LA MADRE.
ARTÍCULO SEGUNDO.
I.
La historia de Roma nos presenta en medio de sus escándalos, el más sublime ejemplo de amor maternal que puede encontrarse.
Agripina la Grande, la esposa de Germánico, fué desterrada despues de su viudez, con sus hijos, á la isla Pandataria (hoy de Santa María) por su tio, el cruel emperador Tiberio.
Demasiado sabía la desgraciada princesa que no era á sus hijos á quien más ódio profesaba el Emperador; era á ella á quien aborrecia; á ella, nieta del divino Augusto, esposa del Gran Germánico, y adorada del pueblo romano y de las legiones que por sí misma habia conducido tantas veces á la victoria, acompañando á su esposo para alentar al ejército.
Y no era su destierro, ni su desgracia, ni su pobreza lo que deploraba, sino la suerte de sus hijos, condenados por ella á todos los dolores, á todas las humillaciones, y privados de su rango y de sus bienes; por eso desde el instante en que salió de Roma, en la oscuridadde una tempestuosa noche, sólo supo emplear su pensamiento en combinar los medios de salvar á sus hijos de aquella inmensa desgracia.
Tristemente sentada en una pobre barquilla atravesaba el Tíber, envuelta en su manto y rodeada de sus hijos, abrigando á unos contra su seno, cubriendo á otros con su velo, y sosteniendo en sus hombros las bellas cabezas de sus hijas Julia y Drusila, niñas aún, pero que ya prometian todas las gracias de una bella adolescencia.
--¿Qué haré? se preguntaba la infeliz princesa, con esa voz del alma que no sube á los labios, pero que es tan desolada, tan triste y tan profunda; ¿que haré para salvar á mis hijos?
Y la misma voz le respondia:
--¡Morir!
Repitiéndose sin cesar la terrible pregunta y la aterradora respuesta llegaron al destierro, y entónces se apoderó más que nunca de Agripina el deseo de morir, para recomendar á sus hijos á la clemencia del Emperador.
Pronto pudo ponerlo por obra: empezó diciendo á sus hijos que queria comer sola, y arrojaba al rio, que corria bajo su ventana, el alimento que sus esclavas le servian.
Bien hubiera querido precipitarse ella en aquel mismo rio, mas pensaba en la dolorosa sorpresa de sus hijos cuando se hallára su cadáver arrojado á la orilla por las turbias ondas, y desistió de la idea de buscar una muerte pronta; la del veneno, la del puñal, tenian las mismas dificultades, y optó por la más dolorosa para ella, ansiando, ante todo, no herir con una funesta sorpresa, á los seres que amaba con tanto delirio.
Optó, pues, por la muerte de hambre, la más lenta, la más dolorosa de las muertes; pero la única tambien que podia engañar á sus hijos.
¿Puede encontrarse un ejemplo más heroico de abnegacion maternal?
Algunos dias pasaron: la madre recibia siempre á sus hijos á media luz, y con la sonrisa en los labios.
Un dia se la hallaron muerta en su lecho: á su lado habia un pergamino que contenia estas palabras, escritas con mano trémula.
--¡Hijos mios, no existiendo yo volveréis á Roma y al lado del Emperador... adios, y perdonadme si os dejo!
El médico, llamado para que examinase el cadáver, declaró que Agripina se habia dejado morir de hambre; y sobre los restos de aquella madre heroica hizo Calígula, el mayor de sus hijos, el juramento de aquella venganza que se cumplió, y que asombró á toda la tierra.
Aquel rasgo de amor maternal ha vivido como un ejemplo sublime á traves de los siglos; y, sin embargo, yo creo que en nuestros dias hay muchas madres capaces de hacer lo mismo que la ilustre matrona romana.
II.
Hay en la madre tal abnegacion, tanta ternura, tan natural inclinacion al sacrificio, que nada le cuesta exponer y áun dar la vida por sus hijos.
En mi concepto, el sacrificio moral de la madre es más meritorio y más sublime que el material que hizo Agripina; la influencia de aquélla en la familia es hoy de la más alta importancia, y crecerá aún, cuando se eduque á la mujer con más esmero y cuidado del que se ha empleado hasta el dia.
Una madre puede hacer de su hijo lo que quiera; y este axioma, que puede afirmarse como una verdad, le vemos comprobado en dos hombres eminentes, contemporáneo el uno, y el otro nacido en época no remota.
Alfonso de Lamartine debe á su madre, si no su talento, el rápido desarrollo del mismo, y el carácter noble y elevado que este mismo talento tomó: aquella madre bella, poética, entusiasta, tierna y melancólica, modeló á su imágen el alma de su hijo, ó más bien el alma del poeta, era en las manos de su madre un instrumento sonoro del que sacaba celestiales melodías.
Ya en la ancianidad, el poeta se acuerda todavía con ternura de aquella madre, que, vástago de una de las más ilustres familias de Francia, se encerró con su esposo, sus hijos y su libro de oraciones en una pobre casa, antigua y desmantelada, donde todo su recreo consistia en mirar el cielo á traves de los viejos árboles y enseñar á su Alfonso á pensar y á sentir.
Bien se conoce en los escritos del poeta que el talento de una mujer hizo brotar y dirigió sus primeras impresiones: de ahí proceden esa melancolía que resalta en ellos, esa dulzura en los giros, esa belleza en las imágenes, esa inquebrantable fe religiosa, esa exquisita elegancia, esa poesía inagotable, que se advierten en todas las obras de Lamartine: sus detractores dicen que su pluma es un tanto femenina, y tienen razon: ése es el más alto elogio que se puede hacer de su madre.
Cuando el poeta, hombre ya, deja para ir en busca de la fortuna el dulce abrigo del ala maternal, aquel cariño tierno é inteligente le sigue por todas partes, excusa sus errores, le socorre secretamente en sus locos gastos; y cuando llega la hora del amor para Alfonso de Lamartine, la dulce madre comparte con el corazon de su hijo, no sólo todas las penas, sino todas las punzantes emociones de una pasion, acaso culpable, pero verdadera y profunda.
III.
En todos los escritos de Lamartine reside el alma grande, bella, piadosa, tierna y apasionada de su madre; si todos los hombres tuviesen una madre como aquella, habria tambien más nombres gloriosos en el mundo, y las malas pasiones no tendrian tanto imperio.
Como se ve, no quiero hablar aquí del amor ciego é ininteligente de la madre que sólo alcanza á desear una absoluta dominacion sobre sus hijos, y que más que abrirles el camino de la vida y de la inteligencia, se los obstruye todos. Hablo del amor á la vez inteligente y apasionado, como del bello ideal del cariño materno; pero áun aquél es á mis ojos respetable, pues si en sus manifestaciones es errado, en el fondo es grande y lleno de abnegacion.
En el artículo siguiente hablaré de la triste influencia que su madre ha tenido en el destino de otro hombre ilustre, y á la vez muy desventurado.