LA MADRE.

ARTÍCULO QUINTO.

I.

De la hermosa, amable é interesante madame de Sevigné es de quien vamos á tratar en este artículo, como de uno de los modelos de amor maternal que conocemos.

Infeliz en su enlace, no obstante que estuvo de acuerdo con su corazon, quedó viuda muy jóven, y en vano fué que se viese rodeada de los más brillantes partidos; quedáronle dos hijos, y se dedicó sola y exclusivamente á ser madre.

La Marquesa de Sevigné amaba mucho á sus dos hijos, pero el varon no alcanzó las infinitas pruebas de ternura que dió á su hija Margarita Francisca, que luégo fué la condesa Grignan.

Á la ternura maternal que la Marquesa profesaba á su hija se debe esa obra maestra de naturalidad y de gracia, esas Cartas, que áun nos interesan tan vivamente: se admira en ellas el espíritu ingenioso de su autora y su imaginacion fresca y llena de brillantez; pero se admira aún más su corazon maternal, en el que habitan como en morada propia, una ternura y una afeccion inagotables: hay en esas cartas expresiones mil veces repetidas, pero que parecen siempre interesantes y siempre nuevas: su elocuencia tierna y sublime es tan natural, tan delicada, tan persuasiva, tan amorosa, que admira profunda y tiernamente: se ve en las cartas de esa madre á su hija, pintada la verdadera manera de amar, que se olvida de sí misma y se ocupa sólo de la dicha del objeto amado.

La Marquesa, sin embargo, no era pagada por su hija con un amor igual al que le daba. Margarita era dura, altanera, fria de corazon, y frecuentemente necesitaba del perdon maternal: la hija era una mujer irreprensible, y la madre, que tenía todas las amables debilidades de su sexo, se veia juzgada duramente, y algunas veces reprendida con severidad por la misma hija á quien adoraba.

Hemos dicho que Margarita, condesa de Grignan, tenía necesidad muchas veces del perdon de su madre, y en ninguna ocasion resplandecen mejor la delicadeza y el profundo amor de la Marquesa á su hija, que cuando tiene que perdonarla.

«Tú me amas, hija mia, le escribia, y me lo dices de un modo que trae á mis ojos abundantes lágrimas: te complaces pensando en mí, y en hablar de mí, y dices que nunca eres tan dichosa como cuando me expresas tus sentimientos; cuando estos sentimientos llegan á mí, son recibidos de un modo que sólo puede ser comprendido por los que saben amar como yo te amo; tú eres para mí el mundo entero, y sólo á tí conozco.»

Este sentimiento tan vivo no hizo la dicha de madame de Sevigné: vivió separada de su hija desde el casamiento de ésta, y no pensó en que cuanto más elevamos un ídolo, más le separamos de nosotros: en todos los amores de la tierra la ceguedad, la idolatría, sólo llevan á la desgracia.

En tanto que no salió del lado de su madre, la jóven Margarita fué el objeto de los más tiernos cuidados de aquélla: la presentó en la córte, y la adornaba del modo más á propósito para hacer resaltar su belleza, que era perfecta; jóven áun la madre, bella y más agradable que la hija, pues su hermosura era de un carácter infinitamente más dulce que la de Margarita, apénas pensaba en sí misma, reservando todos sus cuidados y desvelos para la hija que amaba más que á sí propia.

Luis XIV, prendado de la admirable hermosura de Margarita, cuando ésta fué presentada en la córte, la distinguió mucho y hubo noche que bailó con ella cuatro veces seguidas. Margarita no era insensible á los homenajes de aquel Monarca, hermoso jóven y al que se miraba como á un semidios: á los diez y seis años no hay bastante fortaleza para reflexionar, y el alma de aquella niña, bien que oculta tras de un espeso velo de dureza y de egoismo, era ardiente y ambiciosa.

Madame de Sevigné tuvo mucho que sufrir para combatir las seducciones del Rey.

No se atrevia á dejar de ir á las recepciones de la córte con su hija, pues conocia el carácter del Monarca, y temia que la misma privacion de ver á Margarita le empujase á cometer violencias para llegar hasta ella.

Dióse, pues, prisa á casarla con el conde de Grignan, hombre de edad madura, sin que llegase á la vejez, padre de dos hijos, pero que amaba á Margarita con todo el entusiasmo del último amor.

Margarita fué dichosa en aquel enlace, pero no así su madre; habia deseado ésta ante todo que su hija no se separase de ella, y así se lo prometió el conde de Grignan; pero en breve, órdenes superiores del Gobierno, y que él no esperaba, le hicieron salir de París, al cual no volvió en muchos años.

De aquella separacion nacieron las cartas de madame de Sevigné, cartas admirables y de las que ya nos hemos ocupado.

La amorosa madre no pudo resistir largo tiempo sin ir á ver á su hija, y pasó á su lado algunos meses; pero sus ocupaciones y su fortuna la llamaban de nuevo á París, y los dolores de la ausencia empezaron para ella con mayor y más profunda intensidad; para que su correspondencia fuese interesante y no fatigase la atencion de Margarita, madame de Sevigné se informaba de todas las anécdotas de la córte, de todo lo que sucedia, y lo referia en sus cartas á su hija, con una gracia y una viveza encantadoras y teniéndola al corriente de todas las novedades.

El amor de madame de Sevigné llegó para su hija hasta la idolatría: y nosotros creemos que son preferibles las madres cristianas como Santa Mónica y como Blanca de Castilla, á las que, como madame de Sevigné, convierten en una pasion desordenada y ciega el amor maternal, pues este amor, cuando no es débil, es grande, poderoso, admirable: podria reformar el mundo si tuviera la conciencia de su mision, si comprendiera que no se trata solamente de amar al hijo, sino que es preciso educarle y salvarle de los peligros que le rodean.

Es fácil y cómodo amar el cuerpo de un hijo, embellecerle y adularle; pero ¡cuánto más hermoso y más grande es pensar en su alma!

El grande honor, cuando una mujer es madre, no es el sacrificio por su hijo, porque el sacrificio es dulce para la que lo cumple; es el sacrificar en caso de necesidad la vida misma del hijo, y estimar en más que esta vida tan cara, la verdad, el honor y la virtud; es querer más verle muerto que ver marchitas en su alma esas santas y delicadas flores.

Reconvenian no hace mucho á una madre delante de nosotros, porque en vez de reprimir la excesiva sensibilidad de su hijo le excitaba con lecturas tiernas y llevándole á socorrer á los pobres y á los enfermos, y le acusaban de que le hacía desgraciado.

--Amigo mio, respondió aquella madre: prefiero el que mi hijo sea bueno á que sea feliz.