LA MADRE.
ARTÍCULO TERCERO.
I.
Triste es el ejemplo que vamos á ofrecer á nuestros lectores, y, sin embargo, le elegimos entre muchos, como el más elocuente y como el más propio para manifestar hasta dónde llega la influencia de la madre sobre su hijo.
Ya hemos visto la saludable que ejerció Mad. de Lamartine en el suyo; hablemos de la funesta, de la tristísima, que Lady Byron tuvo en el carácter y en el destino del ilustre poeta que le debe la vida.
La orgullosa y severa Inglaterra se envanece, y con justísima razon, de contar entre sus hijos al poeta cuyo nombre ha llenado con su gloria al mundo entero; pero si esa nacion, moral por excelencia y amante de la familia, separa sus ojos de madre de la entidad poeta de Lord Byron, y los fija en la entidad hombre del mismo, es seguro que los cerrará avergonzada.
Lady Byron estaba dotada de una hermosura encantadora y de un talento tan grande, que no podia comprenderse sin asombro, ó más bien que podian comprender muy pocas personas, pues sólo la inteligencia grande es la que sabe medir y apreciar la grande inteligencia.
Lady Byron no fué dichosa en su matrimonio; á pesar de sus sobresalientes dotes de talento y de hermosura, ó quizá á causa de estas mismas dotes, mal apreciadas de su marido, detestó el lazo eterno que á él le unia, y el nacimiento de su único hijo Jorge la causó más disgusto que placer.
La muerte desató su cadena conyugal, y, viuda ya, amó ó creyó amar muchas veces, engañándose siempre y mirando caer á sus piés los ídolos que su propia imaginacion habia levantado y vestido con doradas galas.
En la perpétua tempestad de su vida, poco ó nada pensaba en su hijo, que desde su más tierna edad escandalizaba, con los arrebatos de su carácter, á los sesudos profesores y á los inocentes educandos de los colegios de nobles de Harrow y de Cambridge; si Lady Byron hubiese modelado desde entónces el carácter de su hijo con el blando cincel del amor materno, seguramente no se hubiesen desencadenado más tarde las furiosas pasiones, que sumergieron la gigantesca naturaleza de Jorge en el abismo de todos los excesos.
Aquella madre fatal reunia una razon débil á una imaginacion ardiente y soñadora y á un corazon árido y frio; su salvaje orgullo le hacía negar todo cuanto no comprendia; sus creencias religiosas, débiles siempre, desaparecieron por completo cuando más falta le hacian; cuando la edad del amor habia pasado; cuando su cabeza, rehusando abrigarse bajo la santa bandera de la fe cristiana, debia quedar expuesta á todas las tempestades de la vida.
II.
Jorge Byron fué á la casa maternal, expulsado del colegio por su desarreglada conducta, hija sobre todo del abandono en que su madre le dejaba; y en vez de hallar en aquella madre una amiga tierna y previsora, halló una mujer dura, fria, indiferente para él, y que en su helado y extraño escepticismo, se reia de las cosas más santas, y se burlaba de todo.
No se lanza á traves de las selvas el caballo que ha roto el freno con más ardor y bravura en la carrera, que el jóven Lord se lanzó en todos los excesos de la vida libertina; juzgó á todas las mujeres en su madre, y á todas las despreció, siendo para él juguetes que le divertian más ó ménos tiempo; sus poemas Childe Harold, El Corsario, Chiam, La Desposada de Abidos, Lara y Don Juan, elevaron su fama al más alto grado de la gloria; pero ¡qué vida la del poeta! viajando sin cesar para olvidar el vacío que ni la gloria podia llenar, cansado de honores y de riquezas, consumido de hastío, Jorge Byron era el hombre más desgraciado de la tierra.
Fatigado de su deplorable existencia, quiso ver si hallaba la calma en el puerto del matrimonio, y obtuvo la mano de Mis Milblanc, jóven encantadora, que le dió pronto una hija; pero los lazos de la familia se le hicieron insoportables al poco tiempo, y huyó á Ginebra, trasladándose despues á Florencia.
Para que no existiese una desdicha que Jorge no apurase, le llegó la hora de amar verdadera y profundamente, cuando ya estaba unido á otra mujer; la Condesa de G.... fué la que le inspiró el único amor de su vida, y la Condesa estaba casada como él.
No es de este lugar el referir los escándalos que estos amores produjeron: la Condesa, cansada del carácter de Byron, agobiada con la esterilidad de aquel corazon que sólo por ella latia, pero que en todo lo demas era de piedra, tuvo, por fin, el noble valor de desprenderse de tan funestos lazos, y Lord Byron, desesperado, recorrió la Grecia y se ocupó en conspirar, hasta que á los treinta y siete años murió de una fiebre inflamatoria, asistido y cuidado solamente por un fiel criado suyo.
III.
Tal fué, considerada á grandes rasgos, la vida de este gran poeta, de quien una madre tierna y piadosa podia haber hecho un buen ciudadano, un buen esposo, un buen padre, y sobre todo, un hombre feliz, y que fué el más desgraciado de los vivientes y uno de los hombres más bajamente viciosos.
Aquel que estudie el carácter y los escritos de Lord Byron hallará entre unos y otros las más extrañas contradicciones; escéptico en su vida, se lamenta amargamente de no haber nacido católico; aristócrata por la cuna y el carácter, hace alarde de despreciar las preocupaciones de su clase; abomina la disipacion en sus obras, y su vida no es otra cosa que una disipacion continuada; considera el matrimonio como una calamidad insoportable, huye de él, y escribe que el matrimonio es el estado más feliz de la vida.
¡Pobre y enferma cabeza! ¡Pobre corazon extraviado y solitario en los desiertos de la vida! ¡Pobre y gigantesco pensamiento, aspirando siempre á un más allá que no encontraba! ¡Si una madre tierna, piadosa é inteligente te hubiera prestado el calor amoroso de su seno; si te hubiera mostrado el cielo con la palabra y con el ejemplo de una virtud suave y sencilla; si te hubiera abierto en su corazon un refugio á todas las decepciones, á todos los dolores de la vida, hubieras sido feliz, aunque no hubiera sido de otro modo que agradeciendo á Dios tu propia grandeza!
IV.
El mundo, casi siempre justo, se ha encargado del castigo de Lady Byron; en vez de rodear su memoria de la aureola de gloria eterna que de justicia se debia á la madre de tan gran hombre, sólo la representa cubierta con los negros velos del sombrío escepticismo y del helado orgullo.
Deploremos todas las mujeres que aquella mujer ilustre, que aquella madre, no se haya elevado sobre su pedestal de palmas y de flores; deploremos que no adorne su frente la augusta corona del amor materno; ciñéronla, es verdad, la de la hermosura y la del talento; pero ¿qué valen éstas, si no sostiene los suaves y perfumados velos del amor maternal y de la fe cristiana?
¡Nada! Todo perece en la tierra para aquella que, habiendo dado á luz hijos, no puede esperar que se grabe en su losa funeraria:
¡Aquí reposa una buena madre!