IX

Algunos meses después, presentó Enrique II una batalla a los ingleses, en la cual quedó prisionero el infante don Sancho que mandaba uno de los cuerpos del ejército de su hermano.

El rey de Castilla pagó por el infante un fuerte rescate, y envió a buscarle al primer puerto a una brillante comitiva de los señores más jóvenes y apuestos de su reino.

Pocos días después, llegaron dos heraldos a las puertas del alcázar, solicitando una audiencia del rey, para decirle que habían adelantado a la comitiva con el objeto de prevenirle que su señoría el infante don Sancho venía muy enfermo.

—¡Oh, Dios mío! —exclamó el rey, en cuyo semblante se retrató un agudo dolor al oír esta triste nueva—; ¿y debe llegar pronto?

—Solo le precedemos algunos instantes, contestaron aquellos.

Diéronse inmediatamente órdenes para que se preparasen las habitaciones de don Sancho, y no bien se dejaron oír las trompetas y atabales de la guardia del rey, anunciando que ya se divisaba la comitiva del infante, bajó don Enrique la escalera para abrazar a aquel hermano con tanto extremo querido.

El infante no pudo ya doblar la rodilla para saludar al rey que le estrechó contra su pecho; dos escuderos le subieron en sus brazos, y le depositaron en su magnífico lecho.

Estaba don Sancho pálido y demacrado: la terrible enfermedad de languidez que hacía tres meses le consumía, había llegado a minar todos los órganos de su vida.

El rey y la reina se retiraron muy tarde a sus habitaciones, y poco después, los ballesteros, que dormitaban en las galerías, vieron deslizarse a un fantasma, envuelto en un largo manto azul: santiguáronse todos devotamente, porque, a su modo de ver, era el alma de una mujer, que según se aseguraba con sumo misterio, salía cada noche de uno de los sepulcros del panteón, coronada de perlas y abrigada con un manto azul: decíase también que era una joven muy amada del rey, a la cual habían enterrado con aquella alhaja, presente sin duda de Satanás, según afirmaban las reverendas dueñas, y que no podía morar en el panteón de los reyes, por ser solo una villana que había venido de la muy noble ciudad de Burgos.

Al rayar el día, las personas encargadas de velar al infante vieron con sumo terror que, durante su sueño, había aquel desaparecido: en vano registraron todo el alcázar antes de avisar al rey, al cual tuvieron por fin que dar parte de tan extraño acontecimiento.

Al día siguiente murió uno de los infantes, de muy corta edad, que estaba enfermo hacía algún tiempo. El rey, dominado por el profundo dolor que le causara la muerte de su hijo, y atraído por un inexplicable presentimiento, quiso acompañarle hasta el sepulcro: envolviose en un manto negro, se dirigió al panteón, y se ocultó tras una columna: de repente lanzó un grito de angustia, y los cortesanos, atónitos, reconocieron a don Enrique, al precipitarse sobre una figura humana, que yacía tendida sobre una tumba recién cerrada, y que solo tenía grabado el sencillo nombre de Berenguela.

El rey había reconocido un magnífico manto de seda azul bordado de oro: era de la reina, y bajo él descansaba don Sancho dormido con el sueño eterno.

El mártir del corazón quiso que le sirviese de sudario el manto real, que cubrió el cadáver de la infanta.

Un rayo de luz brotó en la mente de Enrique El de las mercedes, que dobló la frente y oró con fervor...

La reina doña Juana empezó a padecer desde aquel día la misma enfermedad de languidez que mató al infante.

¿Qué pasaba en el corazón de la reina de Castilla? ¡Solo Dios pudiera decirlo!

El día mismo que se cumplían seis meses desde la muerte del infante, cuatro condes de Castilla velaban el cadáver de su soberana, espada en mano y en pie, a los cuatro ángulos de su suntuoso lecho mortuorio.

El cadáver de la reina fue colocado, por orden del rey, en la tumba inmediata a la que ocupaba el de don Sancho.

Dícese que Enrique II no volvió a dormir desde aquella época fatal: que desterró al ambicioso don Nuño de Sandoval, y que ni aun el amor de sus hijos pudo consolar el hondo pesar que le devoraba el corazón.

¿Había adivinado el monarca cuál era el mal que cortó los días de la bella y adorable criatura a quien llamó su esposa?

¡Tal vez Dios le advirtió en sueños que las purísimas almas de la reina y del infante moraban juntas en el cielo!