VIII

Algunos momentos después de dejar la reina el aposento del infante, entró el rey en él a tiempo que don Mendo registraba sus heridas. Don Enrique había profesado siempre un entrañable afecto a don Sancho, por la hermosura de su índole, la ternura de su corazón, y su valor a toda prueba.

Al oír decir al conde que Berenguela era hermana suya, su funesto amor se rebeló contra aquella terrible e insuperable barrera; al saber que el hombre a quien creía hijo de don Álvaro quería arrebatarle aquella joven, tomando también el título de hermano suyo, su furor no conoció límites, y se arrojó a él con la espada desnuda; mas al ver que a pesar de su valentía permanecía inmóvil, al mirarle tendido a sus pies, exánime, y al parecer sin vida, un sentimiento desconocido se alzó en su corazón; su afección hacia aquel hermoso joven renació más fuerte que nunca, y ya se ha visto que le mandó conducir al alcázar, y que encargó que llamasen a un médico. Luego que salió de casa del conde, y se aseguró de que este quedaba en la prisión, fue a informarse por sí mismo del estado del herido.

Don Mendo reconocía las heridas con sumo cuidado; al ver al rey quiso incorporarse el pobre joven, mas aquel le hizo señas para que permaneciese quieto, y mandó a don Mendo que prosiguiese la operación, tomando él mismo una luz para alumbrarle.

De repente el rey dio un grito: acababa de ver en el costado derecho del joven, y junto a la herida que don Mendo reconocía, una mancha rosada que él tenía también en el mismo sitio, y que distinguía a todos los bastardos de Alonso XI, que la habían heredado de su madre Leonor de Guzmán; el mismo conde de Carrión ignoraba esta circunstancia, y ninguno de los infantes sabía que cada uno de sus hermanos estaba marcado así.

Don Enrique, con el corazón anegado de ternura, rodeó con sus brazos el cuerpo de don Sancho, y al mismo tiempo exclamó con voz vibrante de emoción:

—¡Hermano mío!

El infante le miró con asombrados ojos, y pasó la mano por su frente para convencerse de que no soñaba.

—¡Perdón, perdón, Sancho! ¡Oh, perdóname! —continuó don Enrique apoyando en su pecho la cabeza de su hermano.

—¿Y Berenguela? —preguntó tímidamente el infante.

—¡Ah! ¡No sé! Yo la dejé desmayada y vine a verte a ti.

—¡Pobre hermana mía! —murmuró don Sancho con temblorosa voz.

—¡Tu hermana! —repitió don Enrique cuyos ojos lanzaron relámpagos sombríos—. Pues entonces, ¡tú no eres hermano mío!... ¡entonces la señal que yo he visto miente!... ¡Oh, sí, sí... miente... miente!... ¡Porque si ella fuese mi hermana, no hubiera puesto Dios en mi corazón el germen de este fatal amor!...

—¡Es vuestra hermana como yo!

—¡Ven, pues! —exclamó el rey—. ¡Ven, Sancho, o Fernando, o como quiera que te nombres! ¡Quiero que me acompañes a cerciorarme de esta horrible verdad!...

Don Enrique, con el semblante desencajado, llamó al escudero del infante, y le ordenó que le vistiese en cuanto don Mendo acabase de vendar sus heridas; dio orden de preparar una litera, y después de que don Sancho estuvo vestido, le envolvió él mismo en su ancho manto blanco y mandó a dos soldados que lo condujesen a la litera, encaminándose todos a casa del conde.

Su aparición produjo muy diferente sensación en las tres personas que ocupaban la cámara de la infanta: la reina miró a don Enrique con terror, y a don Sancho con asombro. Don Álvaro permaneció sereno e inmóvil, y en cuanto a Berenguela, se precipitó hacia su amante con indecible afán; mas antes que pudiera salvar la distancia que les separaba, cayó exánime a los pies del infante.

—¡Qué veo! —exclamó el rey—. ¡A qué han venido aquí la reina y ese traidor!

—He venido a salvar el honor de esa desdichada —contestó el anciano con firmeza.

En cuanto a la reina, se había arrodillado junto a la infanta, y no se cuidó de contestar a su esposo.

—¡Berenguela! ¡Berenguela! —gritó el rey acercándose a la joven que yacía inmóvil en el suelo, sin hacer caso de las palabras que pronunciara el conde.

—No turbéis los últimos momentos que restan de vida a esa desgraciada —dijo el conde con acento severo.

—¿Qué?... ¡Oh!... ¿Qué has pronunciado? ¿Acaso... habrás sido tú su verdugo?...

—No he sido más que el salvador de su honra.

—¡Tú! ¡Mientes... miserable! —gritó el rey con ronca voz y cogiendo por un brazo al conde; y luego continuó con acento lastimero y suplicante:

—Pero ¡oh, no... no! ¡Eso no puede ser!... ¡Álvaro... dime que me engañas!...

—Un veneno activo, que yo vertí en esa copa, cuyo contenido acaba de beber, circula ahora por sus venas.

