo Velázquez presentando al embajador la paleta y el pincel.
—¡Líbreme Dios de tocar tan divina obra! —contestó Rubens, separándose del caballete respetuosamente—; sin embargo —añadió—, quiero haceros un ligero boceto para memoria mía, sin que por eso renuncie a ver después todas las pinturas vuestras que tengáis a bien enseñarme.
Bajose al decir esto, tomó un lienzo enrollado, que había en el suelo junto a él, y le colocó en un caballete que Velázquez acababa de acercarle: aquel lienzo era el que, según dijo uno de los discípulos, había tomado del camaranchón del mulato Juan de Pareja.
Mas no bien se hubieron desplegado sus dobleces, escapose un agudo grito del pecho de Rubens, que permaneció mirando el lienzo como petrificado.
Jamás se ha presentado a las miradas humanas una obra más perfecta que el cuadro pintado en el lienzo que Rubens había tomado del suelo, creyéndole en blanco.
Era el soberbio cuadro que hoy existe en el Museo de París, y que se llama El Entierro.
—¿Quién ha hecho esto? —preguntó el embajador dirigiéndose al grupo de los discípulos.
Nadie contestó.
—¿Quién de vosotros ha hecho esto, señores? —preguntó a su vez Velázquez.
—Yo no, yo no —contestaron casi a un tiempo todos los jóvenes.
—Yo lo tomé, sin saber lo que contenía, del cuarto de Juan —respondió otro—: desde que el pobre Juan se fue, me acordaba tanto de él que guardé ese rollo de lienzo para memoria suya.
Al oír el nombre de Juan, una terrible palidez invadió el rostro del pintor de cámara, y sus ojos lanzaron relámpagos.
De súbito fijó Rubens la mirada en otro caballete contiguo, y palideció también: contenía el admirable cuadro de La coronación de la Virgen.
—Velázquez... —exclamó con voz ahogada y llevando al pintor de cámara cerca del cuadro—: Velázquez... decid... decid... ¿dónde habéis visto las facciones de esa Virgen?...
La palidez de Velázquez se hizo más y más intensa.
—¡Por el amor de vuestra madre, por lo que más caro os sea en el mundo, don Diego, respondedme! —continuó angustiosamente Rubens.
Velázquez pasó maquinalmente su enflaquecida mano por la abrasada frente, y contestó en voz tan baja y temblorosa, que solo pudo llegar a oídos del embajador.
—El semblante de esa virgen es una copia.
—Pero no es exacta, ¿no es verdad? —prosiguió Rubens cuya ansiedad iba en aumento—; ¿no es cierto que no es exacta, Velázquez?... ¿no es verdad que el original tenía cabellos rubios y ojos azules como los de un ángel?...
—¡No lo sé!...
—¡No lo sabéis! Pues acordaos, por vida vuestra... —exclamó Rubens cogiendo a Velázquez violentamente por un brazo—; acordaos, porque yo necesito que me lo digáis, ¿lo oís?... lo necesito...
Al oír estas violentas palabras, alzó Velázquez la cabeza: su generoso valor se rebeló contra aquel duro lenguaje, y brotó un relámpago de ira de sus negros ojos.
—¡Velázquez! —exclamó el embajador, que adivinaba lo que pasaba en su alma—; ¡Velázquez, perdonad la desesperación de un padre que os pide su hija!...
—¡Su hija!... —gritaron a un tiempo tres voces.
Eran las del rey y del favorito, que en aquel instante entraban despavoridos, y la de Velázquez, que cayó a los pies del embajador con la frente inclinada hasta el suelo.
—¡Mi hija... sí... sí... mi hija Ana que me robasteis de Amberes, don Diego!... —exclamó Rubens, para cuya inteligencia había sido un rayo de luz la acción de echarse Velázquez a sus pies—. ¡Mi hija que busco por todas partes!...
La voz del embajador fue sofocada por el fúnebre tañido de la campana del monasterio que tocaba a fuego, y bien pronto se vio, a través de las ventanas del taller, una inmensa columna de humo que salía del lado en que estaban situadas las habitaciones de la reina y del conde-duque.
—¡Tu hija está allí... allí, donde está el fuego, Rubens —exclamó el rey tendiendo desesperadamente sus brazos hacia el sitio de donde partía el humo—, y allí va a perecer con la reina y con mi hija!... ¡Oh, mi hija, yo quiero salvar a mi hija y a su madre!...
Y el rey se lanzó a la puerta.
El sagrado cariño de esposo y padre había triunfado de la pasión que Ana le había inspirado.
En aquel momento se abrió con estrépito la puertecilla que daba a la cámara del rey, e Isabel de Borbón se precipitó en el taller llevando en los brazos a su hija.
Imposible parecía que aquella delicada y esbelta joven hubiera podido conducir a la infanta María Teresa, que estaba desmayada.
—¡Señor, mi hija se muere!... —exclamó la pobre Isabel poniendo en los brazos del rey a la niña y dejándose caer, casi falta de sentido, en una banqueta.
Felipe IV reclinó en su pecho la pálida cabeza de su esposa; el conde-duque tomó en sus brazos a la infanta María Teresa, y aplicó a la nariz de la aterrorizada niña su pomito de espíritus, en tanto que Rubens y Velázquez se lanzaban a la puerta en busca de Ana.
Pero retrocedieron dando un grito de angustia y de alegría a la vez: habíase precipitado en el umbral, al tiempo de pasarle ellos, el mulato Juan de Pareja llevando en sus brazos, al parecer cadáver, a la joven Ana, cuya larga cabellera rubia tocaba al suelo.
En el momento mismo en que el esclavo se precipitaba en el taller, cesó de tocar a fuego la campana del monasterio, y un instante después entró pausadamente don Juan Hurtado de Mendoza, duque del Infantado.