XV
ÁNGEL Y MÁRTIR
Es una hermosa mañana de septiembre. La casita que Ana habitaba en Amberes, antes de su partida para España con Velázquez, aparece silenciosa y solitaria como en la época en que la joven vivía en ella en compañía de la anciana dueña Tadea.
Sin embargo ahora, además de las dos mujeres que la ocupaban en otro tiempo, está habitada por tres personas más.
El aspecto del cuarto de Ana no ha variado en nada del que tenía hace dos años, cuando la joven dormía aún en él los sueños de su infancia.
Aún está adornado con la misma riquísima y callada sillería de marfil con asientos de terciopelo.
Y en las ventanas están las mismas grandes cortinas de damasco blanco.
Y el mismo crucifijo de nácar vela a la cabecera del lecho entoldado también de una tela igual.
Pero en aquel lecho está tendida Ana, más blanca que el alabastro de sus columnas y relieves.
Sobre una mesa de plata maciza, colocada en el centro del aposento, se ven frascos y medicinas.
La joven duerme.
Empero, sus angélicas facciones, demacradas por largos días de dolor y sufrimiento, tienen ya impreso el sello de la muerte.
Una túnica de seda blanca envuelve los enflaquecidos contornos de su cuerpo.
Sus pies, diminutos y blancos como el mármol, están desnudos y medio velados entre los pliegues de su túnica.
Sus pequeñas y ebúrneas manos, delgadas hasta la transparencia, se cruzan sobre su seno.
Se ha quedado dormida rezando a una imagen de María que se destaca sobre un reclinatorio colocado a los pies del lecho.
Un rayo de luz va a resbalar sobre las bellas y suaves facciones de la madre de Dios, que parece mirar y sonreír a la niña dormida.
En pie y junto al lecho, tres hombres contemplan el sueño de Ana con una angustia indefinible.
El primero es un hombre de continente altivo: la nieve, que matiza su espléndida cabellera, es harto luciente para que no sea prematura; un hondo pliegue de dolor se ha formado enmedio de su frente.
Es Rubens.
A su lado hay un joven pálido y enflaquecido; sus grandes ojos negros hundidos patentizan largos días de sufrimientos.
Es Velázquez.
Junto a él está Juan el mulato, esmeradamente vestido con un traje igual al de su antiguo amo.
La humildad y la aflicción, que en otros días retrataban las facciones del pobre esclavo, han desaparecido.
Ahora es libre y artista; pero, amigo fiel de Velázquez, no ha querido abandonarle.
Sus facciones contraídas pintan, sin embargo, un violento pesar, y dos gruesas lágrimas se deslizan por sus doradas mejillas.
Tiene detrás de sí un caballete, donde ya está pintada admirablemente la pobre Ana dormida en su lecho, con el sueño que precede a la agonía.
Largo rato hacía que reinaba el silencio.
De súbito se abrió una puerta, y una mujer, vestida de terciopelo negro y cubierta con un largo velo, negro también, entró en la estancia.
Arrojose sobre el lecho de Ana, y besó repetidas veces su frente y sus cabellos, sin que la joven se despertase.
—¡Gracias!... —dijo después aquella mujer tomando la mano de Rubens—; ¡gracias, Pedro Pablo, por haberme enviado a buscar para recoger el último aliento de mi hija!
Los ojos de Ana se abrieron en aquel instante.
Parecía más diáfano y hermoso el azul de sus pupilas, pero sus facciones se descomponían por momentos.
—¡Diego! —fue su primera palabra.
El artista iba a acercarse; mas la encubierta sacó de su seno una carta y se la mostró, estrechándole la mano silenciosamente.
Era la misma que don Diego Velázquez había escrito a la madre de Ana, participándole que marchaba a España con su hija.
—¡Diego! —volvió a murmurar Ana con lenta y débil voz—; ¡Diego!... ¡Padre! Venid... porque me muero.
Los dos pintores se acercaron: Juan se enjugó el llanto que corría por sus mejillas, y se sentó delante del caballete, para dar en él las últimas pinceladas.
La incógnita se arrodilló a los pies del lecho, y ocultó la cabeza entre las ropas sollozando con íntima amargura.
—Diego —continuó Ana con una voz tan débil que casi no se oía ya—. ¡Diego... el amor que te he tenido ha aniquilado mi vida!... Cuando en aquella carta fatal me dijeron que no eras mi hermano... y que tenías una esposa... y una hija a quien amar... la desesperación se apoderó de mí... cuando supe que era un engaño... ya estaba herida... de muerte...
Calló Ana, y durante algunos instantes solo se oyeron los sollozos de sus padres y los gemidos de Velázquez.
El mulato había terminado su cuadro, y lloraba silenciosamente.
De repente se incorporó Ana sobre un brazo y miró profundamente la inclinada cabeza de aquella mujer.
—¡Madre!... —gritó extendiendo los brazos y conociendo, con ese instinto admirable de los moribundos, que aquella mujer solo podía ser la que le había dado la vida.
