LA HIJA.

ARTÍCULO PRIMERO.

¿Qué es una hija?

¡Cuando su educacion y sus propias

inclinaciones la hacen buena,

es la alegría de la casa, el ángel

consolador de sus padres, la aurora

del cielo doméstico, el rayo

de sol que todo lo ilumina, lo dora

y embellece!

De un libro inédito.

I.

Con verdadero placer voy á tratar de describir este tipo, el más bello, el más poético, el más risueño, el más inocente. En la madre todo me parece grande, casi augusto, hasta sus mismos errores: en la hija todo lo veo dulce, suave, tierno y simpático.

Madre es, á mi entender, sinónimo de sacrificio, de abnegacion, de virtud y de nobleza.

Hija es emblema de tierno afecto, de alegría, de encanto y de gracias.

Verdad es que para la que esto escribe la infancia y la juventud tienen tal atraccion y tanta poesía, que los niños le parecen siempre adorables, y las jóvenes le son siempre queridas.

Lo duro de la condicion varonil choca acaso con su delicado y susceptible orgullo de mujer; pero las mujeres y los niños han obtenido siempre su más tierno afecto; las primeras, porque comprende las desdichas de su condicion; los segundos, por su inocencia y su debilidad.

Muchas veces en el interior de una familia dividida por discordias he admirado el poder y el prestigio de la hija de la casa; ella era la que mediaba entre su padre y un hermano inaplicado ó rebelde; ella la que consolaba á su madre, afligida por las diferencias entre el hijo y el esposo; ella la que hablaba y reia cuando guardaban todos un sombrío silencio; ella la que animaba, la que hacía olvidar, á lo ménos, por el momento. La hija era el rayo de blanca luna que corria el negro nublado del cielo doméstico.

Uno de los hermanos le pedia su intercesion para que le dejasen ir al teatro; otro la ponia de mediadora para que su madre le diese una corta cantidad de dinero; una hermanita pequeña le suplicaba le alcanzase la concesion de un sombrero de moda nueva, y hasta el que estaba en mantillas queria ir á sus brazos para que lo llevase á ver la luz del quinqué, hácia la que tendia sus manecitas con esa aficion á todo lo que brilla, que ya se demuestra desde la cuna.

La hermana lograba todo para todos, y luégo cada uno le pagaba su dulce intercesion con muchas caricias y besos.

II.

La casa sin hija es como huerto sin sol. Cuando en una familia se ha pasado ya del descontento á una guerra sorda y cruel; cuando han surgido entre el padre y la madre diferencias imposibles de vencer; cuando, en fin, arde en la casa la tea de la discordia, sólo la rosada é inocente boca de una hija la puede apagar.

Los hijos, por mucho talento que tengan, no lo conseguirán jamas, porque es preciso el delicado instinto, el fino tacto y toda la gracia y poesía de la jóven, para apagar la sangre humeante que brota de las llagas del corazon y del amor propio, cuando se creen ultrajados.

¡Feliz el matrimonio donde hay una hija, una hija dulce, sensible, afectuosa; una hija que piense, y sobre todo que sienta! ¡Jamas llegarán á envenenarse las querellas! ¡Jamas dividirá á los consortes el abismo!

Si la madre es la firme base y la fuerte columna en que descansa la familia, la hija es el ángel custodio que la cubre con sus alas.

Coronemos á la madre de mirto y de laurel, y á la hija de rosas y azucenas.

III.

Pocos dias hace que una amiga mia, que acaba de casarse, me enseñaba una carta de sus padres.

--Mira, me decia, en tanto que gruesas lágrimas se deslizaban por sus mejillas; mira lo que me escriben.

La carta empezaba así, y era la madre la que hablaba por los dos:

«Desde que has salido de casa, hija mia, todo se halla mudo y vacío para nosotros; en medio de los cuidados materiales que agobian á tu padre, en medio de los dolores de mi siempre débil salud, tu sola vista nos daba la felicidad.

»Cuando mirábamos tu cabecita rubia nos creiamos en la primavera de la vida, porque los rayos de juventud que la alumbraban reanimaban nuestros corazones.

»Cuando veiamos tus dulces y límpidos ojos, la dicha nos sonreia en ellos, y pensábamos que nunca habiamos de perderte.

»¿Qué se ha hecho tu grata y armoniosa risa que alegraba la casa? ¿Dónde está el melodioso canto que se escapaba de tus labios en tanto que te ocupabas de tus cuotidianos quehaceres, y que era para nosotros como un eco de bendicion y de alegría?

»Aquí, hija mia, nada vive desde que tú nos dejaste, y la existencia sin tí nos parece tan vacía, que no merece la pena de conservarse.

»Aun está tu cuarto embalsamado con el perfume que usabas siempre y que dejabas detras de tí, como un dulce y eterno recuerdo tuyo; las flores últimas que pusiste en las copas de tu mesa de tocador han muerto allí, como la alegría en nuestros corazones; el espejo ya no refleja tu querida imágen; tu blanco lecho parece que te espera todavía; el crucifijo ante el cual orabas, sigue guardando tu alcoba virginal, y todo aquel aposento se halla envuelto en una sombría tristeza, como si lamentase tu ausencia.

»Y cuando alguno de nosotros llora, ya no hay quien le consuele, sino que todos los demas sufren con él.

Los sollozos de mi amiga, que, con el rostro entre las manos, se entregaba al dolor que le causaba la lectura de aquella tierna y elocuente carta, me obligaron á detenerme. Entónces, separando con dulzura sus manos, le dije:

--¿Por qué esa afliccion? Cálmate y espera del cielo una hija que sea para tí lo que tú has sido para tus padres; esa es la ley de la naturaleza, y ¡feliz la que sólo puede esperar de ella recompensa!

Dejaré para mi artículo siguiente la demostracion con ejemplos de lo que una hija puede y debe ser en la familia; la historia me prestará algunos, y en nuestros mismos dias el amor filial ofrece acabados y tiernísimos modelos de abnegacion.