LA MADRE.

ARTÍCULO SEXTO.

I.

Por los ejemplos que hemos presentado á nuestras amables lectoras creemos haber demostrado suficientemente hasta qué punto es grande y hermosa en la humanidad la figura de la madre, hasta qué punto puede llegar su influencia en el destino de sus hijos, y cuán inmensa es la importancia que se la debe conceder.

«Si quereis mejorar la sociedad, educad á las mujeres», decia Mad. Campan á Napoleon I; y al darle aquel consejo, debia indudablemente pensar en las madres, porque nadie como una madre puede hacer marchar á su familia por la senda del bien y de la virtud.

Para que una mujer sea buena madre, debe ser ante todo buena cristiana, y ademas mujer instruida; porque su principal mision es inculcar á sus hijos los sentimientos religiosos, que les han de servir de puerto de paz en todas las borrascas de la vida.

«Nada hay que pueda reemplazar la educacion de una buena Madre», dice Maistre: «cuando la Madre se impone el deber de imprimir el sello de la virtud sobre la frente de su hijo, es casi seguro que la mano del vicio no lo borra jamas.»

«El jóven sigue su primera direccion, dice el libro de Los Proverbios, y no la deja ni áun en su ancianidad.»

Madame de Genlis nos ha pintado, en una de sus encantadoras novelitas, un ejemplo casi heroico del amor maternal.

Una jovencita, hija de una viuda hermosa y rica, estaba dotada de tan rebelde é indomable carácter, que parecia haber nacido solamente para ser el tormento de la que le habia dado el sér: no hubo pena que la pobre madre no sufriese de su hija, y Eglantina, que este era su nombre, en vez de agradecer á su madre el que se hubiera dedicado á ella por completo, renunciando al amor y al matrimonio, parecia complacerse en llenar su vida de disgustos y sinsabores.

Una terrible enfermedad acometió de repente á la jóven: el cielo le envió una viruela maligna, que le atacó á la vista de tal modo, que los médicos la declararon en inminente riesgo de perderla.

--Sólo hay un medio, dijo el más anciano; pero lo veo imposible de lograr.

--¡Hable V., doctor,! exclamó la afligida madre: diga ese medio, y le aseguro que lo encontrar.

--¡Imposible, señora!

--¿Qué hay de imposible para una madre cuando se trata de salvar á su hija? ¡Le digo á V. que lo hallaré!

--Pues bien, es preciso buscar una mujer bastante pobre para que por una cantidad que ella misma fije, extraiga con los labios, y de la manera más lenta y más suave posible, el humor maligno que ha cargado á los ojos de la señorita su hija de V.

--¡Gran Dios! exclamó la madre; ¿y dónde hallar á esa mujer?

--Creo que en ninguna parte, señora, y tanto ménos se hallará, cuanto que es un deber de conciencia el advertirle que peligra su vida, si traga alguna partícula de ese humor.

Aquella misma tarde, al volver los doctores, se hallaron á la madre de Eglantina vestida con un humilde traje de algodon y con una gorra de muselina.

--Ya se ha encontrado la persona que necesitábamos para salvar á mi hija, dijo.

--¿Ha sido posible?

--Sí, señores.

--¿Y dónde está?

--Yo soy.

--¡Usted! exclamaron los dos médicos.

--Yo misma; sírvanse, pues, darme sus instrucciones para ir al instante á aliviar á mi hija.

--Olvida V., señora, que expone la vida, exclamaron los doctores.

--No lo olvido, y por lo mismo que se expone la vida, es á mí, y sólo á mí, á quien corresponde tomar ese cargo. ¡Cómo! ¿me han creido VV. capaz, señores, de ir á buscar quien por dinero llenase un oficio repugnante, y que yo desempeñaré con verdadera felicidad? ¡Salvar á mi hija! ¿Qué más gloria podia yo esperar que me estuviera destinada, ni cómo cederia á nadie esta ventura? Si por un instante he podido pensar que otra lo haria, bien pronto me he dicho que sólo yo debia y podia llenar esta sagrada obligacion.

Y la generosa madre condujo á los médicos á la alcoba de su hija.

Eglantina tenía los ojos cerrados y cargados de viruela; su madre se inclinó sobre ella, y la informó dulcemente del único remedio que habia para salvarla la vida.

--¡De esta suerte, murmuró la jóven con tristeza, estoy ciega para siempre! porque ¿quién habrá que se quiera encargar de salvarme, practicando tan repugnante trabajo?

--Ya se ha encontrado quién lo hará, hija mia.

--¿Y quién es?

--Una pobre madre que quiere ganar la suma que yo la he prometido, y ahora mismo va á empezar la cura: te dejo sola con ella, y vuelvo pronto.

La madre hizo como que se iba, y volvió, arrodillándose en seguida al lado de la cama de su hija, y dando principio á la operacion.

¿Quién podrá pintar la sorpresa de Eglantina, al ver que era su madre la que habia salvado su vista, y acaso su vida?

Un cambio completo se verificó en su corazon, y dedicó toda su existencia á pagar á aquella madre generosa la deuda de gratitud, que con ella habia contraido.

No hay sacrificio, ni moral ni material, que no pueda y sepa hacer una madre, y los rasgos más heroicos de que puede envanecerse nuestro sexo, por las madres han sido llevados á cabo.

Venerad, pues, y amad con ternura á vuestras madres, mis queridas lectoras, y pensad que el amor maternal es el más santo y grande de los amores; el más generoso, el más fuerte, el que perdona siempre y siempre olvida, el que nos recibe al nacer, nos acompaña al morir, y vela por nosotros, áun despues que nuestras madres van á residir al cielo.