—¡Hija mía! —gritó ella lanzándose hacia su hija y estrechándola en sus brazos.
Ana levantó el velo de la incógnita, y apareció un semblante del cual era el suyo una copia fiel.
La desconocida tenía los cabellos de igual color, y el matiz de los ojos de Ana parecía haber sido robado a los suyos, advirtiéndose la misma semejanza en todo el resto de sus facciones.
—¡Adiós... madre mía... padre... Diego, adiós! —murmuró Ana—. El supremo juez me llama desde el cielo, y me enseña la gloria... ¡Juan, os ruego que no abandonéis jamás a Diego!
Ana cayó desplomada sobre el lecho, y sus labios dejaron escapar el último suspiro.
Las cuatro personas que rodeaban el lecho cayeron de rodillas, y volvieron a oírse en aquella estancia secos y amargos sollozos.
La madre de Ana levantó la primera la cabeza, púsose en pie y se envolvió en su manto.
—Don Diego —dijo dirigiéndose a Velázquez con voz quebrantada, pero con firme acento—: os suplico que me dejéis ese cuadro que contiene la imagen de mi hija y que vuestro amigo acaba de pintar.
Ante aquella demanda, palideció el pintor de cámara de Felipe IV.
—¡Señora! —dijo con mal segura voz.
—¡Me lo negáis! —repuso la dama con honda amargura.
—Señora —contestó Velázquez—, he hecho ya el doloroso sacrificio de cederlo al padre de Ana... pedídselo a él...
Los sollozos cortaron las palabras al infeliz don Diego, que fue a postrarse a los pies del lecho.
En cuanto a la dama, se irguió altanera y miró arrogante la inclinada y doliente faz de Pedro Pablo.
—Yo, que soy su madre —dijo lentamente—, tengo derecho a ese retrato, y desafío a Rubens a que me lo arrebate si se cree con razón para ello.
El ciudadano de Amberes guardó un doloroso silencio.
—Antes de que os deje para siempre, don Diego —continuó la madre de Ana—, quiero justificarme ante vos de mi conducta, en presencia del cadáver de mi desventurada hija.
Nada contestó don Diego, y ella continuó de esta suerte:
—Mi nombre es Ana, y soy hija del noble y valeroso conde de Egmont, de la rica y dilatada familia de este nombre: a los quince años me casé con un primo hermano mío que heredó el título de mi padre por fallecimiento de este último.
»Enrico era gallardo, joven, bueno, y me adoraba.
»Yo le amaba también, y dos años después de mi matrimonio le había dado dos hijos, cuando mi esposo fue a suplicar a Pedro Pablo Rubens que le hiciese mi retrato.
»Quiero pasar en silencio los progresos de mi seducción, y llegaré al día en que, conociendo Enrico mi estado, me llamó a su gabinete.
»—Ana —me dijo echando sus brazos a mi cuello—: vas a darme por tercera vez la ventura de ser padre, ¡y nada me has dicho!...
»Yo bajé los ojos: cubrió mi frente el carmín de la vergüenza, y rompí a llorar.
»Nunca supe mentir.
»La frente de Enrico, tan serena de ordinario, se cubrió de una nube de dolor.
»—¿Me has hecho traición, Ana? —me preguntó, tomando cariñosamente mis manos.
»Entonces me arrojé a sus pies y le referí todos los detalles de mi falta, menos el nombre de mi cómplice.
»—¿Quién es el padre del hijo que llevas en tu seno? —me preguntó entonces.
»—Mátame, Enrico —exclamé—, pero no me hagas una pregunta a la cual no puedo contestarte.
»—¿Luego le amas mucho?
—¡Oh, no, Enrico! —exclamé con tal acento de verdad que quedó casi convencido—. No le amo, no... mi falta fue la consecuencia de un vértigo... pero no quiero decir su nombre, porque querrás batirte con él, ¡y puede matarte!
»—Está bien —dijo Enrico con calma—: desde hoy, señora, habitaréis la parte del palacio opuesta a la que habite yo con mis hijos, y ni a ellos ni a mí nos volveréis a ver. Este es vuestro castigo.
»Callé: tampoco sabía doblegar mi altivez hasta el ruego.
»Desde aquel día viví aislada, sin más compañía que una doncella para mi servicio, que recibía el alimento para ambas del comedor de palacio.
»Cuando di a luz mi hija, la hice bautizar con mi nombre y la mandé a Rubens con mi camarera Gisela: aunque rechazada por mi esposo, no intenté profanar su casa abrigando en ella el fruto de su deshonor.
»Rubens no quiso ofender tampoco el decoro de su mujer y de sus hijos con la presencia de la desgraciada criatura, y la depositó en la casa donde la visteis, con una nodriza y la anciana dueña que conocéis.
»Luego no volvió a pensar en ella: abrumado de honores y dignidades, la gloria embargó su alma. Yo, por el contrario, ¡iba sola y encubierta todas las noches a imprimir un beso en la frente de mi hija!
