VII
La reina de Castilla pudo vencer todas las dificultades que los ballesteros del rey oponían para permitirle la entrada en la casa del conde. Sabían ellos bien que los caprichos de doña Juana eran acatados por su esposo mismo, el cual le profesaba un afecto tranquilo, pero tiernísimo.
Al fin penetraron en la cámara de la infanta: esta había saltado del lecho al volver de su desmayo, y se había puesto únicamente una túnica blanca; estaba sentada en un sitial, y sus pies desnudos se apoyaban en el helado mármol del pavimento.
Sus largos cabellos, cuyas gruesas trenzas estaban medio deshechas, caían en desorden sobre su frente cubierta de intensa palidez; todas sus facciones, desencajadas hasta un extremo increíble, habían perdido su expresión dulce y débil, y sus grandes ojos, casi siempre melancólicos e impregnados de ternura infinita, se veían brillantes de fiebre y giraban a todos lados llenos de espanto.
Cuando vio aparecer a la reina y al conde, se levantó, y de un salto se puso cerca de ellos.
—¿Dónde está Florestán? —preguntó con ansia, devorando al anciano con su ardiente mirada.
—Florestán ha muerto para vos —dijo don Álvaro con voz hueca, y conduciéndola de nuevo a su asiento.
—¡Ha muerto! —gritó la desdichada—: ¿le has muerto tú o tu hijo?... porque ese caballero que me guardaba, me dijo que don García era hijo tuyo... sí... sí... ¡él fue!, yo le vi sacar la espada... y luego... creo que me desmayé...
—¿Queréis venir conmigo, Berenguela? —preguntó la reina acercándose a ella.
—¿Salir yo de este cuarto regado con su sangre? —exclamó la infanta que acababa de arrodillarse en la sangre todavía caliente de don Sancho—. ¿Quién eres tú que me haces esa pregunta? —prosiguió volviendo hacia la reina sus extraviados ojos y mirándola atentamente.
Mas, reconociéndola al instante y poniéndose en pie, la llevó cerca de la lámpara de plata que ardía en su dormitorio, abandonado ya por los ballesteros, desde el momento en que la reina se presentó.
—¡Ah! —dijo Berenguela mirándola con fijeza—. ¡Es la joven de los rizos rubios, que me dijeron era la esposa de Florestán!... ¿Y no llora?... ¿Es que tus ojos se han secado como los míos? ¿Es que no tienen lágrimas que verter? ¿O vienes acaso a morir conmigo sobre esa sangre que derramó por mí?
—¡Oh, Dios mío! ¡Está loca! —exclamó la reina cubriéndose el rostro con las manos.
—¡Loca! —repitió amargamente la infanta, cuyo desvarío crecía por instantes—. ¿También dices tú como mi madre y como aquellos muchachos que me pegaban tanto? Mira... yo huí del lado de mi madre porque me llamaban loca... ¿y sabes por qué?... porque llevaba siempre estas perlas que Florestán ciñó a mi cabeza, y porque todos los días salía al campo a esperarle... luego vine a buscarle a Toledo, ¡y las gentes me maltrataban y me llamaban loca también!... después encontré a Florestán, a mi querido Florestán, a tu lado... y yo... no te aborrecí, ni dejé de amarte... por eso... pero tú mandaste que me arrancaran de sus brazos... tú, que eres tan hermosa... y tienes el rostro tan dulce como los ángeles de mis sueños... ¿por qué fuiste tan cruel conmigo?... ¿por qué me separaste de él si yo no te había hecho ningún daño?...
—¡Oh, desgraciada niña!
—Luego —continuó Berenguela, tomando en sus manos abrasadas las manos de la reina—, luego ese hombre me trajo a esta casa... y me dio por carcelero a su hijo... que me había perseguido un año con su amor, cuando estaba en Burgos... y cuando volvió Florestán a buscarme,... ¡padre e hijo sacaron las espadas y le mataron... ahí... donde está ese charco de sangre!...
Y la infanta señalaba el sitio donde se había arrodillado.
—¡Ah! —gritó desesperadamente el conde—. ¡Mirad ya la luz del día! ¡Nos hemos equivocado en la hora!
