LA MADRE.

ARTÍCULO CUARTO.

I.

--¡Dadme hijos, Dios mio, ó haced que muera!

Este era el grito que Raquel elevaba al cielo cada dia: éste era el grito de las mujeres de la nacion predestinada, donde todas aspiraban á ser la madre del Mesías.

Este es el grito que hoy tambien se escapa del seno de muchas mujeres, que se inclinan sobre una cuna, áun vacía.

Desde que la mujer siente un hijo en su seno, sólo anhela la venida de este hijo; su corazon se llena de la ternura más fuerte, más pura, más desinteresada; de la ternura que da siempre, y que no recibe casi nunca: de una ternura que no agotan ni las fatigas, ni los sacrificios, ni áun la ingratitud, que es algunas veces su recompensa; de una ternura que no se asusta de las pruebas más duras y que, cuando tiene su orígen en la sagrada fuente de la religion cristiana, nutre, como dice San Agustin, almas para el cielo.

Séfora, madre de los Macabeos, supo exhortar á sus hijos á resistir al tirano Antíoco, y á desafiar el horror de los tormentos, porque aquella valerosa madre amaba á sus hijos tanto y tan bien, que anhelaba conquistarles, áun á costa del martirio que su corazon sufria al verles martirizar, la felicidad eterna.

«Esta madre era--dice la Escritura--admirable y digna de vivir en la memoria de todos.»

Antíoco quiso conquistar por el prestigio de las riquezas y de los honores al más jóven de los hijos, al Benjamin de esta heroica Raquel: mas ella, inclinándose hácia el niño, le exhortó con penetrante energía, y le rogó que fuese digno de sus hermanos y de sí mismo.

«El Rey, inflamado en cólera, fué más cruel con este niño que con sus demas hermanos, y aquél murió confiado en el Señor: la madre sufrió la muerte despues de todos sus hijos»[[2]].

II.

Virgilio ha celebrado con su poesía encantadora á la madre de Euryalo, la única entre las mujeres troyanas que tuvo valor para seguir el destino de su hijo. Euryalo sucumbe en el combate, y su cabeza, colocada en la punta de una lanza, es paseada ante las tiendas.

La madre, atraida por los gritos de los vencedores, sale del campo de Eneas, á favor del cual combatia su hijo, y vuela al del enemigo, donde aquél ha sucumbido; ve la cabeza de Euryalo; los cabellos de la madre se erizan sobre su frente; su rostro se cubre de mortal palidez; su corazon se ha partido de dolor... tiembla un instante... extiende los brazos, y cae con el rostro contra la tierra, para no levantarse jamas.

Santa Mónica, la dulce y amable madre de San Agustin, mostró su amor hácia su hijo, llorando desconsoladamente los excesos de aquél, y ofreciéndose al cielo en holocausto de sus errores.

San Agustin lo dice en estas admirables palabras, dignas de su colosal talento: «Mi madre ha sufrido mucho más para engendrarme á la verdad y á la virtud, que para darme al mundo.»

Estas palabras encierran una elocuente leccion para todas las madres, porque la maternidad moral es el complemento de la maternidad material, y no pueden las mujeres ser dignas del sagrado nombre de madres, sino educando á sus hijos y haciéndolos amar la virtud.

Santa Mónica comprendia así su admirable mision: educó á su hijo con más tierno cuidado; le dió los profesores más distinguidos de su tiempo para que cultivasen su talento, y ella se reservó el cuidado de formar su corazon; siguióle á Cartago, á Roma, á Milan, hablándole siempre en lenguaje dulce y penetrante y mostrándole á la vez el ejemplo de todas las virtudes.

Pero todo era inútil: el hijo rebelde, extraviado más bien por su imaginacion ardiente que por su corazon, no escuchaba nada, y saltaba de abismo en abismo; un dia el peligro en que se arrojó era tan grande, que el corazon maternal estalló en sollozos profundos y desgarradores.

Dios escuchó aquel grito supremo y ablandó el corazon del hijo, que se volvió por entero hácia su madre.

Mónica lloró veinte años; pero obtuvo, no sólo la conversion, sino la santidad de su hijo; murió dichosa y tranquila, y aquel hijo, que fué obispo, lumbrera de la Iglesia y doctor de sabiduría consumada, no podia, ni áun en los dias de su ancianidad, hablar de su madre, sin que una gota de llanto subiese de su corazon á sus ojos.

La historia de San Agustin, de «ese hijo de tantas lágrimas», es el triunfo del amor maternal y de la confianza en Dios.

III.

San Juan Crisóstomo, ese genio admirable, debió á su madre la cultura de su espíritu y la de su corazon; era hijo de una viuda y quiso separarse de su madre para irse á vivir entre los solitarios de Egipto; pero su madre le detuvo por el tierno discurso que la incomparable pluma del santo ha legado á las edades futuras.

«No me hagas viuda segunda vez, le dijo la amorosa madre; no despiertes, hijo mio, un dolor que está sólo dormido; espera que yo muera; ¿no sabes que jamas he querido formar nuevos lazos, ni abrir á un nuevo esposo la casa de tu padre? Era muy jóven cuando le perdí, pero Dios ha velado sobre mí, yo me dediqué por completo á mi hijo y mi corazon estaba lleno de valor; ¡verte sin cesar, mirar en tus facciones un reflejo de las de tu padre, era mi placer de todos los instantes! Antes de que tu lengua pudiera articular el nombre de madre, tu vista sola me daba la vida; no me dejes ahora: cuando hayas acostado mi cadáver en el sitio donde reposan los huesos de tu padre, emprende largos viajes, cruza los mares, pues que serás dueño de tus acciones; pero en tanto que yo respire, hijo mio, sufre la compañía de tu madre y teme el enojo de Dios, sumergiéndome en un dolor que no he merecido.»

Aun hablaba la amable y dulce madre, y Juan, con las dos manos entre las de aquélla, le prometia no afligir su vejez, vencido hasta en su deseo de santidad, por aquel lenguaje tan elocuente y tan tierno.

Aquella santa y noble mujer era admirada hasta por los mismos paganos, y el filósofo Libanius, al verla en su juventud tan bella, tan casta, tan llena de abnegacion, exclamaba:

--¡Qué mujeres hay entre estos cristianos!

San Basilio y San Gregorio Nacianceno debieron tambien á sus madres la perfeccion de sus virtudes; se puede asegurar que no hay en el cristianismo una grande alma, ni un hermoso genio, que no haya tenido una buena y santa madre.

Blanca, la hermosa y adorable Blanca de Castilla, formó el alma de su hijo San Luis.

La Iglesia y la Francia deben su ilustre hijo San Bernardo á su madre Aletha: esta mujer distinguida inspiró á su hijo el gusto de las letras, y cuando Bernardo quiso llamar al camino de la virtud á su hermana Humbelina, le bastó evocar el recuerdo de su madre para que la jóven cayese de rodillas á sus piés.