VI
Una pequeña lámpara de hierro daba a la prisión una débil claridad, más fúnebre y aterradora que la oscuridad más completa: las columnas de piedra, que sostenían la bóveda, asemejábanse a otros tantos colosales fantasmas de negras y horribles formas; la tenue luz estaba colocada ante una imagen del crucificado fija en la pared y al alcance de la vista de don Álvaro, y una pequeña mesa, situada debajo y cubierta con un paño blanco, indicaba que en breve iba a recibir el preso los sagrados sacramentos de la confesión y comunión.
El valeroso conde estaba sentado en un escaño de madera, único asiento que allí había, y fuertemente maniatado; sus manos, sujetas con gruesos cordeles, no podían moverse, y su cana y venerable cabeza, abierta por la maza del feroz soldado, estaba vendada con un paño blanco, que salpicaban anchas gotas de sangre.
Absorto en amargas meditaciones, o tal vez orando, ni siquiera se apercibió de la entrada de la reina; su cabeza permaneció inclinada sobre el pecho, y sus ojos fijos e inmóviles.
Doña Juana se adelantó silenciosamente: al ver a aquel anciano venerable, conmoviose hondamente su joven y tierno corazón y el llanto se agolpó a sus ojos.
—¡Señor! —dijo con tanto respeto que era imposible reconocer en su acento la voz de la mujer altiva que pocas horas antes había mandado quitar a la infanta de su presencia.
El anciano levantó la cabeza y se puso en pie, reconociéndola al momento.
—¡V. A. aquí! —dijo cediendo a la reina el grosero asiento que acababa de dejar, con la misma grave cortesía que si estuviera en uno de los salones de su magnífico palacio.
—Vengo de parte de... de un joven, que han traído al alcázar hace media hora, mal herido y en calidad de preso —dijo la reina aceptando el asiento, porque sentía que no podía sostenerse.
—¡De parte del infante! —exclamó don Álvaro con indecible alegría—. ¡Conque vive!
—¡Del infante! —repitió la reina llevándose ambas manos a la frente, porque sentía desvanecerse su cabeza con tantas emociones—. Pero, ¡Dios mío!, ¿quiénes son esos infantes, a quienes yo no conozco, y quién sois vos?
—Yo, señora, soy don Álvaro Garcés, conde de Carrión, y el segundo padre de los dos jóvenes que habéis visto esta noche, herido y preso el uno, y la otra maltratada y casi demente: en cuanto a ellos, son hermanos de don Enrique.
—¡Hermanos de mi esposo!...
—¡Sí! —repitió el anciano, cuya calva frente se enrojeció de ira—. ¡Hermanos de don Enrique; hijos, como él, de Alonso XI y de Leonor de Guzmán! ¡Hermanos desdichados, a quienes no quiere reconocer!... ¡Dos infelices criaturas que han vivido bajo mi amparo, para que pierdan la vida el uno, y la otra, además, la honra, que es mil veces peor! ¡Honra y vidas, que con tantos afanes conservé! ¡Es posible que habéis de perecer ahora por ese ingrato a quien tanto he amado, y por quien derramé mi sangre en cien combates!
—¿No sabe el rey que son sus hermanos?
—No quiere creerlo, señora, porque hasta hoy no lo había sospechado siquiera, y porque yo no tengo otra seguridad que darle que mi palabra.
—¡Oh, qué horrible misterio! —murmuró la reina pasando sus manos por la abrasada frente; y luego añadió en voz alta:
—¿Dónde conoció a su hermana?
—En Burgos, y desde entonces la amó con locura.
—¿Y a su hermano?
—Don Sancho pasaba por don Fernando Garcés, mi hijo.
—¿Dónde está la infanta?
—En la que fue mi casa, que ahora está guardada por los soldados del rey.
—¿Luego esa desdichada —dijo la reina con espanto— está en poder de don Enrique?
—¡Sí! —exclamó el conde, retorciendo con delirante dolor sus manos atadas—. ¡Sí, está en poder de don Enrique, sin que nadie más que yo pueda librarla de él! Y yo... yo estoy aquí atado... yo voy a morir dentro de pocas horas... ¡Oh, si yo pudiese abandonar durante algunos instantes esta prisión!...
—Pero, ¿qué podríais hacer, desdichado anciano? —repuso doña Juana, por cuyas blancas mejillas se deslizaban gruesas lágrimas.
—¡Oh, yo tengo medios para salvarla, si pudiese llegar hasta ella! —exclamó el conde con tanta confianza que la joven reina se levantó involuntariamente.
—¡Oh! —murmuró—: ¡si ella quisiera seguirnos, yo la salvaría también, como a mi querida hermana, y la haría feliz!
Y luego añadió como asaltada por una idea repentina:
—¿Vamos a verla, conde?
—¡A verla! ¿Olvida V. A. que va a amanecer, y que dentro de algunos instantes vendrá a buscarme el confesor?
—No, todavía no: tenemos aún hora y media... mirad —añadió—, mirad, esa puerta de tablas desunidas... debe comunicar con una escalera que da al jardín... una vez allí, la salida es segura, porque yo tengo una llave... vamos, vamos a salvar a esa desdichada.
Y la reina se quitó su toca de encajes, que retorció haciéndola una mecha y humedeciéndola en el aceite de la lámpara; luego la encendió y se arrodilló a los pies del conde, prendiendo fuego a la gruesa cuerda que los sujetaba y que sus delicadas manos jamás hubieran podido desatar.
Cuando los pies del anciano quedaron libres, hizo lo mismo con las manos, sirviéndole de mecha la cuerda que acababa de romper.
—Ea —dijo apartando de su frente los profusos bucles de su rubia cabellera, que había quedado libre de toda sujeción, y echando sobre los hombros su recamado manto—. Vamos, conde; vos, que tenéis mucha fuerza, quitad uno de esos tablones... no perdamos tiempo.
—¡Bendito seas, ángel de Dios! —exclamó don Álvaro, besando las manos de la reina.
—¿Podremos convencerla para que nos siga, conde?
—¡Oh, si nos dejan llegar hasta ella, os juro que la salvaré! —dijo el anciano, al mismo tiempo que echaba abajo de un vigoroso empuje una de las tablas de la puerta; luego descolgó la lámpara, y una oscura y tortuosa escalera apareció, en efecto, a la vista de entrambos.
—¡Esta es la que conduce al jardín! —exclamó doña Juana—: ¡no me había engañado!
Y dejando la lámpara en el primer peldaño, se apoyó en el brazo del conde, y lo arrastró tras sí precipitadamente.
—¡Oh, qué noche! —murmuró la reina.
—¡Noche de tormentos —añadió el anciano—, que va a abrir a dos mártires las puertas del cielo!