En efecto: una blanca cinta empezaba a dibujarse en el horizonte, empujando rápidamente las tinieblas.
—Es menester concluir —dijo la reina con amargo desaliento—. ¡Y esa guardia que se ha doblado en las puertas!... ya es imposible salir... imposible... ¡yo estoy vendida también!
Hubo un rato de solemne silencio: la reina, cubierto el rostro con las manos, sollozaba amargamente; el conde, apoyado en la pared, permanecía yerto e inmóvil. Berenguela, en pie, les miraba alternativamente, sin comprender nada de aquella desesperación.
—¡Ven! —dijo después de un largo rato, queriendo llevar a la reina al sitio donde se había arrodillado—; ¡ven... aquí debemos morir las dos... porque aquí ha muerto él!...
Un confuso sonido de atabales y de trompetas, que desembocaba en la Plaza Mayor, cubrió la debilitada voz de la joven, y poco después se oyó la de un pregonero.
—«¡Oíd, oíd, oíd!» —decía con fuerte acento—: «esta es la justicia que manda hacer nuestro buen rey Enrique II con el traidor y rebelde conde de Carrión, que ha roto su honor, como el verdugo rompe ahora sus blasones, y como, al mediarse el día de hoy, romperá el hilo de su vida.»
Un golpe fuerte y metálico resonó en todos los ángulos de la plaza: era el hacha del verdugo que chocaba contra el blasonado escudo de los condes de Carrión y contra sus armas siempre victoriosas y aún teñidas con su sangre.
El anciano se enderezó como un león herido: hubiérase dicho que el hacha del verdugo había partido su corazón. La reina, olvidando su propia aflicción, le tendió una mano, que él se cuidó de tomar.
—¡Salvémosla, por Dios, conde! —exclamó doña Juana señalando a Berenguela, que permanecía inmóvil.
—Es inútil pensar en salir; la guardia se ha doblado y tenemos que atravesar la Plaza Mayor, donde están levantando mi cadalso, y la cual estará llena de soldados del rey... ¡Oh! —gritó de repente el conde, acercándose a Berenguela que parecía una estatua de mármol, y desprendiéndole de la frente su diadema de perlas.
—¿Qué vais a hacer? —exclamó la reina.
—¡Salvarla! —contestó el anciano con entereza.
La pobre loca no hizo movimiento alguno; ni siquiera advirtió que le quitaban aquella riquísima alhaja; arrodillada sobre la sangre de su hermano, que ya empapaba su blanca túnica, tenía la boca seca y entreabierta, y tiritaba de calentura.
La reina se acercó a ella y tocó sus manos heladas.
—Va a perder el sentido, conde —dijo volviéndose al anciano, que se había quedado enfrente de la infanta, mirándola con desencajados ojos—. ¡Una copa de agua... pronto, si no, esta pobre joven se muere!... —continuó la reina al ver que Berenguela desfallecía por momentos.
El anciano se acercó impávido a una mesa, tomó una copa de oro con agua que había pedido aquella misma noche para recobrar a Berenguela de su desmayo al volver del alcázar, y se la presentó después de contemplarla cerca de la lámpara. La desdichada apuró ansiosa hasta la última gota el agua que contenía la copa, y luego, por un movimiento natural en su carácter apasionado, besó dulcemente la mano que se la había presentado.
—¡Oh... ya se ha salvado!... —exclamó don Álvaro respirando con fuerza y clavando en el cielo una mirada de ardorosa gratitud.
—¿Qué decís?... —preguntó la reina asombrada; pero el acento expiró en sus labios, y sus ojos retrataron un profundo terror.
Un gran ruido de pasos y de armas se dejó oír en la antecámara: poco a poco fueron aproximándose, y breves instantes después se oyó la voz de Enrique II que gritaba con imperio:
—¡Abrid al rey!
Don Álvaro sacó la llave del aposento, que pocos momentos antes se guardara, y abrió; entonces aparecieron en la puerta el rey y don Sancho, escoltados por una fuerte guardia; el primero estaba pálido y tembloroso; el segundo venía sostenido por dos soldados, envuelto en un ancho manto blanco, y parecía un cadáver escapado de la tumba.