—¡Ah!... ¡qué horror!... —exclamaron la reina y don Sancho, que cayó también de rodillas junto a la pobre niña.

El rey lanzó un sordo gemido; levantó a Berenguela entre sus brazos, y fue a sentarse con ella en el sitial en que estaba apoyado don Álvaro.

—¡Llevad a este hombre al cadalso, y que caiga su cabeza inmediatamente! —dijo con lenta y oprimida voz.

La escolta, que había acompañado a los regios hermanos, rodeó al anciano conde, que fue a situarse enfrente del rey.

—Óyeme, Enrique —dijo con su grave y reposada voz—: yo amé a tu madre, como solo se ama una vez en la vida, y, sin embargo, fui el mejor amigo de tu padre, torturando sin piedad mi corazón; a ti y a todos tus hermanos os recibí en mis brazos y oculté el nacimiento de los dos últimos, porque el rey tu padre me lo mandó así; he sido el genio bienhechor de tu familia, y un segundo padre para vosotros... y, sin embargo, ¡he tenido el valor suficiente para matar a esa pobre niña sin sentir el más leve remordimiento!

»Pero lo que más debe asombrarte, rey de Castilla —continuó el anciano—, es saber que tú mismo has puesto en mis manos el medio de darle la muerte. ¡Sí, el joyel que cerraba las sartas de perlas de esa diadema, que tú le diste, contenía el veneno que le quita la vida!

El rey apoyó su frente en la frente helada de la infanta, ceñida aún con la fatal diadema, y dejo escapar un sollozo desgarrador. Don Álvaro continuó tranquilamente:

—Nadie más que yo sabía en el mundo este terrible secreto, porque solo yo estaba presente cuando Alonso XI lo dio a tu madre: «Si alguna vez —le dijo— te ves próxima a perecer bajo el puñal de un asesino, bebe el veneno que contiene esta joya: tu muerte así será más dulce e instantánea.» ¡Oh, al dar esa diadema a tu hermana, debiste saber que ponías en mis manos la defensa de su honor!

El anciano se acercó al infante, que le abrió los brazos sollozando; luego se inclinó sobre Berenguela, y besó sus manos heladas murmurando:

—¡Duerme en paz, ángel de Dios!

—¡Perdón para él, señor! —exclamó el infante volviéndose hacia el rey.

—¡No le quiero! —repuso el anciano pasando el umbral rodeado de soldados—. ¡Dios nos juzgará a los dos!

Salió de la estancia con paso firme, y el rey se quedó como petrificado, con la infanta en los brazos, en tanto que ella le contemplaba sumida en un éxtasis delicioso: la animación de la fiebre había desaparecido de su fisonomía, y sus ojos, dulces como en los tiempos en que conoció a Florestán, se fijaban en los del rey con entrañable amor; empero su palidez crecía a cada instante, y un círculo azulado rodeaba ya aquellos grandes ojos.

—¡Cuán bien estoy así... Florestán!... —murmuró con voz dulcísima, pero tan débil ya, que apenas podía percibirse—; ¡qué dichosa soy... mirando ese hermoso sol!... ¡así lucía... el día primero que te vi!...

El rey ahogó un sollozo; en cuanto a la reina, se ocupaba en sostener la cabeza del infante, que había caído desfallecido en un sitial, situado en frente del que ocupaba el rey con Berenguela.

De repente, la mirada de la joven se apagó, como la luz próxima a extinguirse.

—¡Tengo sueño! —murmuró reclinando su cabeza en el hombro del rey—; ¡déjame... dormir... aquí, Florestán!...

Cerráronse sus ojos; apareció en su boca una sonrisa inocente, y su boca despidió el postrer suspiro.

El rey no lanzó ya un solo gemido: breves instantes permaneció mirando con sombríos ojos el cadáver de Berenguela; de repente exclamó:

—¡Oh, quiero desgarrar yo mismo mi propio corazón! ¡Quiero apurar hasta las heces el amargo cáliz de mi dolor!

Al pronunciar estas palabras, depositó el cadáver en el lecho y rasgó con su daga la túnica de la infanta, apareciendo bien pronto la señal del costado.

—¡Hermana mía! —gritó besando en la frente a Berenguela; después, levantándose con los ojos llenos de lágrimas, prosiguió:

—¡Ruega al señor que me perdone, el no haberte arrancado tu postrera ilusión de amor!

La reina cerró piadosamente los ojos de la joven, y besó sus mejillas, frías ya, en tanto que don Sancho ocultaba sollozando su frente entre las ropas del lecho.

—¡Valor, hermano mío! —dijo el rey abrazándole—; ¡yo la amé con locura, y me consuelo al pensar que está a los pies de Dios!

—¡Valor, hermano! —repitió la reina cubriendo el cadáver con su manto real—; ¡yo la amaba también, y sabré consolar tu dolor!

—¡Oh, Dios mío! —murmuró aquel mártir del corazón, alzando al cielo sus abatidos ojos—: ¡no les hagáis saber nunca hasta qué extremo la amaba yo!