»Cuando la luz de su razón pudo ya hacer que me reconociese con la continuidad de verme, esperé a que el sueño cerrase sus ojos para verla yo.
»De este modo pasaron algunos años.
»Un día supe por Gisela que mi hija Duyweque,[16] que ya contaba quince años, estaba enferma del pecho, y que mi esposo se disponía a llevarla a Gante.
[16] Significa Paloma en lengua flamenca.
»Espié el día de su salida, y lo supe el anterior; envié a Gisela a que mandase disponer un coche muy modesto de camino, y escribí una carta; por la noche fui a ver a Ana y la puse en sus manos, encargándole que la entregase al primer hombre que le dijese amores.
»Después la abracé y partí.
»Seguí en mi coche al que llevaba a Enrico y a Duyweque enferma, y al llegar a Gante me hospedé en el mesón de San Pablo, que era el mismo que ellos habían elegido.
»Un mes pasé pegada a la pared del cuarto donde mi hija sufría.
»Una noche oí gritos dolorosos que se escapaban del pecho de mi esposo.
»—¡Se muere! —gritaba—, ¡se muere!... ¡socorro!...
»Yo me lancé en el cuarto... Duyweque agonizaba ya.
»La mirada de mi marido se fijó en mí, no obstante su dolor: una lágrima empañó el brillo de sus grandes ojos, y se arrodilló junto a mí al lado del lecho de nuestra hija, sin hablarme una palabra.
»Duyweque abrió los ojos y gritó:
»—¡Madre mía!...
»Luego, como si Dios la inspirase en aquel momento, puso mi mano en las de su padre... ¡¡y expiró!!...
Un sollozo desgarrador cortó la palabra a la condesa, que permaneció llorando durante algunos instantes.
Los tres oyentes de su lastimera historia lloraban también.
La condesa continuó así:
—Tres días después, y acabados los funerales de mi hija, entró Enrico en mi cuarto.
»—Ana —me dijo—: quiero que Duyweque descanse en el panteón de mis padres que, como sabéis, está en esta ciudad. La joven condesa de Egmont debe reposar junto a sus abuelos.
»Yo incliné la cabeza en señal de conformidad, y Enrico continuó:
»—Vivid junto a su tumba si queréis; de este modo veréis cada año a vuestro hijo Yans cuando venga a traer una corona de flores a la tumba de su hermana.
»Enrico era inflexible: yo me incliné ahogando en mi corazón el llanto que arrancara de él su dureza, y mi esposo desapareció sin estrechar mi mano.
»Pero Duyweque dormía ya el sueño de los ángeles, y yo volví a Amberes para velar por Ana.
»No obstante, el palacio de mi esposo me ahogaba: yo me sentía revivir junto a la tumba de la hija, fruto de mi primero y santo amor; por otra parte, yo amaba mucho a Enrico, y la idea de que cumplía su deseo viviendo en Gante y rezando cada día en el sepulcro de su hija, era un consuelo para mi destrozado corazón.
»Fijeme, pues, en Gante, y allí fue, don Diego, donde vino vuestra carta a darme la alegría primera que he sentido hace dieciséis años.
»Ana estaba en salvo y sería feliz, porque la fama de vuestra hidalguía había llegado hasta nuestro suelo.
»Mas, ¡ay!, que no fue así: la infeliz niña, privada de todo cariño en la tierra, concibió por su bienhechor una pasión tan vehemente, que ha aniquilado su vida aun creyéndoos su hermano. ¡Pobre azucena destrozada por el vendaval de una pasión que ni ella misma ha podido comprender!
Calló de nuevo la condesa y regó con llanto amargo los pies helados de su hija.
—La conciencia —prosiguió tras una larga pausa—, la conciencia alzó, al fin, su grito en el alma de Rubens... buscó a su hija y la encontró agonizante ya... ¡Malditas... malditas sean las pasiones de los hombres!...
»Ahora —continuó poniéndose en pie—, me vuelvo a mi casa de Gante construida al pie del panteón donde descansa Duyweque... Cuando recibí la carta en la cual Rubens me avisaba que viniese a recoger el último aliento de Ana, mandé preparar la tumba, que va a recoger sus restos, y que muy pronto guardará los míos; pero hasta entonces quiero que me acompañe el retrato de mi hija moribunda.
Al decir estas palabras, se aproximó la condesa a una ventana e hizo una seña.
Dos criados, de luto, subieron un ataúd de terciopelo blanco, colocaron en él el cuerpo de Ana y bajaron con lento paso.
La condesa desprendió el lienzo del caballete sin que nadie se opusiera a ello, lo enrolló bajo su manto y, estrechando la helada mano de Velázquez, salió.
Un instante después se oyó el pesado paso de los dos servidores que llevaban en una litera enlutada el cadáver de Ana.
La condesa seguía sombría y envuelta en su manto negro al fúnebre convoy.
¡La infortunada hija del gran Rubens llevaba por todo acompañamiento a su última morada a su pobre y desolada madre!