XIV

LA CRUZ DE SANTIAGO

Juan de Pareja se asemejaba mejor a un demonio escapado del infierno que a un ser humano: estaba horriblemente flaco, y su palidez era tan intensa que, a pesar del bronceado matiz de su tez, se advertía claramente la descomposición de todas sus facciones; su cabello, que formaba gruesos y lustrosos anillos de un negro hermoso y azulado, estaba quemado por mil partes, lo mismo que su traje, que traía desgarrado y en el mayor desorden.

Su frente ancha y hermosa veíase cubierta de sudor; su nariz, dilatada como la de la fiera que ha vencido al cazador tras una larga y desesperada lucha; y su labio superior, contraído levemente por una sonrisa de orgulloso triunfo, dejaba ver el hermoso esmalte de sus blancos y menudos dientes.

Al entrar, depositó a Ana a los pies de Velázquez, y la pobre niña quedó como una masa inerte y helada tendida sobre el duro pavimento.

—¡El fuego... el fuego! —exclamó el rey señalando al lado de donde aún salía una columna de humo—. Es necesario ver si se ha apagado.

—No tema V. M. —contestó el duque del Infantado, en cuyas severas y hermosas facciones brillaba una viva expresión de contento—: yo ayudé a encender el fuego; pero yo cuidé también de que se apagara.

Al decir esto, miró fijamente a Velázquez; mas el pintor se había recostado contra una pared, quebrantado por la honda emoción que la vista de Ana le había producido.

Don Juan Hurtado de Mendoza levantó del suelo el cuerpo inanimado de la joven, y colocó a esta en el sillón, en tanto que el favorito, confuso con su derrota, huía lo más cautelosamente posible, jurando venganza a Velázquez y al duque.

El pintor de cámara se acercó con lento paso a la pobre niña y tomó una de sus manos.

Estaba helada como el mármol.

—¡Muerta!... —exclamó retrocediendo dos pasos.

—¡Muerta y deshonrada!... —gritó Rubens, que aún no se había acercado a su hija, porque hasta entonces había estado sumergido en un letargo doloroso.

—¡No! —exclamó con voz firme el duque del Infantado—. ¡No! ¡Viva, y digna, muy digna de su padre!

El embajador flamenco clavó una ansiosa mirada en el que le hacía aquella revelación tan consoladora, y llegó hasta su hija como atraído por un imán irresistible.

—¡Sí! —continuó el duque del Infantado—, creedme, Rubens... por el nombre que llevo, por mi fe de caballero, ¡os juro que vuestra hija está pura como la luz del sol!... Velázquez, para cumplir los deseos de la madre de Ana, hizo creer a esta que era su hermana, sacrificando su amor por compasión a la que le dio el ser y por respeto a sus deberes de esposo y padre.

—¡Dios os bendiga, hijo mío! —exclamó Pedro Pablo abriendo sus brazos al pintor de cámara, que se arrojó sollozando en ellos.

Durante algunos momentos, los hermosos y melancólicos ojos del joven monarca se fijaron con un profundo enternecimiento en los dos pintores, que confundían sus lágrimas; y por fin el llanto empañó también las negras pupilas de Felipe IV.

—¡Ya vuelve... ya vuelve!... —dijo el duque del Infantado que sostenía la cabeza de Ana apoyada en su pecho.

El rey se aproximó entonces al embajador.

—Rubens —dijo con acento firme y vibrante—, Rubens, yo os aseguro, bajo mi palabra real, que no he visto a vuestra hija más que una sola vez en el taller de Velázquez, del cual la creía hermana, hasta que una mano funesta vino a arrancarme aquella creencia, que hubiera sido un antídoto saludable para...

Felipe IV iba a decir «para mi pasión», pero volvió la vista a la reina, y la palabra se ahogó en sus labios.

En cuanto a Isabel, se ocupaba en acariciar a la infanta María Teresa que acababa de volver de su desmayo.

Rubens besó la mano de Felipe con vivísima expresión de gratitud, y se lanzó hacia su hija a la cual estrechó entre sus brazos.

Aquel padre debía su hija a una falta, y sin embargo no había querido imprimir un beso en su frente hasta no cerciorarse de que era pura de la misma falta, origen de su ser. ¡Terrible egoísmo humano!

Rubens se separó de su hija, la cual, aunque se había recobrado un tanto, había vuelto a cerrar sus fatigados ojos sin conocer a nadie. En seguida se dirigió a buscar a Juan, que, parado enfrente del cuadro del Entierro, le contemplaba con desencajados ojos.

El embajador abrazó estrechamente al mulato.

—¡Gracias —dijo—, gracias, salvador de mi hija! ¿Qué es lo que puedo yo hacer para recompensarte?... habla... ¿quieres ser libre?...

—No puedo dejar a mi señor mientras me dure la vida —contestó Juan separando del cuadro sus extraviados ojos—: mi vida es verle y servirle.

—¡Ese lienzo está pintado por Juan! —gritó en aquel instante el discípulo Pablo de Astudillo señalando al cuadro del Entierro—: lo he conocido en lo asustado que ha quedado al verlo aquí.

Ante la declaración del niño, palideció el mulato densamente y cayó a los pies de Velázquez murmurando la palabra:

—¡Perdón!

Velázquez le levantó en sus brazos, y al mismo tiempo Felipe IV apoyó su real mano en el hombro del siervo.

El hombre de genio —dijo con voz solemne—, no puede ser esclavo; alza la frente: eres libre.[15]

[15] Don José Muñoz y Gaviria.

Al concluir de pronunciar estas palabras, tomó Felipe IV un pincel, lo humedeció en color rojo, y se acercó a Velázquez.

—Recibe —dijo dando pinceladas sobre su costado izquierdo—, recibe esta cruz en memoria del heroísmo con que has conservado el honor de la hija de Rubens; ese honor —añadió bajando la voz— que yo he estado a punto de empañar para siempre.

Y Felipe IV se desvió a un lado dejando ver, bajo el corazón de Velázquez, la cruz de Santiago que se destacaba sobre el terciopelo de su ropilla.

—Adiós, comendador —dijo tendiendo la mano a su pintor de cámara—; sois libre durante seis meses para acompañar a Flandes a Rubens y a su hija; pero no olvidéis que, al cabo de este tiempo, os necesito a mi lado.

El monarca lanzó una mirada de dolor y de tristeza sobre Ana, y salió con la reina, su hija y los cortesanos.

—¡Ay, señor! —exclamó Juan de Pareja besando respetuosamente la cruz de Santiago—: soy tan dichoso al veros comendador que no podía haberme dado el rey mejor premio por haber puesto fuego a su palacio para salvar a doña Ana.

Al oír su nombre, abrió la joven los ojos y los clavó en Velázquez, como si a él solo viese de las personas que la rodeaban.

—¡Diego!... —gritó con una inefable expresión de gozo.

Velázquez quería lanzarse en sus brazos, pero se detuvo desalentado mirando a Rubens.

—¡Mi hija se muere! —murmuró el embajador con voz firme, aunque sus facciones retrataban la agonía del dolor más hondo—. ¡Oh, hija mía! —continuó oprimiendo fuertemente las manos de Velázquez—: ¡hagamos más dulce su agonía prolongando tu piadoso engaño!

—¡Diego! —repitió Ana con voz más débil.

—¡Hermana! —exclamó este con un esfuerzo que rompió todas las fibras de su generoso corazón—. ¡Hermana mía! ¡He aquí a nuestro padre!